Documentación histórica

John Berger (Gran Bretaña, Francia). Mesa de la tarde. 5 de enero de 2009

(Mensaje videograbado)

 

Buenos días, buenas tardes, buenas noches, porque no sé a qué hora del día estarán escuchando esto.

El tiempo pasa, pero lo que le da sentido a la vida de los seres humanos permanece igual.

Quiero leerles un cuento corto del gran escritor palestino Ghassan Kanafani. Él es un escritor que yo admiro mucho. El último libro que he escrito, no publicado aún, está dedicado a su memoria. Él fue asesinado en 1972 por el Mossad, la policía secreta israelí. Tenía 36 años de edad.

La historia que quiero leerles la escribió en 1955. Es decir, siete años después del Nakba, la gran expulsión del pueblo palestino de sus tierras.

 

Carta desde Gaza

 

Querido Mustafá:

Acabo de recibir tu carta, en la que me dices que has hecho todo lo necesario para que yo pueda quedarme contigo en Sacramento.

También recibí la noticia de que me han aceptado en el Departamento de Ingeniería Civil, en la Universidad de California.

Tengo que darte las gracias por todo, amigo mío. Pero, y te parecerá un poco raro cuando te lo diga, pero no lo dudes. No siento ninguna vacilación. De hecho, puedo afirmar que jamás vi las cosas tan claras como las veo ahora.

No, amigo mío... He cambiado de parecer. No te seguiré a la tierra donde crece el verde, el agua y las caras hermosas, como tú escribiste en tu última carta. No, me quedaré aquí. Y no me iré jamás.

Realmente me molesta que nuestras vidas no sigan por el mismo camino, Mustafá. Porque siempre puedo oírte recordándome nuestra promesa de seguir juntos. Y luego, la forma en que solíamos gritar: “¡Nos haremos ricos!”

Pero no hay nada que pueda hacer, amigo mío. Aún recuerdo el día en que me paré en la sala del aeropuerto de El Cairo, apretando tu mano y mirando fijamente el frenético motor del avión. En ese momento, todo giraba al tiempo del ruido ensordecedor del motor. Y tú, tú te paraste frente a mí, tu redonda cara silenciosa.

Tu cara no había cambiado de como era cuando crecías en el barrio As-Siya’iyya, en Gaza, a pesar de las pocas arrugas.

Nosotros crecimos juntos, entendiéndonos completamente. Y prometimos seguir hasta el final. Pero...

—Un cuarto de hora ya, falta un cuarto de hora para que despegue el avión. No mires hacia la nada así. ¡Escucha! Tú irás a Kuwait el próximo año y ahorrarás suficiente de tu salario como para arrancarte de Gaza y llevarte a California. Iniciamos juntos y debemos seguir así—, escucho que me dices eso. Te escucho.

En ese momento estaba mirando tus labios moviéndose con rapidez, ésa era siempre tu forma de hablar, sin guiones, comas, sin puntos. Sin embargo, de alguna oscura manera, sentí que no estabas del todo feliz con tu viaje. No podías alegar tres buenas razones para hacerlo. Pero el sentimiento más claro era: ¿por qué no abandonamos esta Gaza y huimos? ¿Por qué no lo hacemos?

Tu situación había empezado a mejorar. El Ministerio de Educación de Kuwait te había dado un contrato, mientras que a mí no me había dado uno. Más tarde, cuando vivía en plena miseria, tú me enviaste algunas cantidades de dinero. Tú querías que yo los considerara como “préstamos”, porque temías que de otra forma me sentiría humillado.

Y tú conocías las circunstancias de mi familia. Las conocías plenamente. Sabías que mi exiguo salario de la escuela de la UNRWA no bastaba para mantener a mi madre, a la viuda de mi hermano y a sus cuatro hijos.

—Escucha con cuidado: ¡Escríbeme todos los días, cada hora, cada minuto! Camina, el avión está a punto de irse. Adiós, o mejor dicho, no veremos de nuevo.

Y tus fríos labios rozaron mi mejilla. Volteaste tu cara hacia el avión. Y cuando volviste a mirarme de nuevo, pude ver tus lágrimas.

