Documentación histórica

Jean Robert (Suiza). Mesa de la mañana. 4 de enero de 2009

(Ponencia entregada por escrito)  

Las bolsas de olvido se han vuelto bolsas de resistencia  

Contribución al Festival de la Digna Rabia, San Cristóbal, 04.01.09 
 
 
Hace un año, en este sitio, tuvo lugar una reunión “contra el neoliberalismo por la humanidad” dedicada a Andrés Aubry. Andrés fue un limpiador de costras que impedían ver. Como todos los caminantes hacia la libertad, empezó con liberar su propia mirada. Como lo decía un amigo que le fue cercano: no se trata de sembrar “semillas del futuro” sino de abrir sus ojos a un presente históricamente plausible. A mi manera de ver, el Festival de la Digna Rabia tampoco es una huida hacia lejanas utopías, sino una nueva apertura al presente: reconocimiento de la plausibilidad de lo nuevo, coraje hacia las ojeras que pretenden ocultarlo y cegarnos.
 
Sin embargo, en esta continuidad veo una discontinuidad. Un año después, muchos perciben que hemos entrado a otra época. Este presente históricamente plausible se ha vuelto a la vez más plausible y más amenazado. Los que prefieren vivir en el show de un mundo que ya no existe ven en él una amenaza. Cuidado: eso es el miedo con el cual van a jugar los poderes.
 
Sólo pasaron unos 380 días, pero ocurrió una ruptura esencial. Esta ruptura se manifiesta en un consenso cada vez más general: las cosas no pueden seguir como antes. Hasta “el camarada Sarkozy” (Chávez dixit) lo dice. Pero dice también que hay que fundar el capitalismo en una base nueva, y esto es de dar miedo. Sobre todo, da indignación la afirmación que el capitalismo es el “único sistema posible” o “la realización del ideal democrático”. Lo que hemos de rechazar con rabia es el auto-encerramiento en un pensamiento único, el decreto que toda otra manera de ver las cosas es impensable. 
 
Prefiero juntarme con los que quieren imaginar un mundo posible más allá del pensamiento único. No estoy aquí para predicar la receta. No sé bien cómo “salir del capitalismo”. Estoy aquí para aprender. Lo único que sé es que requiere mucha imaginación. Como decía el filósofo Michel Foucault, hemos llegado a un punto en que, si queremos seguir pensando, tenemos que pensar lo impensable. Para muchos contemporáneos urbanos y desarrollados, lo impensable es un mundo sin la garantía de tener un empleo y un carro a la puerta, sin programas de educación hasta el doctorado para los hijos, sin futuro planeado desde la concepción hasta la tumba. 
 
Quisiera volver pues a la argumentación de hace un año, pero con una dimensión más, una dimensión que estuvo presente desde el origen pero que está cobrando una importancia nueva: el territorio. Quiero afirmar que la plausibilidad, la posibilidad no utópica —desutópica como diría Toni Negri— de otro presente pasa por la defensa del territorio, o mejor dicho, por el redescubrimiento de la territorialidad. Al contrario, el capitalismo ha sido el gran desterritorializador. 
 
Coraje de defender lo suyo, el suelo bajo los propios pies, dignidad territorializada. Y esta asociación del coraje, de la dignidad y del territorio —mi manera de entender la digna rabia— requiere mucha imaginación. Sin ella, podría oler a los nacionalismos de antaño, evocar lo que los franceses llaman el espíritu cocoricó, el “nadie es mejor que nosotros” suizo, el chauvinismo, todas expresiones que evocan las nostalgias que nutren a las derechas. Creo que hay que repensar radicalmente la relación entre territorio y ser, o sea entre el suelo y las ganas de seguir pisándolo siendo lo que se es.    
 
“Los Zapatistas no son separatistas. Constituyen un movimiento único, pues su horizonte es el mundo”, me dijo un amigo que los conoce bien, y añadió: “un mundo que, para quien se libera de sus escamas, es proporcional”. Esta proporcionalidad se refleja en los caracoles, los consejos autónomos del pueblo zapatista, que rompen con el gran esquema piramidal del orden colonial, neo-colonial y capitalista. Estoy convencido de que estamos aquí en el lugar adecuado para pensar más allá del pensamiento único que se llama capitalismo. Creo que estamos en el territorio en que lo impensable ya empezó a pensarse. Aquí, el redescubrimiento de la relación entre territorio, dignidad y coraje no viene de definiciones exteriores o estatales de la identidad sino de la propia necesidad interior que es también ganas de seguir siendo lo que se es. De la izquierda y desde abajo, pero sobre todo, desde adentro. Porque esta reunión está auspiciada por gente que sabe mejor que nadie lo que es la justa proporción entre el respeto de la tradición y la necesidad de cambio, entre el apego al propio ser y la apertura al otro. La fuerza viva de la tradición es aquí mesoamericana y, sobra decirlo, del sur. El mismo amigo: “Esta fuerza viva es latente en los pueblos del Sur profundo. Se manifiesta mientras evitan la intoxicación o se mantienen desintoxicados. Lo que los anima es una espiritualidad antagónica a la modernidad y sus modas. Una espiritualidad que se encuentra, por ejemplo, entre las mujeres de Chiapas. Hay claves a las cuales estos pueblos todavía tienen acceso”. Algunas de estas claves son:
 
