Documentación histórica

Pablo González Casanova (México). Mesa de la tarde. 5 de enero de 2009

EL DISCURSO DE LA RABIA

 

(Lo que dije y lo que no alcancé a decir)

 

Recapitulación del 5 de enero 2009,


Cideci, San Cristóbal de las Casas, México

 

Muchas gracias a la comandancia general del EZLN; pero muchas gracias no sólo por esta invitación sino porque hay dos momentos en mi vida en que hubo una transformación muy fuerte. Hoy cumplió 50 años uno de ellos, digo, no hoy, en este mes, en estos días. Fue Cuba, fue el primero de enero de 1959. Cuba influyó enormemente en mi manera de pensar y me ayudó durante todos estos años de tormentas ideológicas, teóricas, terminológicas, políticas, y de otras especies, a mantener ciertos principios fundamentales por los que sigue luchando hoy la Revolución Cubana, y con ella un mundo que nace. Otro es, yo creo, el día 4 o 5 de enero de 1994. No recuerdo el día exacto en que cumplo 15 años de estar acercándome más y más al movimiento iniciado por los pueblos mayas del sureste…, a quienes conocemos como zapatistas.

Ellos influyeron también en resolver muchos problemas que me planteaba, no sólo sobre el camino al socialismo, al comunismo, a la democracia y la liberación; sino sobre mediaciones que en México se dan con agudeza y que corresponden a las mediaciones bárbaras que existen en el sistema capitalista a nivel mundial. ¿A qué me refiero? Me refiero a que en la historia de esa “mala palabra” que empleó el subcomandante Marcos —como es habitual en él por lo que estoy viendo—… en la historia de “la lucha de clases”, hay un proceso muy importante de mediaciones que la transforman al reestructurar la “burguesía” y “proletariado” y al dar una creciente importancia a las mediaciones sociales y también a las políticas.

Los significados de esas dos palabras —burguesía y proletariado— y de los fenómenos a que corresponden se han reestructurado tremendamente. Ahora es mucho más fácil entenderlas viendo que hay dos tipos de trabajadores: unos, trabajadores de clase media y otros trabajadores proletarios; y que hay no sólo naciones-Estados en lucha por una independencia real y formal, sino pueblos oprimidos, explotados y excluidos por un imperialismo colectivo —como lo llama Samir Amir—, con sus asociados y subordinados locales, nacionales.

El imperialismo colectivo está organizado en complejos empresariales, militares, políticos y “mediáticos”, y cuenta con inmensas y variadas redes de asociados, subordinados, asimilados y cooptados —extranjeros y nacionales— con los que domina y explota a los pobres de la tierra, a los trabajadores y pueblos proletarios, pobres, marginados y excluidos.

Esos y otros cambios de estructuras y también de instituciones alteran la formación original del capitalismo industrial, del capitalismo clásico, y de la lucha de clases en que reparó Carlos Marx. Alteran el proceso histórico de la lucha de clases al modificar las características de las clases mismas. Y uno de los grandes descubrimientos de los zapatistas, aunque no lo hayan dicho así, ha consistido en ver cómo es la lucha de los proletarios hoy. En sus discursos y su conducta han recordado que, originalmente, esas palabras se referían a las luchas de los pobres. Y hoy se preguntan ¿cómo pueden salir los trabajadores y pueblos pobres de la opresión, la discriminación, la explotación y la exclusión a que están sometidos? ¿Cómo es la lucha de los proletarios de hoy, de los pueblos y trabajadores pobres de hoy, contra “los poderosos y los ricos” de hoy? Y, dentro de sus diferencias con el pasado, ¿cómo continúa también el modo de dominación y el modo de explotación capitalista que prevalece en el mundo y en México?

Parecería que uno de los cambios más importantes para la comprensión de la lucha actual es que se han modificado tanto los personajes colectivos en lucha como las relaciones mediadas y violentas de la lucha. Se han modificado las fuerzas de la acumulación y la dominación, y las de la negociación y la represión. Con el tiempo, y en los distintos espacios sociales, se han articulado los colectivos de “los ricos y los poderosos” con sus grandes empresas trasnacionales o multinacionales, sus complejos militares-empresariales-políticos y mediáticos, y sus varias mediaciones sociales, culturales, políticas y económicas. Con todos ellos, la burguesía de nuestro tiempo ejerce una dictadura a la vez violenta y mediada (Marx hablaba de “la dictadura de la burguesía” como lo contrario a “la dictadura del proletariado”, palabras que no fueron muy felices en mi opinión y que se prestaron a graves tergiversaciones. En realidad de lo que Marx estaba hablando era de la soberanía, del soberano a que se refirió Hobbes, “del que tiene la última palabra”).

En este momento, “el gran capital”, el capital financiero con sus empresas multinacionales y multisectoriales y con sus asociados y subordinados, es el que tiene el derecho y la fuerza para decir “la última palabra”, la que respetan, obedecen y hacen obedecer sus poderes directos y delegados, y a la que legitiman, racionalizan y justifican sus mediadores y mediatizadores. Con todos ellos, la burguesía de la globalización mantiene intereses comunes, entre repartos desiguales; con ellos comparte intereses y valores efectivos, formales e informales, aunque a menudo surjan en ellos intereses encontrados, contradicciones.

