Documentación histórica

Congreso Nacional Indígena-CNI (México). Mesa de la tarde. 5 de enero de 2009

Carlos González

 

Muy buenas noches, hermanos, hermanas, del Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Hermanos y hermanas de los pueblos del mundo que nos acompañan.

La historia de nuestros pueblos es una historia de permanente conquista. La conquista inicial, la que inició en 1492, provocó en menos de un siglo la muerte de más de 60 millones de hombres y mujeres en toda América, la muerte de más de 20 millones de hombres y mujeres tan sólo en Mesoamérica, es decir, en el centro de México y lo que es Centroamérica.

Ésta es la mayor masacre, el más grande genocidio cometido en la historia de la humanidad. Aquí está el origen del capitalismo. Actualmente, en México, la situación de explotación y despojo que viven nuestras comunidades indígenas y campesinas es muy similar a la de hace un siglo, la que produjo la gran revolución campesina de 1910. Revolución campesina que finalmente fue traicionada y manipulada por el grupo que tomó el poder.

Sin embargo, la brutal modernización impuesta por los liberales del siglo XIX y por el régimen porfirista, difiere en mucho de la actual. Pues el despojo de las tierras indígenas y campesinas y la consecuente superexplotación del trabajo que impone el capitalismo global, el neoliberalismo, son en la actualidad más acelerados y violentos, más extensivos y masivos, más profundos y destructivos.

Efectivamente, el ciclo de las reformas liberales que llevó a la pulverización de los territorios indígenas en la época del porfiriato, duró más de un siglo. Desde las reformas borbónicas de mediados del siglo XVIII, pasando por las cédulas reales de finales de ese mismo siglo —las de 1794, 1798 y 1800—, que determinaron la destrucción de la propiedad comunal indígena, cuyos efectos fueron determinantes en el surgimiento de la revolución de independencia, hasta la famosa Ley Lerdo, del 25 de junio de 1856. Incorporada, un año después, al Artículo 27 de la Constitución juarista, que prohibió la propiedad indígena corporativa, es decir comunal, y dio paso a la formación de las grandes haciendas porfirianas mediante una fabulosa concentración de tierras en unas cuantas manos.

Este primer ciclo, es decir, el ciclo de la reforma liberal —iniciado por los Borbones desde España— provocó el exterminio de más de cien pueblos indígenas en lo que es el actual territorio mexicano, a lo largo del siglo XIX. Y el asesinato masivo de numerosas tribus asentadas entre México y Estados Unidos, así como las prolongadas campañas militares en contra de las tribus yaqui, ópata y de los pueblos pima y seri. El pueblo ópata está extinto desde hace más de un siglo.

El ciclo de la contrarreforma neoliberal, que es el que vivimos actualmente, y que ha provocado la destrucción y el despojo de las comunidades indígenas y campesinas, inició formalmente en 1992, con la reforma del Artículo 27 Constitucional, la derogación de la Ley Federal de Reforma Agraria y la aprobación de nuevas leyes en materia agraria, forestal, y de aguas nacionales.

Dicha contrarreforma, fundamentalmente, se orientó a destruir la propiedad ejidal, la propiedad comunal, y sacar del dominio de la nación el recurso agua. Dicha contrarreforma se profundizó con la firma del Tratado de Libre Comercio, en 1994, la traición de los Acuerdos de San Andrés y la aprobación de la reforma indigenista conocida como Ley Bartlett-Cevallos-Ortega, en 2001. Y después de ello, la modificación y aprobación de leyes en materia de bosques, aguas, semillas, minería, bienes nacionales, conocimiento tradicional y biodiversidad. Todas ellas orientadas al despojo de los territorios indígenas y campesinos.

Es decir, el ciclo de esta reforma dura menos de 20 años, frente a la anterior reforma, la liberal, que tuvo que larvarse durante más de cien años para poder desmontar, para poder destruir, el tejido indígena comunal. Lo novedoso, a partir de 2001, es que todos los partidos políticos, de izquierda, centro o derecha, han participado de la aprobación de dichas leyes y reformas legales. Como lo han dicho nuestros hermanos del Ejército Zapatista, se trata de una simetría donde la izquierda electoral y la derecha de siempre, en nada se distinguen, son la misma porquería: funcionales al capitalismo.