-La capacidad de reivindicar lo propio sin excluir al otro como un polo opuesto;
 
-la no división de la existencia y de la sociedad en esferas separadas del saber y del territorio en entidades confinadas en fronteras;
 
-la presencia de las huellas de los muertos;
 
-el cultivo de los gestos cotidianos que mantienen viva la costumbre.
 
Los que hacen vivir la tradición con sus gestos cotidianos merecen un gran respeto.
 
“Recibir la herencia de sus mayores y transmitirla a sus hijos: no se trata de una repetición de gestos que estratifican el pasado, sino de una capacidad de adaptación permanente, de una memoria viva”, resume el amigo que desea permanecer anónimo.
 
De todos los pueblos, los que poseen estas claves son los más capaces de enfrentar la catástrofe sin perder su humanidad. Porque de esto se trata: más allá de cierto punto, el mantenimiento del orden del capital y del pensamiento único que lo justifica requerirá aún más destrucción de todo lo que nos hace humanos. Hace poco, un autor francés, Jacques Généreux, ha inventado una palabra para definir la devastación provocada por el capitalismo neoliberal: la dissociété, es decir la disociedad o sociedad disociada [1]. 
 
El mercado capitalista arranca los pueblos de sus tradiciones y destruye sus costumbres so pretexto de sacarlos de la pobreza, pero es incapaz de asegurar su subsistencia. Combate la costumbre so pretexto de dar libertad y con ello destruye la capacidad de subsistir y el sentido de la existencia. El capitalismo es la fase final de una larga guerra contra la subsistencia de los pueblos. Ahora bien, si sólo vemos el capitalismo como se quiere presentar, como un dispositivo económico racional, podemos definirlo como un sistema en que todo acto de subsistencia da lugar a una transacción monetaria. Pero, esta racionalidad económica sólo es una máscara. Desde sus orígenes, el capitalismo estuvo asociado con dos proyectos contradictorios: la subyugación colonial de los pueblos y la democracia liberal. Originariamente, subyugación del sur y liberalismo en el norte, pero cuando los pueblos del Sur se descolonizaron, todos sus líderes menos uno —Gandhi— se dejaron convencer de que el desarrollo económico era el único camino hacia la libertad, la independencia y la democracia; un inmenso error. El poder del pueblo, en ningún país del mundo, jamás se alcanzó por este camino. Lo que logró el liberalismo pretendidamente democrático, es una intoxicación cultural, el desprecio de las costumbres, el desarraigo del suelo propio y la supresión de los saberes de subsistencia que permitían vivir en la dignidad. Lo que logró el capitalismo en el sur como en el norte es dualizar las sociedades entre ricos que se hacen más ricos cada día y pobres que se vuelven más pobres. Y, lo que es peor, destruyó la subsistencia de los pobres volviéndolos míseros. La mayoría de estos pobres, sin medios de subsistencia, son campesinos desposeídos, desterrados, sacados de sus territorios y costumbres, cuyos valores de uso son desvalorizados sin que tengan acceso a valores de cambio de sustituto. “Se puede decir que hoy, la mayoría de la población mundial se compone de campesinos” [2], escribía John Berger hace treinta años. “Pero este hecho oculta otro, mucho más apremiante. Por primera vez en la historia, se ha vuelto posible que esta clase de sobrevivientes no sobreviva”. Su destino se jugará en los próximos años y creo que es el trasfondo de la pretendida crisis de la economía mundial. 
 
Por primera vez en la historia, más de la mitad de los hombres se han vuelto completamente dependientes de un mercado que induce en ellos las necesidades que él necesita para crecer. La otra mitad de los hombres sobrevive como puede en condiciones cada vez más precarias. Según la receta de los economistas, para sacarlos de la pobreza, hay que integrarlos al Mercado, volverlos productivos no de su propia subsistencia, sino de mercancías y de servicios que generen divisas: sorgo en vez de maíz, soya en vez de frijoles, servicios de jardinería en vez del cuidado de una milpa o de un huerto propio. Esa es la receta para hacerlos pasar de la pobreza a la miseria. Es en este contexto que puedo entender la frase del amigo con cuyo sombrero saludo otra vez: “el horizonte de los Zapatistas es el mundo” y “…el sueño de autonomía zapatista en México es una esperanza frente a la descomposición, a la pérdida de legitimidad del aparato político y la corrupción galopante”.
 