Alternando las culturas señoriales, populistas y crematísticas o mafiosas, la burguesía de la globalización crea mayorías electorales con minorías de electores y con ellas da nuevos golpes de Estado. Cuando es necesario o conveniente para sus actos de sometimiento y rapiña organiza invasiones militares tras las que impone gobiernos, elegidos “democráticamente” y “sindicatos libres” de obedecerla y servirla. Reforzada por “los medios de masas” y por ciertas tradiciones conservadoras, racistas, colonialistas, durante los 25 años del neoliberalismo estructura “un mundo de mentiras” que se convierten en verdades obligatorias y en el sentido común de los cómplices creyentes. La popularidad de sus candidatos y gobiernos llega a ser suficiente como “base social funcional” que le permite des-estructurar a las antiguas “bases sociales” de los gobiernos socialdemócratas y populistas cada vez más debilitados por sus propias trampas, engaños y crímenes, y por las crecientes concesiones que ellos mismos han hecho en aras de una democracia de mercado útil a la privatización y desnacionalización desenfrenada que el gran capital realiza. Hoy, curiosamente defienden —de boca para afuera— las políticas que ellos mismos abandonaron.

… Pero, nos engañamos si pensamos que en las actuales dictaduras o gobiernos, con derecho a decidir en última instancia lo que es legítimo y lo que es criminal —y a decidirlo hasta sin la razón ni el derecho, pero con la fuerza— …nos engañamos si pensamos que sólo están encabezados por un individuo o por un puñado de individuos sin bases sociales, en el que sólo sus validos creen y con el que “se arreglan entre ellos”. Los gobiernos de la “globalización” a menudo cuentan con “masas” fanáticamente serviles que “los apoyan a morir”, y en cuanto a las que se les oponen están frecuentemente encabezadas por líderes “políticamente correctos” que, hasta en sus furiosos dicterios, no amenazan su dominio con alternativas de organización democrática y social en que los pueblos pobres dejen de ser oprimidos, explotados, discriminados, excluidos, despojados, desterrados y diezmados, fenómenos de los que se desentienden, y que si alguien llega a mencionar se le enfrentan con respeto cortés y desdeñoso, sin hacer el menor caso a lo que dice.

Los poderosos y los ricos que hoy ejercen el poder —compartido, delegado y subordinado— no sólo establecen múltiples articulaciones entre sí, y muchas otras que van “de arriba y a la derecha para abajo”. También cuentan con estructuras de mediación heredadas y ampliamente difundidas. Muchos de los miembros de las antiguas organizaciones de masas continúan actuando, por costumbre, como si nada hubiera pasado. Con una naturalidad incontestable insisten en manejar los problemas dentro de los habituales procesos de enfrentamiento, crítica, presión y negociación social o nacional. En una etapa histórica en que el capital expresamente ha impuesto la “negociación social cero”, la “negociación nacional cero”, esto es, una política que en materia de concesiones sociales y nacionales conmina a líderes y masas a someterse a lo que se les da y se les quita, o atenerse a la represión. Muchos movimientos todavía creen en los procesos de presión-negociación y de logro de derechos y prestaciones en materia de salarios, seguridad social, empleo, derechos políticos, presos políticos… El pequeño margen de concesiones que se les hacen aún los engaña sobre la posibilidad de resolver los problemas sociales y nacionales a la manera de un pasado que no tiene ninguna posibilidad tecnológica, mercantil o política de revivir.

Los calculados y cada vez mayores fracasos de los movimientos y líderes sociales que buscan negociar todavía no han llegado a puntos de ruptura generalizados. Pero, en caso de lograr algunos triunfos, éstos sólo benefician a los sectores medios y a las clases medias o a las naciones en que su influencia es muy grande. Los costos de cualquier concesión social que se les hace siempre quedan a cargo de las poblaciones excluidas y marginadas, de los pobres entre los pobres. Esta situación no excluye la sistemática reducción de las concesiones sociales y nacionales a concesiones, cooptaciones y corrupciones de líderes y clientelas. Tampoco implica una política sin excepciones: los movimientos de sectores medios organizados pueden lograr algunos triunfos inmediatos cuando a los gobernantes les resulta más práctico hacerles una concesión que negárselas, y “se toman el tiempo que sea” para debilitarlos y poder actuar sin mayor problema. Muchos movimientos se conforman con resolver los problemas inmediatos y no tienen la menor política estratégica o de largo plazo. Pero cuando piensan en una alternativa mayor aceptan pensar en una especie de populismo políticamente correcto, y ni por asomo se plantean la solución de los problemas de los marginados y excluidos. Ni ven al indio, ni piensan o recuerdan en sus acciones diarias al excluido. No se interesan por los problemas sociales y políticos del pobre.

Los apoyos sociales de los actuales gobiernos y de sus políticas neoliberales en crisis muestran tener un carácter estructural y cultural que el zapatismo rompe en forma creadora. El zapatismo concibe y practica otro tipo de lucha y otro tipo de negociación. Una y otra no se quedan en la alternativa de “reforma o revolución”, ni piensan en criticar al sistema político o al Estado actual para presionar y negociar, ni esbozan y festejan sólo los caminos de la utopía. Los zapatistas combinan la lucha con la negociación; defienden la autonomía de las comunidades y las personas, así como el respeto a la dignidad de uno mismo y de los demás. Autonomía y dignidad son dos objetivos no negociables. Corresponden a un proyecto de autonomía y dignidad de todos los seres humanos, empezando por los pueblos indios, pero sin quedarse en ellos, como creyeron muchos antropólogos, autonomistas, progresistas, indianistas.