Más tarde, el Ministerio de Educación de Kuwait me dio un contrato. No es necesario que te repita con detalles cómo siguió mi vida a partir de entonces. Porque siempre te escribí contándote todo. Mi vida ahí tenía una sensación de viscosidad y vacío. Como si yo fuera una pequeña ostra, perdida en la pesada soledad. Luchando, luchando lentamente con el futuro, tan obscuro como el principio de la noche. Atrapado en una rutina podrida y en una lucha repetida contra el tiempo.

Todo era caliente, viscoso. Toda mi vida era un desliz. Toda mi vida consistía en esperar a fin de mes. Y en la mitad de aquel año, los judíos bombardearon el distrito central de As-Sabha, y atacaron Gaza, nuestra Gaza, con bombas incendiarias.

Ese hecho podría haber cambiado en algo mi rutina, pero no tenía por qué preocuparme mucho. Iba a dejar esta Gaza detrás, e iría a California, donde viviría para mí mismo, después de haber sufrido por mucho tiempo.

Odiaba Gaza y sus habitantes. Todo en el amputado pueblo me recordaba a unas pinturas fallidas, pintadas en gris por un hombre enfermo. Sí, claro que enviaría a mi madre y a la viuda de mi hermano y sus hijos un poco de dinero que les ayudaría a vivir. Pero también me liberaría incluso de esta última atadura, allá en la verde California.

Lejos del olor de la derrota que, desde hacía siete largos años, me llenaba la nariz.

La ternura que me une con mis sobrinos, su madre y la mía, nunca bastarían para justificar la mi tragedia de sumergirme en forma perpendicular. No deberá hundirme más de que ya lo hizo.

¡Tenía que escapar! Tú conoces estos sentimientos, porque los has vivido. ¿Qué será este vínculo indefinible que nos ata a Gaza? Y que, sin embargo, enamora nuestro entusiasmo por escapar. ¿Por qué no diseccionamos el asunto para ver su verdadero significado? ¿Por qué no dejamos esta derrota, con sus heridas en nuestro pasado y avanzamos hacia un futuro más brillante? Lo que nos daría un consuelo más profundo. ¿Por qué?

No lo sabíamos realmente. Cuando regresé a casa en las vacaciones de junio y junté todo lo que tenía, deseando el deleite de viajar hacia esas pequeñas cosas que dan a la vida un sentido agradable y alegre. Encontré Gaza tal como la había conocido. Encerrada, como si fuera la cubierta interior de una limpia concha de caracol, arrojada por las olas hacia la costa arenosa y viscosa. Cerca del matadero.

Esta Gaza estaba más atrapada que la mente de un durmiente en una horrible pesadilla, con sus estrechas callejuelas que tenían su olor peculiar: el olor de la derrota y la pobreza. Sus casas con balcones sobresalientes. Esta Gaza.

Pero ¿cuáles son las obscuras razones que atraen a un hombre hacia su familia, su casa, sus memorias, como la fuente atrae a una manada perdida de cabras montañesas? No lo sé.

Todo lo que sé es que fui a la casa de mi madre esa mañana. Y cuando llegué la esposa de mi último hermano me encontró y me preguntó —ella estaba llorando— que si haría lo que su hija herida, Nadia —entonces en el hospital de Gaza— deseaba que yo hiciera. Y que la visitara esa tarde.

Mustafá, ¿conoces a Nadia, la hermosa hija de trece años de mi hermano? Aquella tarde, compré una libra de manzanas y me dirigí al hospital para visitar a Nadia. Sabía que había algo, algo al respecto, que mi madre y mi cuñada me estaban ocultando. Algo que sus lenguas no podían expresar. Algo raro que no podía precisar.

Yo amaba a Nadia, la amaba por costumbre. La misma costumbre que me hacía amar a toda esa generación. Que tanto había crecido en la derrota y el desplazamiento que había llegado a creer que una vida feliz, era una especie de desviación social.

¿Qué ocurrió en ese momento? No lo sé. Entré muy calmado en esa habitación blanca. Los heridos tienen algo de santidad. Y más cuando el niño está enfermo a causa de dolorosas heridas.

Nadia, Nadia estaba recostada en su cama, con la espalda apoyada en la almohada, sobre la que se dispersaban sus cabellos como un valioso vellón.