Pero tengo que volver a mi punto de partida. ¿Cómo pensar lo que, en el marco del capitalismo es impensable: una relación entre la digna rabia y el territorio que no sea un chauvinismo ni un ensimismamiento nacionalista? He aludido suficientemente a la vertiente autonomía, defensa de lo suyo. Tengo que hablar ahora de su complemento, la apertura al otro, el valor de entrar en encuentros enriquecedores. La primera habilidad que se requiere es la de reconocer los límites territoriales del “nosotros”. Dentro de las comunidades, el “nosotros” es muy intensamente vivido. Ubicarse en la frontera del “nosotros” requiere mucho valor. Un filósofo podría definir esta frontera como “el lugar epistémico de la exterioridad”. La capacidad de ubicarse en esta frontera partiendo de su propia diferencia y de ver más allá inicia el movimiento de la descolonización. Como lo decía Marcos ayer: es un movimiento casi natural de la mentalidad mesoamericana, pero que cuesta mucho trabajo al occidental ensimismado en sus categorías, fronteras, certidumbres.
 
Más allá del territorio propio está el otro y sus saberes y habilidades. Habiendo visto más allá, volver hacia su propia interioridad en el conocimiento del otro y en el respeto de sus saberes. Este retorno a lo suyo, cuando es mutuo, destruye todas las pretensiones hegemónicas y, con ellas, las bases del pensamiento único que es la esencia del capitalismo y del colonialismo. Es el ejemplo que nos dan los Zapatistas con su sueño realista de un mundo en que quepan todos los mundos posibles. No es necesario, pero tampoco hace daño, que un filósofo nos recuerde que lo que tenemos aquí es un proyecto vivo de pluralidad epistémica. En el encuentro fantasiosamente “intergaláctico” de 1996, en un lugar realmente llamado “La Realidad”, el Subcomandante Marcos declaró (leo mis notas manuscritas manchadas por el lodo de La Realidad):  
 
“Somos una de las bolsas de olvido del neoliberalismo. Todo lo que respeta el neoliberalismo, es la capacidad de comercio. Olvida a los que no tienen esta capacidad, es lo que llamo las bolsas de olvido. En estas bolsas, aísla lo que considera como los menos productivos, los indígenas por ejemplo. Busca eliminarlos en la forma más barata posible para adueñarse de sus territorios y explotar el petróleo, el uranio o la electricidad”.
 
A partir de aquí, mis notas se vuelven algo borrosas porque perdí el equilibrio y mi cuaderno cayó al lodo. Tengo que recurrir al discurso indirecto. El Sub constató que las bolsas de olvido se multiplican en el mundo. Que encierran a todos los que no están incluidos en un futuro comercial. Apuntó que estas bolsas contienen a los aguafiestas: las mujeres, los indígenas, los jóvenes, los homosexuales. Todas estas particularidades son discriminadas, excluidas de la fiesta neoliberal. 
 
Pero, desde adentro de estas bolsas, se organiza otra fiesta. De una bolsa a la otra, se buscan similitudes y diferencias. El zapatismo civil, en México y en el mundo, sería esta búsqueda, sin armas y sin pasamontañas.
 
[…] Esta sensibilidad solidaria de las bolsas de olvido, esta resistencia que busca su forma es el síntoma más característico de este fin de siglo.  
 
[...] Hay bolsas de resistencia a la lógica de la pretendida “Bolsa de todos los Valores”, La Bolsa. Hay bolsas a punto de reventar. Las reflexiones que se inician ahí vuelven a plantear la cuestión del poder. No hay que repetir “para cambiar el mundo, hay primero que tomar el poder”. Lo que se necesita es cambiar la naturaleza del poder, de la política. Lo que hay que cambiar son las premisas. […] Hay que arrancar la política a su geometría convencional. Hay que manifestar el deseo de un mundo que no sea tal como lo queremos, sino tal que pueda existir la dignidad para todo el mundo: […] un mundo en el que haya lugar para todos los mundos posibles.
 
En términos del amigo de Andrés y mío que ya cité: “un mundo en el cual haya lugar para los presentes históricamente plausibles”.
 
Esto era hace doce años, en otro siglo. La fiesta del neoliberalismo se ha terminado en la confusión. La Bolsa de todos los valores ha reventado. Más que nunca “hay ahora un tipo de corrupción que llega hasta las almas: una pérdida de la dimensión humana”.
 
También hay una resistencia y, más importante, un proyecto, no proyectos nuevos. 
 
Notas:
 
1. La Dissociété, París: Senil, 2006.
 
2. John Berger, Pig Earth, Writers and Readers Publishing Cooperative: Londres 1979, leido en francés en La Cocadrille, Mercure de France: Paris 1981, Épilogue historique.