El ciclo de la contrarreforma neoliberal, que ha provocado la destrucción y el despojo de las comunidades indígenas y campesinas, es mucho más masivo que el anterior, pues —y voy a regresar a algunos puntos comunes que trataron los hermanos de Vía Campesina en la mañana— la gigantesca emigración de trabajadores mexicanos, principalmente de las zonas rurales, a los Estados Unidos de América, la más grande de todo el mundo —muy por encima de la que ocurre en el sureste asiático, o en los países africanos—, forma parte de un plan previamente concebido desde los más altos niveles de la tecnocracia neoliberal y los organismos financieros internacionales.

Es decir, la migración que vive nuestro país, que es el país con mayor migración en todo el mundo, no es causa, no es consecuencia de una política o de sucesivas crisis económicas, es una política deliberada y programada. Cuando Luis Téllez Kuenzler —que es uno de los inspiradores de la reforma del Artículo 27 Constitucional y actualmente secretario de Comunicaciones y Transportes— y otros entusiastas seguidores del monetarismo neoliberal, propusieron la contrarreforma en materia agraria, forestal y de aguas, que finalmente llevó a la práctica el presidente Salinas, así como la apertura comercial indiscriminada que desembocó en la suscripción del Tratado de Libre Comercio y en la ruina económica de los campesinos mexicanos, incluida en primer lugar la siembra de granos básicos, consideraron que era indispensable reducir la población rural de nuestro país —y esto lo dicen diversos escritos— que, a finales de los años ochenta, era mayor a los 20 millones de personas. A menos de 10 millones en consonancia con el porcentaje que las actividades económicas en el campo aportaban al Producto Interno Bruto.

En aquellos años, Luis Téllez razonaba del siguiente modo, decía: si el campo está aportando el 6 por ciento al Producto Nacional Bruto, entonces la población campesina tiene que reducir hasta ese tamaño, tiene que bajar de casi 30 millones a menos de 10: a 6 millones. Y eso es lo que hicieron, lo que provocaron y lo que han estado desarrollando en forma sistemática.

La migración brutal que están viviendo nuestras comunidades, que están viviendo nuestras familias, que está viviendo este país, es algo programado y algo decidido desde fuera de México. Tras la firma del TLC, la previsión de nuestros gobernantes se cumplió y, según el último reporte del Banco Mundial en materia de migración —que ya habían referido en la mañana—, México tiene emigradas a 11.5 millones de personas, equivalentes al 25 por ciento de la población económicamente activa que actualmente tiene el país, y al 11 por ciento de la población total.

La expulsión de mano de obra es 2 mil por ciento mayor que la reportada 37 años atrás. Y, en 2007, la cifra de migrantes fue cercana a los 600 mil, lo que implica 1.14 personas expulsadas por minuto, de nuestro país.

El que hoy en día la Procuraduría Agraria diga que más de 20 millones de hectáreas de tierras susceptibles para la agricultura, están ociosas, y que promueva la siembra de caña de azúcar, a favor del grupo Santos —una empresa trasnacional—, en un millón 500 mil hectáreas de tierras, supuestamente ociosas, que en realidad son propiedad de ejidos y comunidades, desnuda la estrategia seguida desde hace casi 20 años por los tecnócratas neoliberales: separar a los campesinos de la tierra en forma masiva y por medios brutales. Como es el caso de la migración forzada, para hacer posible la apropiación privada de dichas tierras y de las rentas que producen tanto su explotación directa como la de los cuantiosos recursos naturales que en ella se localizan. A la par que millones de seres humanos son sometidos a los más despiadados mecanismos de explotación en invernaderos trasnacionales, franjas maquileras y, sobre todo, en el extranjero.

Por lo mismo, no debe de resultarnos casual —si ustedes leyeron los periódicos el 10 de diciembre—, el pasado 9 de diciembre, el procurador agrario sostuvo que el tercer paso para el campo es la consolidación de las inversiones de empresas privadas nacionales y extranjeras en los ejidos y comunidades, por medio del programa Fondo de Inversión Pública y Privada. Señalando que, a la fecha, hay 71 proyectos de energía eólica, minería, producción agrícola y desarrollo urbano que involucran inversiones por un monto total de mil 137.2 millones de pesos y que, evidentemente, están siendo invertidos en los territorios que primeramente fueron despoblados y que están siendo despojados a lo largo y ancho del país.