Había un profundo silencio en sus grandes ojos y una lágrima siempre brillando en el fondo de sus pupilas negras. Su rostro estaba tranquilo y quieto. Pero elocuente, como podría ser la cara de un profeta atormentado.

Y Nadia era aún una niña. Pero daba la impresión de que era más que una niña, mucho más. Y de más edad que una niña. ¡Mis hijos!

—¡Nadia!— No sé si lo dije yo u otra persona a mis espaldas, pero alzó sus ojos hacia mí. Y sentí que me disolvían como un terrón de azúcar al caer en un vaso de té caliente.

Oí su voz enmarcada en una tenue sonrisa: —Tío, ¿acabas de llegar de Kuwait? Su voz se le quebró en la garganta. Se levantó apoyándose sobre sus manos. Y extendió su cuello hacia mí. Yo le di unas palmaditas en al espalda y me senté cerca de ella.

—Nadia, mira, te he traído regalos de Kuwait, muchos regalos. Esperaré hasta que puedas dejar esta cama completamente bien y recuperada y, entonces, vendrás a mi casa y te los entregaré. Te compré los pantalones rojos que me escribiste para pedírmelos. ¡Sí, te los compré!

Era una mentira, nacida por la tensa situación. Pero mientras la decía, sentí como si dijera la verdad por primera vez. Nadia tembló como sacudida por una descarga eléctrica. Y bajó su cabeza en un silencio terrible. Sentí sus lágrimas mojando el dorso de mi mano.

—Di algo Nadia, Di algo. ¿No quieres los pantalones rojos?

Levantó su mirada hacía mí y pretendió hablar, pero no lo hizo, apretó sus dientes, y oí su voz de nuevo desde lejos.

—Tío.

Extendió la mano, levantó con sus dedos la sábana blanca y señaló su pierna, amputada desde el nacimiento del muslo.

Amigo mío, nunca olvidaré la pierna de Nadia, amputada desde el nacimiento del muslo. No. Tampoco olvidaré la tristeza que confirmaba su rostro y que se insertaba en sus facciones para siempre.

Salí del hospital de Gaza aquel día, apretando con profundo desprecio en mi mano las dos libras que había traído conmigo para dárselas a Nadia.

El ardiente sol llenaba las calles, con el color de la sangre. Y Gaza tenía un aspecto totalmente nuevo, Mustafá. Ni tú ni yo la habíamos visto nunca así. Las piedras apiladas a la entrada del barrio As-Siya’iyya, donde vivíamos, tenían un significado. Y parecía que habían sido puestas ahí, exclusivamente para explicar ese significado.

Esta Gaza en la que habíamos vivido y con cuya gente buena habíamos pasado siete años de derrota, era algo nuevo. Me pareció que era un comienzo solamente. No sé porqué sentía que fuera solamente un comienzo. Imaginaba que la calle principal por la que caminaba de vuelta a casa —imaginé— no era más que el inicio de una calle muy, muy larga que llegaba hasta Safad.

Todo en esta Gaza revoloteaba de tristeza, no contenida por el llanto. Era un reto... Algo más que eso. Era algo como el reclamo de la pierna amputada.

Salí por las calles de Gaza, calles llenas de brillante luz del sol. Y me dijeron que Nadia había perdido su pierna, cuando se arrojó sobre sus hermanos y hermanas pequeños, para protegerlos de las bombas y de las llamas que aferraron sus garras contra la casa.

Nadia podría haberse salvado, hubiera podido salir, escapar, haber salvado su pierna. Pero no lo hizo. ¿Por qué?

¡No, amigo mío! No iré a Sacramento y no me arrepentiré nunca. No. Ni tampoco terminaré lo que empezamos juntos en la infancia. Ese obscuro sentimiento que tuviste cuando salías de Gaza. Ese sentimiento pequeño, tiene que crecer como un gigante en tu interior. Tiene que expandirse. Tienes que buscarlo, para encontrarte a ti mismo.

Aquí, entre las ruinas de la funesta derrota. No he de ir a donde tú estás. Pero tú, regresa a nosotros. Vuelve para que aprendas, de la pierna de Nadia, amputada desde el nacimiento del muslo, lo qué es la vida. Y cuánto vale la existencia.

Vuelve amigo mío. Todos nosotros te estamos esperando.