El proyecto zapatista es en muchos terrenos creador. Aquí queremos destacar la creación que trasciende formas de lucha muy arraigadas, estilos maniqueos que plantean negociaciones sin revoluciones, revoluciones sin negociaciones, reformas del Estado o a cargo del Estado, sin reformas en la sociedad y a cargo de la sociedad. El nacimiento de esas y otras novedades en la lucha de clases, en la lucha nacional, en las luchas de los pueblos indios por la libertad, la justicia, la democracia es muy difícil de entender si se le saca del contexto histórico en que fue surgiendo y si, al hacerlo, no se advierte que al tener características concretas, específicas de los pueblos indios y de México, también muestra características universales, con un inmenso sentido para comprender los procesos actuales y futuros de la emancipación humana.

Lo que Lenin identificó como “la aristocracia del proletariado” llegó a constituir grandes sectores de la clase trabajadora. Los dos grandes sectores y estratos en que tiende a desestructurarse la clase obrera son: los trabajadores organizados, con derechos a protestar, a presionar, a manifestarse, a luchar —y a menudo a luchar valerosamente y con pérdidas tremendas—, pero siempre con la idea de negociar para mejorar sus condiciones de trabajo y de vida, y los trabajadores que no tienen derecho a organizarse ni derecho a protestar y que, en cuanto intentan ejercer los derechos legales son, históricamente y sin remedio, reprimidos y descalificados, cosificados y criminalizados.

Las luchas de los trabajadores organizados por los derechos ciudadanos, sociales, laborales y las luchas para que se apliquen o respeten esos derechos han creado, a lo largo de doscientos años, toda una cultura de la crítica, la protesta, la presión y la negociación que se ha vuelto parte del sentido común de luchar de los trabajadores organizados. Éstos, lejos de ser la mayoría de los trabajadores del mundo, en muy raras ocasiones incluyen a los trabajadores y pueblos proletarios. La cultura de la presión-negociación está de tal modo arraigada en ellos que predomina incluso hoy, cuando el neoliberalismo ha declarado y ampliado la política de “lo no negociable”, y practica la “criminalización” y “el castigo” de un número creciente de trabajadores y pueblos organizados, que antes tenían ciertos derechos de luchar y algunas posibilidades de “lograr algo” mediante presiones y negociaciones.

En pleno neoliberalismo represivo, la cultura de la presión-negociación está de tal modo arraigada en los trabajadores y ciudadanos organizados, que tras 25 años de un proceso cada vez más evidente de “desregulación” y derogación de los derechos que habían alcanzado en largas y dolorosas luchas, integrantes de partidos y sindicatos siguen sujetos a la lógica de la presión-negociación y, con ella, adoptan la del “menosmalismo”, la del “clientelismo” e incluso la del “individualismo” autoritario y mafioso de los líderes y sus ayudantes.

Para una lucha efectiva que no abandone la idea de crear “otro mundo posible”, el zapatismo representa una aportación importantísima, no sólo a nivel nacional —porque el fenómeno no se da sólo en México—, sino a nivel mundial. Es cierto que en nuestro país la cultura de la presión-negociación combinada con la de cooptación-represión se da con una maestría impecable. El Estado mexicano logró y logra, en materia de mediaciones, asimilaciones, cooptaciones y corrupciones, ésa que el lamentable Vargas Llosa llamó “La dictadura perfecta”.

El partido del Estado —o el Estado convertido en partido para las elecciones— con el neoliberalismo se transformó en varios “partidos de Estado”. Si en sus orígenes se acercó a la estructura de un Estado-pueblo, entre contradicciones poco estudiadas entre sus líderes campesinos y obreros y otros que ya mostraban inclinaciones oligárquicas, al pasar del tiempo, con el desarrollo del capitalismo se transformó en un excelente medio de control del pueblo por el Estado populista, e incluso por el Estado neoliberal, ya sin reservas integrado al buen funcionamiento de las empresas y el capital privado.

La verdad es que hoy en México —como diría Poulantzas— hay varios “partidos de Estado” llamados PRI, PAN, PRD, y que esos “partidos de Estado”, hechos a la manera neoliberal, propia de los “Estados libres asociados”, sólo se distinguen y oponen en objetivos particulares, a menudo grotescos, sin que ninguno represente una lucha sistemática contra las políticas del propio neoliberalismo, sino antes llegue a hacerse cómplice de ellas aprobando tácita o expresamente sus reformas de privatización y desnacionalización.