Los tres pasos que resumen el ABC del despojo capitalista en nuestro país son los siguientes:

1. La modificación del marco legal agrario y de las leyes relacionadas en materia de aguas y bosques, partiendo de la reforma del Artículo 27 Constitucional, en 1992, para permitir la certificación —a través del programa de Certificación de Derechos Ejidales conocido como Procede, en su versión comunal conocido como Procecom—, decíamos pues, para permitir la certificación y la apropiación capitalista de los ejidos y comunidades. Es decir, para convertir la tierra de las comunidades indígenas y campesinas, en simples mercancías. Para integrar, para ingresar estas tierras, como lo hizo la reforma liberal de 1856, 1857, para ingresar esas tierras al mercado capitalista.

2. La destrucción de las economías campesinas comunitarias y populares, así como la apertura comercial indiscriminada, y la destrucción de nuestra soberanía alimentaria a través de instrumentos como el TLC, para provocar la gigantesca migración que ha separado a los campesinos de sus tierras.

3. La ocupación, apropiación capitalista y fragmentación de la tierra en función de los intereses del capitalismo global en lo que llamamos “la nueva guerra de conquista y exterminio de los pueblos indígenas”. Este carácter de guerra de conquista y exterminio que tiene el ciclo de la reforma neoliberal, y que ha provocado la destrucción y el despojo de las comunidades indígenas y campesinas, es profundo y destructivo —más que el anterior—, pues no se apoya en la simple ocupación física de los territorios.

Decimos en el Congreso Nacional Indígena, que lo que busca es romper la tierra: nuestra madre tierra, la que es común a todos los seres humanos. Por eso, se trata de una guerra en contra de la humanidad. Por un lado, las empresas trasnacionales, apoyadas en los gobiernos y en la totalidad de la clase política mexicana, están desarrollando importantes proyectos hidráulicos —como las presas—, mineros, de agricultura industrial, en materia de hidrocarburos, carreteros, de desarrollo urbano y turístico, que se apoyan en el despojo directo de las tierras indígenas, ya sea que se trate de bosques, selvas, desiertos, lagunas, ríos, costas o tierras de cultivo.

Para ello, modificaron la Ley de Aguas Nacionales, y la minera, en 2005, y crearon ese mismo año la Ley de Desarrollo Forestal Sustentable. Para ello, transformaron la Ley de Bienes Nacionales, en 2004, que hoy apuntala la apropiación privada de las zonas costeras. Por lo mismo y con el apoyo del narcotráfico, han elevado artificialmente el precio de las tierras en la periferia de las zonas urbanas, en las costas, o donde existe algún potencial minero, agroindustrial o turístico.

Pero el capitalismo neoliberal no únicamente ha producido la apropiación material directa de la tierra, sino que, a través de la producción de semillas transgénicas; el surgimiento de sistemas de patentes sobre planas, animales y hongos; la privatización de los saberes tradicionales; y la transformación de las expresiones culturales indígenas en simples apoyos de la industria turística, ha generado una avasallante apropiación de la tierra, de todas las rentas que ésta pueda generar y de la cultura acumulada por nuestras comunidades a través de los siglos.

Para ello crearon la Ley de Bioseguridad, la Ley del Conocimiento Tradicional, la Ley de Semillas y modificaron la Ley de Propiedad Industrial. No nos olvidemos que todos los partidos representados en las Cámaras han votado estas leyes en forma unánime. La guerra de conquista neoliberal trata de romper la tierra y de separar todos los elementos que componen la comunidad indígena hasta que la comunidad se vuelva irreconocible.

Claro está que acudimos a un proceso enmarcado en una lógica mundial que bien podríamos llamar de nueva acumulación originaria de capital, que tiende a separar masivamente a los campesinos de sus tierras y que, por medio de múltiples acciones, leyes, políticas y programas gubernamentales, fragmenta tierra, agua, biodiversidad, maíz, cultura comunitaria, trabajo campesino y saber acumulado. Con el fin de facilitar la apropiación privada de todo aquello todo susceptible de generar ganancia.

Es el mercado contra la comunidad, es el neoliberalismo contra la tierra. Es el capitalismo contra la humanidad, contra México y sus pueblos indígenas, pero también contra los mapuches en Chile, también contra los pueblos indígenas en Argentina, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Estados Unidos o Canadá. Es el capitalismo contra Cuba, pero también contra Palestina, Irak o Afganistán. Es, en fin, el capitalismo contra la humanidad y contra la tierra.