En México, como en el mundo, y con las consabidas variaciones, todos los partidos de Estado respetan los valores reales y formales, los intereses privados y oligopólicos de un capitalismo y un imperialismo al que están subordinados. Y si muchos de ellos conservan —como diría Cardoza y Aragón— “el derecho de pataleo”, cuidadosamente lo ejercen en luchas intrascendentes y aceptables para el gran capital. La continuidad de su presencia obedece a que, sin ellos, sería imposible la democracia formal y que, con ellos, “los ricos y poderosos” canalizan funcionalmente las protestas sociales mediante escandalosas luchas entre grupos y “tribus” de una misma “clase política”, cuyos miembros hablan un “lenguaje políticamente correcto” del que jamás se desprenden para decir groserías como esa de “la lucha de clases”. Sus grandes voceros lanzan otras de carácter personal y folklórico. Como luchas de distracción, les sirven para no tocar ni por asomo al “sistema” o “modo de dominación y acumulación” realmente existente, y para ocultar el carácter de mediadores y mediatizadores que una gran parte de ellos juega. Ese comportamiento general no impide que algunos dirigentes mantengan y presenten su oposición personal o de grupo a las políticas neoliberales privatizadoras y desnacionalizadoras, ni que en las bases de los partidos sigan existiendo quienes defienden los intereses ciudadanos, sociales y nacionales, posición que amerita nuestro reconocimiento y respeto auténticos, y también fraternales, pues en el futuro muchos de ellos, por su propia iniciativa, habrán de establecer puentes con nosotros.

Lo que resulta indudable hoy es que todos los partidos de Estado que lucharon por la democracia, la liberación y el socialismo han abandonado esas metas, y no dan ni la más mínima lucha por aumentar la organización y la conciencia de los trabajadores y los pueblos, o la suya propia. Todos ellos y los conservadores, sean laicos o religiosos —a la moderna o a la antigua—, sólo luchan por puestos electorales y por ganarse los votos de los ciudadanos con “imagen televisiva” y “seducción publicitaria”. Como “clase política” o como descendientes de “colonos” ibéricos o de indios “integrados”, se desentienden de las luchas nacionales y cívicas, o de las luchas de obreros y campesinos, y aún mayor es su desentendimiento, ceguera o ignorancia de las poblaciones indias recolonizadas, excluidas y cada vez más acosadas y despojadas por caciques y compañías. Muchos de sus antecesores las traicionaron a lo largo de la historia y ellos en su más reciente etapa, cuando con su voto general rechazaron los derechos de los pueblos indios que, con su propia firma, se habían comprometido a aprobar, cometiendo así un acto de traición confirmada que nadie con una mínima seriedad política olvida.

Insisto. En las filas de los partidos políticos y de los trabajadores se encuentran personas respetables que, desde sus tribunas, o en los gobiernos municipales y locales, luchan por defender los derechos de pueblos y trabajadores. Aunque sus luchas se hallan lejos de plantear las necesarias soluciones estructurales y sistémicas, muchos de ellos están destinados a radicalizarse en el futuro aunque hoy no lo sepan ni quieran saberlo.

Los pueblos indios, las juventudes sin escuela, sin trabajo, sin perspectivas; los movimientos ciudadanos criminalizados y reprimidos, los nuevos marginados y empobrecidos de las ciudades y de las clases medias, se identifican cada vez más como un actor histórico que, desde la izquierda y con los pobres de la tierra, cobra conciencia de las engañosas protestas que a ninguna parte llevan, y se suma a los nuevos proyectos de luchas por la libertad, la justicia y la democracia. El actor colectivo se integra con los que, tarde o temprano, contribuirán a engrandecer los frentes o redes de acción para la creación de otro mundo posible y viable, menos injusto y menos autodestructivo.

Los proletarios de hoy, los pobres de hoy y quienes se sumen a ellos, y se organizan con ellos, como los zapatistas y como muchos otros movimientos fraternales, confluirán en la necesidad de ampliar las redes de sus organizaciones y de luchar unidos respetando con su dignidad, sus diferencias y su autonomía, la difícil e ineludible disciplina, acordada para el logro de objetivos iguales no negociables.

La articulación de las fuerzas emancipadoras tendrá que recorrer un camino distinto al de los frentes antifascistas y al de los frentes antiimperialistas. A diferencia de ellos, y de la lógica predominante de la unidad de ideas y criterios, las nuevas alianzas y frentes habrán de poner énfasis en los métodos sociales para lograr la unidad en medio de la diversidad de sus integrantes. Lejos de acabar con la dialéctica interna, la transformarán en diálogo y discusión.

Dos problemas principales y alternativos se plantearán a todos, y ya se vislumbran: Unos exigirán ser respetados en su dignidad y se sentirán agredidos si advierten nuevos intentos de asimilación y cooptación con el pretexto de la unión. Otros —los más profundos en sus planteamientos, explicaciones y metas— tendrán que reconocer que la unidad en la diversidad es tan valiosa y necesaria como el respeto y la fidelidad a los proyectos emancipadores que permiten avanzar. Todos aprenderán el arte de conceder en las tácticas sin conceder en los principios.

La unión de fuerzas en un nuevo proyecto emancipador se da en todas partes de México, América Latina y el mundo, aunque con variaciones concretas inmensas y en gran medida previstas. Esas variaciones tienden a disminuir en algunos puntos conforme la crisis del capitalismo se acentúa tanto en el terreno social como en el ecológico. Los “diferentes” se igualan como “víctimas”. También se igualan en su decisión de resistir y acometer.