Hermanos, hermanas, esa es una parte de la historia. Esa es la historia que nuestros gobiernos, que nuestros dirigentes políticos, que las grandes empresas, que los medios de comunicación, que las televisoras, han deformado, han tratado de embellecer sin quitarle lo que tiene de sucia.

Existe otra historia, que va junto con ésta, que se ha tramado junto con ella: es la historia de la resistencia y de la rebeldía de nuestros pueblos. Ésta es la historia silenciada. No quisiera detenerme yo mucho en ello, ya el hermano Juan Chávez hizo una exposición importante al respecto. Únicamente, sí quisiera recordar que, para nuestros pueblos, el levantamiento zapatista de 1994 marca una nueva hora en la lucha de la liberación de los pueblos indígenas de México.

En 1996, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, acompañado por un numeroso grupo de representantes indígenas, logró la suscripción de los acuerdos de San Andrés, que reconocían en forma mínima los derechos fundamentales de los pueblos indígenas. Y en ese mismo año, el 12 de octubre, acompañado por la Comandanta Ramona, nació el Congreso Nacional Indígena como la casa de todos los pueblos indígenas de México.

En el año 2001, el Congreso Nacional Indígena acompañó a los comandantes y comandantas zapatistas en una gira por la geografía de éste país hasta llegar a las entrañas del poder, hasta llegar al Congreso de la Unión, donde defendimos con todos los argumentos posibles los Acuerdos de San Andrés. Y sin embargo —ya lo mencionamos hace un momento—, estos acuerdos fueron burdamente distorsionados, fueron traicionados y en esta traición participaron todos los partidos políticos, todos los que ahorita se están peleando las migajas del poder.

Después de esto, hubo sucesos importantes. A pesar de la traición, nuestros pueblos siguieron reuniéndose, siguieron platicando, siguieron resistiendo. Y no podemos olvidar, en esta historia de resistencias, la importante lucha que, en el año 2003, dieron nuestros hermanos del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra, de San Salvador Atenco y otros pueblos, para frenar el que era uno de los proyectos más importantes del neoliberalismo —decía Vicente Fox, el proyecto más importante de su sexenio—: el Aeropuerto Internacional de Texcoco.

Finalmente, en el año de 2005, nuestros hermanos, nuestras hermanas zapatistas, convocaron al pueblo de México y a los pueblos del mundo, a través de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, a conjuntar esfuerzos en el marco de una lucha anticapitalista. Y el Congreso Nacional Indígena, los pueblos que en él participan, la parte rebelde, la parte en resistencia del movimiento indígena mexicano, se incorporaron, nos incorporamos, a La Otra Campaña e hicimos nuestra la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Porque sabemos que, como pueblos indígenas, el capitalismo lo único que nos depara es la muerte y la destrucción.

En el año 2006, se vivió una cruenta represión en Atenco, una de las más profundas que ha habido en este país. Después vino la de Oaxaca en contra de la APPO y hoy, junto con los presos políticos que ya teníamos antes, hemos sumado decenas y decenas hasta llegar a centenas y centenas de presos y presas políticas. Ese es el primer momento —pienso yo— de los que vivimos en este país, de nuestra rabia. Ese debe ser el punto del cual partamos: nuestros hermanos, nuestras hermanas que están presos, que están presas, por luchar en contra de este sistema.

Y, en esta historia de las resistencias, ciertamente nuestros pueblos en los últimos meses, en los últimos años, han librado luchas significativas a lo largo de todo el país, en contra de los proyectos que pretende imponer el capital y de los cuales dábamos cuenta en el capítulo anterior. Quisiera referir algunos casos significativos —no porque los otros sean menos importantes—. En primer lugar, quisiera señalarles que del lugar donde yo vengo, de la Región Nahua del occidente del país, donde se encuentra uno de los cinturones de hierro más importantes de Norteamérica, las empresas trasnacionales hindúes —como Metal Steel—, italianas —como Ternium—, y algunas empresas chinas, han entrado con mucha fuerza a ocupar las tierras, a ocupar los territorios.