Desde los setenta, con el neoliberalismo en gestación, tendió a aumentar el número de campesinos, de trabajadores, de empleados, de profesionales que padecieron el codicioso saqueo de los patrones y las fuerzas represivas del Estado… La crisis económica y financiera de principios de este nuevo siglo, y las medidas financieras y bancarias que se imponen para resolverla, sientan las bases para ampliar y agudizar las políticas de “criminalización”, y “libre” explotación y despojo de trabajadores y pueblos; de pequeños y medianos productores, de los sectores medios, y de las juventudes de periferias y metrópolis

Hoy, no sólo continúan, sino se acrecientan los daños a los pueblos indios y a las poblaciones de excluidos y marginados, de desempleados, de desterrados por la miseria o por la fuerza. Los trabajadores organizados, ya sin derechos ni prestaciones ni salarios a que estaban acostumbrados, se suman a los pobres de siempre; y son muchos más de los que existían desde antes con las políticas socialdemócratas, desarrollistas, populistas y clientelistas.

La nueva crisis del neoliberalismo de paz y de guerra, se monta sobre las crisis anteriores y, como ellas, aunque en mayor escala, transfiere a los pobres e incluso a los sectores medios el costo de lo que sus gobiernos le dan a los banqueros y a las grandes compañías. Las mega-empresas y los complejos militares-empresariales-políticos-mediáticos dominantes tratan con igual codicia a los más diferentes pueblos y trabajadores. Los igualan en sufrimientos y miserias. Entra así en crisis, hasta el pragmatismo que busca aplicar las medidas en formas diferenciadas para no crear situaciones ingobernables. La triple política de la represión, la negociación, la concesión, descansa cada vez más en la represión y en la violencia física y mental, una y otra destinadas a aterrorizar y a sumar esclavos que se inclinen gustosamente ante sus amos. La publicidad de la sociedad de consumo, la religión que estigmatiza a los pobres como pecadores, la cultura que animaliza a los colonizados y los siervos, abren los falsos caminos de la libertad de obedecer con fe, entrega y ceremonioso entusiasmo a quienes muestran cada vez más, en su conducta señorial, su hipocresía.

Como las tiranías del pasado, lo nuevos tiranos todavía tienen bases sociales que los apoyan y que son apoyadas por las fuerzas del orden. Los tiranos útiles al sistema son exaltados si dan muestras de perder su dignidad con farsas electorales y parlamentarias, y de activar su fidelidad con el apoyo al saqueo y la legitimación obediente de los crímenes que en nombre de la democracia se cometen. No por ser los menos dejan de ser muchos. Pero, aún así, quienes resisten y se rebelan se crecen en el castigo y descubren tener una capacidad imprevista de luchar con tenacidad y moral. Piensan con frialdad, se comportan con dignidad y actúan con pasión, con digna indignación, y con un sentimiento humano difícil de expresar en las palabras y que se trasmite con su trato a los niños y a los viejos, a las compañeras y los compañeros, aumentando de intensidad y calor en los peligros y en las fiestas.

La crisis de la lógica de la presión para la negociación de los “mediados” y “mediatizados” se manifiesta de dos maneras: aquélla que lleva a perder la autonomía y la dignidad de antiguos dirigentes de la clase trabajadora organizada, y aquélla que los acerca cada vez más a los nuevos y viejos pobres y proletarios y al proyecto de otro mundo posible y necesario. No sólo por todo eso, sino para lograr que triunfe un camino efectivo para la emancipación humana, los pueblos y trabajadores pobres, y quienes ya están con ellos, nos vemos impulsados a seguir construyendo redes y colectivos que enarbolen la bandera de la independencia, de la autonomía y la emancipación, y que emprendan la práctica concreta de la libertad, la justicia y la democracia defendiéndose de las fuerzas adversarias represoras, y también de las mediadoras y mediatizadoras.

Con los pueblos mayas zapatistas, entre las avanzadas, “los pobres de la Tierra” y quienes están con ellos plantean una nueva forma de hacer política. Sin rechazar la negociación, defienden férreamente “otra” negociación, así como “otra” democracia, “otra” justicia, “otra” libertad, a definir en las palabras y los actos, esto es, a definir en la coherencia y consecuencia de todos y cada uno de nosotros como personas y como colectivos. Si en varios países los movimientos rebeldes no plantean ni siguen el camino del mismo modo, en la inmensa mayoría de los países esta “otra ruta” de los zapatistas, que no es insurreccional ni reformista, y que da prioridad a la construcción de la meta en el camino, aparece y prolifera en muchos pueblos y civilizaciones que, por su propia experiencia e imaginación creadora, forjan los nuevos caminos de la emancipación. Esos caminos se dan en nuevos conjuntos reales y conceptuales.

En general la ruta es tan nueva, “tan otra”, que no se le puede aprisionar en las categorías de la antigua lucha de clases, ni se puede esperar que sólo aparezca siempre “desde abajo y a la izquierda”, pues también da muestras crecientes de aparecer desde arriba y entre “los que se van a la izquierda con los de abajo”, como ocurre hoy en Venezuela y Bolivia, o como ocurre —en medio de todos los peligros, bloqueos y contradicciones— desde hace más de cincuenta años en Cuba.

Los cambios históricos registrados por el pensamiento concreto y la lógica íntima de quienes buscan y siguen “el camino efectivo”, a menudo no se expresan en los términos que los trabajadores intelectuales usamos en nuestras conferencias, escritos, pláticas y discursos. Entrañan el planteamiento y la práctica de esa “otra” historia, de esa “otra” lucha” de ideas, de imágenes, de acciones; de ese otro tipo de negociación que considera los problemas inmediatos manteniendo la dignidad y autonomía necesarias para la emancipación humana.