Los pueblos, las comunidades, han defendido como han podido esas tierras y, el pasado 26 de julio, uno de nuestros hermanos, el hermano Diego Ramírez, nahua de la comunidad de Ostula, coordinador de la Comisión para la Defensa y Recuperación de las Tierras Comunales de la comunidad indígena de Ostula, del municipio de Aquila, Michoacán, fue asesinado a patadas y arrojado su cuerpo en las tierras que la comunidad está reclamando. Y sin embargo, la comunidad sigue con el coraje, decimos, dicen nuestros hermanos, con la rabia, para no ceder ante los intereses cada vez mayores ya no sólo de las mineras, sino de empresas hoteleras españolas, del gobierno de Michoacán por construir una autopista, etcétera, etcétera.

Asimismo, actualmente, en Oaxaca, tenemos nueve detenidos, ellos integrantes de la APPO cuyo único delito fue haber protestado en contra de la masacre que se está cometiendo por parte de Israel en Gaza. En este mismo estado, en Oaxaca, no es menor la lucha, la resistencia que nuestros hermanos Binizaa y Huaves del Istmo han llevado en contra de las empresas eólicas, que han tratado de apropiarse de los terrenos comunales y ejidales de diversas comunidades ubicadas en ese lugar. Asimismo, en Guerrero, la lucha de nuestros hermanos nn'anncue ñomndaa, amuzgos, por defender su radio comunitaria, la Radio Ñomndaa. Y como lo explicaba la compañera, de los hermanos de la Montaña y de la Costa Chica, por defender su Policía Comunitaria, es permanente, es de todos los días.

En esta relación, no quisiera pasar por alto la lucha que están llevando nuestros hermanos nahuas de La Huasteca potosina, con los cuales nos reunimos hace unos días, tuvimos una reunión allá en uno de los campamentos que tienen en las tierras que la comunidad Nahua de Chimalaco ha recuperado en los últimos meses. Y así, en diversos lugares, existen luchas importantes por defender el agua, en contra de proyectos carreteros como es el caso de la comunidad de Santa Catarina Cuexcomatitlán, en el municipio de Mexquitic, en Jalisco, una comunidad Wirrárica.

Como es el caso de nuestros hermanos en Tláhuac y Xochimilco, en contra de la urbanización salvaje que impone el gobierno de Marcelo Ebrard. Como es la lucha de nuestros hermanos de Baja California y de Sonora por defender sus tierras, por defender su derecho a pescar, en oposición a la Escalera Náutica que hoy les está robando sus costas y que les está robando sus tierras.

Y así, en cada punto de nuestra geografía donde existe una agresión, donde existe un acto de despojo, también existe un acto de resistencia y existe una profunda esperanza porque esto pueda cambiar.

Por ello —y quiero concluir ya—, el Congreso Nacional Indígena, a lo largo de sus muchos años de existencia, ha logrado delinear algunas propuestas muy básicas pero que le han permitido resistir. Que le han permitido profundizar sus luchas y reconstituir nuestros pueblos indígenas, sus culturas. El primero, es el planteamiento de que, ante la traición de los Acuerdos de San Andrés y la aprobación de reformas constitucionales ilegales que buscan el despojo de nuestros pueblos, el único camino que queda es el de la construcción de la autonomía en los hechos.

La VIII Asamblea del Congreso Nacional Indígena, realizada en noviembre de 2001, ratificó los acuerdos adoptados en Guanajuato —en una asamblea anterior— y resolvió: en apego a las acciones de autonomía que nuestros pueblos han impulsado y siguen impulsando, elevar los Acuerdos de San Andrés a ley propia de los pueblos indígenas del país, rechazando la aplicación en nuestras comunidades de la reforma constitucional del pasado 28 de abril. Ése es un primer planteamiento que hace el Congreso Nacional Indígena.

El segundo, es el de oponer la comunidad y la organización comunal a la lógica capitalista y al capitalismo mismo. Proponemos la reconstitución de la comunalidad, del territorio, del gobierno, de la fiesta, del trabajo colectivo, de todos los aspectos que son importantes para nuestras comunidades. El tercer elemento: defensa de la madre tierra como bien común de la humanidad y casa de todos y de todas, y la defensa intransigente de la posesión que los pueblos indígenas tienen o han tenido sobres sus territorios ancestrales.

Y por último —a partir de que se da la incorporación a La Otra Campaña y la suscripción de la Sexta Declaración— buscar la unidad con todos los pueblos de México y del mundo, con todos ustedes, para buscar, para intentar construir un mundo nuevo. Terminando, podemos decir que si éste año tiene similitudes con el 1909, antesala de la revolución campesina y popular, tendremos que ver qué es lo que vamos a construir para los años por venir. Muchas gracias.