Ni luchas ni negociaciones, ni construcción de fuerzas para sustentarse, vivir y defenderse serán nunca razones para comprometer la dignidad y la autonomía, en aras de la lógica del “menosmalismo” que, con tal de ganar algo en lo inmediato, debilita la construcción de las fuerzas autónomas capaces de construir un mundo mejor para nosotros y nuestros hijos.

Lo original de un planteamiento que no es ni insurreccional ni reformista, ni clientelista o populista, es que en las luchas y negociaciones se antepone la dignidad organizada, la autonomía como acto político-social, el respeto a las culturas y creencias de los demás en la construcción actual de un futuro mundo, cuyas variantes civilizaciones e ideologías no se pueden encajonar en la propia ni en la ya vivida.

Con el movimiento zapatista aparece una nueva cultura que surge en el mundo como los hongos, sin dirección central y sin que pueda pensarse en su difusión a partir de un solo proyecto que se generaliza. El extraño parecido de los comportamientos da señales de obedecer a una nueva configuración de la transición como proceso histórico. Con todas sus diferencias, los movimientos rebeldes muestran parecida desconfianza a las alternativas que concentran el poder en unas cuantas manos y que renuevan el maniqueísmo del pensamiento oficial. También se enfrentan a ese mundo de mediaciones y mediatizaciones que el pensamiento contestatario del 68 puso al descubierto en los regímenes parlamentarios y populistas, y al que los nuevos movimientos rechazan con la construcción concreta del poder social que se distribuye entre los vecinos y los trabajadores, cuidando de tener bajo control permanente a sus propias mediaciones de seguridad, y con una libertad y autonomía de pensamiento a las organizaciones culturales, productivas y comunicativas en que participan.

Aquí, en el sureste mexicano, apareció algo “muy nuevo” en la propia historia del pensamiento insumiso del mundo. El zapatismo y otros movimientos de los pueblos indios de América han enriquecido las notables innovaciones que, desde mediados del siglo XX, inició la Revolución Cubana cuando reconoció como “su autor intelectual a Martí” y colocó a ese genio heroico en las avanzadas de la emancipación universal. Repensar tanto a Martí, como a Marx, como a Lenin, como al mundo, y enriquecer las luchas anteriores y sus metas con nuevas metas y luchas caracteriza al proyecto emancipador actual hasta en los terrenos sacralizados e intocables del pensamiento ortodoxo, oficial. La lucha por la independencia adquiere igual importancia que la lucha de clases. La meta práctica y practicada de la organización de la democracia, del demos, del poder del pueblo, adquiere las características de una meta central. La definición de “pueblo” incluye al pueblo pobre, a los analfabetos, a los no proletarios, a las mujeres, a los indios, a los jóvenes y niños, a las trabajadoras sexuales y a los homosexuales. La definición de la “democracia” incluye tanto a la democracia representativa como a la democracia de las mediaciones controladas por el pueblo, en que éste tiene la última palabra en la toma de decisiones, y la posibilidad de realizar consultas veraces y universales. Al mismo tiempo, inscribe como consustancial la creación de espacios laicos y el respeto a todas las religiones; incluye “la guerra de las ideas” y la sustitución de la guerra por el diálogo y la dialéctica, entre construcciones de luchas que quiere pacíficas, consciente de contribuir a la protección de la vida en la tierra y a la construcción de un mundo menos injusto y desgraciado.

Capaz de construir estructuras que lo acerquen cada vez más a la libertad y la justicia; sin la menor concesión de la propia dignidad, ni la transformación de un proyecto que surge predominantemente de la sociedad en un proyecto del Estado, o en un proyecto insurreccional para la toma del poder, el zapatismo logra en todo lo que puede superar ambos caminos.

Al anteponer los zapatistas algo que no es negociable y que en el pasado histórico no se dio, se enfrentan a un muro terrible, al muro de quienes pretenden que la experiencia de hoy sea como la de ayer, y que la creación en la historia se relegue al pasado y se reduzca a la costumbre. Muchos dirigentes y colectivos progresistas y hasta revolucionarios han querido que los zapatistas se unan a ellos aprisionándolos en las categorías con las que piensan y en las que actúan. No advierten que las novedades del zapatismo son “otras” como novedades, hasta cuando replantean la olvidada, temible y esencial lucha de clases.

En los movimientos rebeldes aparece de nuevo “la comunidad”, pero es otra comunidad. No es sólo la vieja comunidad aislada, sino una comunidad que forma parte de conjuntos de comunidades y que construye su comunicación primero con las vecinas y luego con las que están más lejos, y luego con las que están todavía más lejos, hasta alcanzar una dimensión “intergaláctica”, como dicen los propios zapatistas con su sonrisa maliciosa, y lo dicen para no ser calificados de aldeanos o cosmopolitas sin base, ni apegarse al “esprit de serieux” de los rebeldes institucionales.

El proyecto zapatista busca, cada vez más, construir organizaciones y redes de comunidades articuladas entre sí, con los medios tradicionales de comunicación y con los medios nuevos; con los caracoles marinos que servían para llamar a lo lejos y oír desde lejos, y con el Internet, el e-mail y los congresos y seminarios internacionales en la Selva Lacandona y en los “blogs” y “chats” electrónicos.

Cuando su política de negociación fue rota por el Estado y sus partidos, los zapatistas continuaron con el proyecto de construir aquí y ahora el mundo a que aspiran. Al mismo tiempo miran y atienden las necesidades inmediatas, impostergables, y las que van más lejos y hacia el futuro. En sus planes advierten las construcciones a realizar, precisan los caminos y tareas, el qué hacer y cómo hacerlo.

En la práctica, combinan las experiencias de la historia —“el saber” de los pueblos— con la creación histórica, con la imaginación y la razón realizadas entre vericuetos imprevistos. Enriquecen de variadas maneras su pensamiento, sus conocimientos y sus “saberes”, y hacen de su movimiento uno de los más creadores del mundo alternativo. La creación está lejos de ser un acto meramente intelectual y moral. Requiere también de un admirable sentido de la resistencia y de una sorprendente fortaleza de ánimo frente a los recursos escasos con que se cuenta y a los asedios constantes que se sufren y enfrentan.

Ya van muchos años que yo he estado aquí tomando notas todo el tiempo ¡y he aprendido muchísimo! Puedo decir, y me quedo corto, que es uno de mis mejores seminarios posdoctorales…

Desde el punto de vista del conocimiento, es existencialmente extraño lo que ocurre con un fenómeno que en general nos lleva a pensar mejor o a reflexionar de nuevo, a profundizar de otro modo, a actuar en territorios descubiertos por otros y que con otros, nosotros también descubrimos, más para dominarnos que para dominar, más para emanciparnos de nuestros ídolos y quimeras de reforma o revolución, y mucho más que para perder los estribos en un mundo indignante.

La furia, pensaba el viejo Séneca, lo saca a uno de sí. En general, cuando se piensa en “la furia” se piensa que quien se pone realmente furioso, ya no entiende nada de lo que está pasando, de lo que está diciendo, ya “no oye razones”, “ya no sabe ni lo que hace”.

Aquí, entre los zapatistas, se piensa en el paradójico caso de “la furia digna”, se alude a un hecho que con la dignidad y la autonomía enriquece la palabra y el conocimiento, da la bienvenida a otra forma de pensar y concebir, de educarse; incluso da base a otra pedagogía de la emancipación, no nada más de los trabajadores proletarios o de los ciudadanos que son súbditos, o de los pueblos indios acosados y diezmados durante más de 500 años de conquista y colonización, sino de todos los seres humanos que sufren un cierto tipo de enajenación, unas veces como mujeres, otras como jóvenes y niños, y otras por sus preferencias sexuales, o por su analfabetismo.

En los antiguos pueblos de origen maya, se está escuchando y expresando la otra política, el otro lenguaje, la otra esperanza de paz y de negociación con respeto a una dignidad y a una autonomía, que no son negociables, y que rechazan regresar a los viejos caminos de la mediación, de la asimilación, de la cooptación, de la corrupción, aparentemente humanitarios, y tan inhumanos como los que practican los genocidas inteligentes desde aviones inteligentes, con bombas inteligentes

Ni mediaciones, ni represiones, detienen el camino de la libertad y de la supervivencia humana. Los valores de la convergencia se han enriquecido. Unos complementan a otros y son inasequibles sin los demás. Las bases de la unidad en la diversidad se están dando a nivel universal. Pero hay un punto en que la disyuntiva se plantea de manera tajante. Todos tenemos que decidirnos si acompañamos o no a “los pobres de la Tierra” de que hablaba Martí, a los “condenados de la Tierra” de que hablaba Fanon; en un camino efectivo para hacer realidad “la libertad, la justicia y la democracia” sin “prestarnos” a ser instrumentos de mediación humanitaria de las fuerzas dominantes. Los zapatistas son un camino a seguir no sólo para rechazar toda alianza que pueda llevar al abandono de un proyecto de cambio profundo y universal, como de diversas maneras ha ocurrido en rebeliones mediatizadas por los sistemas políticos y los Estados, sino para construir junto con los gobiernos autogestionarios y autónomos, los caracoles o redes de comunidades y una red de redes universal que logre la “praxis” de lo universal y del “poder distribuido” por las bases, entre las bases y con las bases, ese sueño expresado en todos los movimientos democráticos de la historia contemporánea.

Quienes tenemos el privilegio de acompañarlos, tenemos la obligación moral y política de respetar y hacer respetar una alternativa pacífica que expresa en concreto los máximos valores de la emancipación humana, y un proyecto no sólo necesario sino viable. De cómo nació el mismo y cómo interpretar el logro de sus descubrimientos querría decir algunas palabras más que pueden ser útiles para explorar la creación en la historia emergente. Como reflexiones finales apuntan a una conclusión que revela la importancia mundial del zapatismo en tanto éste abre un camino que, entre variantes, es muy importante para luchar por la paz con autonomía y dignidad tejiendo redes de comunidades autónomas, autogestionarias, autosustentables, que ni se queden en el sueño de la comunidad aislada y socialista de que fácilmente se deshace el entorno opresor, el sistema y el Estado —recuerden a Hobschbaum—, ni se propongan la toma del poder del Estado, o la transformación de la sociedad desde el Estado y con la lógica del Estado.

Esta es mi conclusión: El zapatismo constituye una aportación de importancia universal (aunque no se le considere así por no ser un proyecto europeo y por venir de los indios). Pero su importancia es de interés universal porque construye un camino emancipador que, entre variantes, corresponde a otra lucha por la paz. El proyecto zapatista no niega las reformas, no niega la revolución; propone otras reformas, otra revolución. Es un proyecto que se hace aprendiendo, luchando y creando.

Aquí quiero recordar que los zapatistas surgieron de la unión entre un movimiento de guerrilleros con la ideología y la cultura de las guerrillas latinoamericanas de las últimas décadas del siglo XX y la cultura de la resistencia de los pueblos indios, y que los pueblos indios han ido enriqueciendo a lo largo de quinientos años colonizaciones y rebeliones. En México, unos y otros eran mestizos no sólo por la sangre sino por la cultura, unos y otros tenían conocimientos comunes de las luchas por la independencia, por la justicia, por la democracia, un conocimiento variado de la práctica del liberalismo, del nacionalismo revolucionario, del populismo, del marxismo anarquista o comunista, universitario o normalista; o de la teología de la liberación y sus sucedáneos.

La primera lección de los rebeldes se manifestó en su decisión de aceptar el liderazgo de los pueblos indios en lugar de encabezarlos. Tomaron la decisión al ver que no había más alternativa que irse o integrarse. Se asimilaron, se integraron a los oprimidos en un proceso emancipador contrario a la habitual asimilación e integración de los indios por la civilización conquistadora. Al llegar el 1º de enero de 1994, día de la nueva dependencia de México con la activación del Tratado de Libre Comercio, acordaron rebelarse y tomar varios pueblos y ciudades. De la rica historia de esta etapa destaco dos momentos: a unos días de iniciada la rebelión acordaron con el gobierno el cese al fuego. Con posterioridad aceptaron los diálogos del Ejido de San Miguel y de San Andrés de los Pobres. En todo este tiempo se dieron a conocer en el mundo por su palabra nueva y por su apertura mágica y televisiva, intelectual y política. Al mismo tiempo, se inscribieron en el proyecto de democracia en boga, y aceptaron plantear la democracia como el primer paso para la “reforma del Estado”, ese otro objetivo, ampliamente coreado por todos los partidos y corrientes. En largas y difíciles discusiones lograron un notable acuerdo sobre los derechos de los pueblos indios, que firmaron todos los partidos políticos del país y los representantes del gobierno. Para defenderlo e impulsarlo organizaron actos, marchas y manifestaciones políticas que llevaron a la Comandante Esther —acompañada de toda su comitiva y apoyada por inmensas multitudes en la Ciudad de México y otras partes del país— a tomar la palabra en el edificio del Poder Legislativo. Muy poco tiempo después, el gobierno y todos los partidos políticos aprobaron una ley que no les dio ninguno de los derechos acordados y hasta les quitó algunos que en la época colonial les había concedido el rey de España… El golpe fue tremendo. Todos nos preguntábamos qué hacer. Y allí apareció una lógica creadora inesperada. Los zapatistas decidieron organizar, desde la sociedad, desde sus propias bases, la sociedad a que aspiraban. De la lógica política, predominante en la etapa anterior, pasaron a la lógica social que está creando un nuevo punto de partida distinto a la toma del poder del Estado, distinto a las reformas del Estado, y distinto también al anarquismo con el que muchos los confunden y con el que algunos intelectuales poco responsables quieren interpretar sus acciones cuando afirman que los zapatistas —como ellos mismos— quieren cambiar el mundo sin tener el poder. El proyecto no nació sólo de discusiones ideológicas, ni de la práctica de teorías, sino del saber qué hacer y cómo hacerlo. Las nuevas categorías sociales son creadoras de categorías políticas. No sólo combinan la distribución del poder con las “juntas de buen gobierno” y “los municipios autónomos”. También combinan el control de sus emisarios, delegados y comandantes que “mandan obedeciendo” los lineamientos generales que las bases les trazan.

El zapatismo busca realizar el viejo sueño de las comunidades autónomas, de los municipios libres, de los gobiernos locales, de los soviets como fuente del poder alternativo. Para realizarlo cuenta con nuevos medios de comunicación y organización que antes no existían como son los medios electrónicos y las redes de información, organización, producción, distribución, defensa, cultura que pueden extenderse en el país y en el mundo. La diferencia principal es que este proyecto fue planteado anteriormente con una lógica política que terminó por controlar todos los proyectos de gobiernos autónomos o con una lógica social que llevó al aldeanismo, a la autogestión utópica, al indianismo y acordó otros males de comunidades aisladas entre sí y aisladas de las grandes estructuras geopolíticas y geoculturales. El proyecto presenta una alternativa de paz y de sobrevivencia. Da pie a una especie de nuevo contrato social en que, como en Bolivia o Venezuela, los gobiernos nacionales o los Estados nación, o los complejos dominantes, den prioridad a las políticas que permitan el desarrollo de unidades sociales auto-sustentables y autónomas. En la crisis mundial actual el proyecto —con múltiples variantes— puede ser un camino a la emancipación y a la sobrevivencia humana. Respetar a quienes lo enarbolan y luchar por que se les respete es y será trascendente en la lucha por la paz y por la vida.

Les agradezco su atención y no quiero seguir hablando para no cansarlos más.

Trascripción corregida y ampliada en mayo de 2009.