Documentación histórica

Pier Luigui Sullo (Italia). Segunda mesa de la tarde. 3 de enero de 2009

Buenas tardes. Agradezco muchísimo al EZLN por esta preciosa ocasión de encuentro y también para la ocasión, para mí los compañeros italianos que están aquí, de ser lejanos unos días del —perdona la palabra— vulgar Berlusconni.

Estoy hablando en español. Lo que es un delito contra esta hermosa lengua. Entonces, quiero pedir perdón, a todos los presentes, y a los padres del castellano, como don Miguel de Cervantes y Don Durito de la Lacandona.

En estos tiempos, el sentimiento predominante en el mundo es e miedo. He venido a este Festival con un sentimiento que es lo opuesto del miedo, o sea, la esperanza. El No, no sólo resiste, sino más bien comienza a proponer, a proponerse. Con estas palabras, el EZLN nos ha invitado a prestar nuestro oído y nuestra palabra. Son justamente estos No que se proponen la posible y hasta única vía de sobrevivencia a lo que nosotros llamamos la perfecta tempestad.

Existen ocasiones, en las cuales dos o más tempestades o huracanes pueden agregarse multiplicando su propia fuerza. La que vivimos es una perfecta tempestad. Actualmente, en el mundo está pasando por algo similar a una tempestad de esta naturaleza. La crisis financiera ha provocado una recesión. Y los dos fenómenos se refuerzan mutuamente.

La crisis climática está golpeando a la naturaleza y, por ende, a la agricultura. Ésta es una de las causas de la crisis alimentaria. Lo que provoca revueltas en África. Pero también empobrecimiento en Europa. La crisis democrática, o sea, la rápida descomposición de la democracia representativa, es provocada a su vez por un sistema económico dictatorial.

Al mismo tiempo, la crisis democrática provoca una profundización de la crisis ecológica, económica y social. Porque las clases políticas obedecen a lo que pasa como desarrollo o progreso. Palabras que han perdido su sentido histórico de emancipación de la pobreza. Y son ahora tan solo agresiones al territorio y a la humanidad.

Todas estas crisis precipitan, finalmente, sobre la sociedad, cuya integridad y capacidad de evitar guerras civiles permanentes queda, literalmente, destrozada. La tempestad perfecta está envistiendo todo el mundo. Italia es un país del Norte. Una de las grandes potencias económicas. Integrante del G-8, el país que, después de los Estados Unidos y de Inglaterra, envía el mayor número de militares en presuntas misiones de paz: en Líbano, Kosovo y Afganistán.

Bueno, nosotros creemos que nuestro país, tan fuerte, se encuentra ahora al borde de la catástrofe. Que no es un evento final, cuyos escombros dejarán el terreno libre para otro tipo de sociedad. Al contrario, esta es una catástrofe lenta que empuja a acostumbrarse, paulatinamente, a la barbarie.

Si consideramos, por ejemplo, el trabajo, en Italia, tenemos una marea de empleos precarios, sin derechos. Que afecta, sobre todo, a los jóvenes y los migrantes. De hecho, toda una generación no puede construirse un futuro y, por ende, no tiene una ciudadanía social. Y varios millones de trabajadores extranjeros, en Italia, quedan excluidos de la ciudadanía formal. No tienen derechos políticos.

Ahora, los sindicatos, en Italia, prevén que, en el 2009, habrá un millón más de desempleados, debido a la recesión. ¿Qué le pasará a los millones de trabajadores migrantes, cuyo permiso de residencia en el país está ligado a un contrato de trabajo, gracias a una ley racista? ¿Se volverán clandestinos? Como se dice en los medios en Italia: clandestinos, se usa esta palabra. Se abrirá, entonces, una gigantesca caza de hombres. Sólo es un ejemplo. ¿En cuál abismo de degradación social estamos cayendo?

Por otro lado, el rumbo que el capital italiano, históricamente tan dependiente del dinero público, ha escogido para resistir a la tempestad ya no es la de buscar nuevos mercados —como pasó en Alemania, con las energías alternativas, por ejemplo—, sino la imposición de grandes obras. O sea, de gigantescas e inútiles obras para la circulación de las mercancías, la producción de energía con fuentes viejas y peligrosas, etcétera. Obras que servirían a la presunta modernización del país.

Por otra parte, hay la ruta de la privatización de los servicios públicos y de los bienes comunes. Son tendencias globales, por supuesto, pero en Italia son especialmente brutales, gracias a la tradición depredadora del capitalismo nacional. Es así, que se quieren imponer a las comunidades locales más autopistas, trenes de alta velocidad, grandes puentes —como el de Mesina—, presas en la laguna de Venecia, bases militares y centrales de energía a carbón o a gas, o nucleares. Y, al mismo tiempo, se cercan las ciudades históricas, para transformarlas en Disney Land.

Se compra y se vende el agua. Se pone en el mercado el conocimiento. Y, mientras tanto, se cortan los presupuestos públicos para las universidades y la educación, en general, para los municipios locales y los servicios sociales, como la salud.

Déjenme insistir en un punto: todo esto se está convirtiendo en un sistema de vida, que fermenta en la catástrofe lenta. Cuya cara es la de una democracia que funciona, formalmente. Que parece ofrecer a los electores opciones alternativas. Y que decide, en la base del interés general, cómo orientar la economía. Pero esto es una ficción. Como una película de Hollywood. En realidad, las alternativas son tan parecidas, que es difícil ver una diferencia. Porque obedecen al mismo dogma: es el dogma del crecimiento económico anti-social y que ha rebasado los límites naturales. Y para el desarrollo, se alzan muros y se incita al odio.

El régimen político en el cual vivimos se puede llamar un fascismo posmoderno o una democracia despótica. En la cual, el espacio público de la política ha sido privatizado. También, por esta razón, en Italia, la izquierda política se va a extinguir. Se podría decir auto-extinguir. El hecho es que la izquierda política habla de una sociedad y de un sistema político que no existe más. Su enlace interno es la identidad con base en una cultura obsoleta. Y que no trae fuerza en el ser parte de la sociedad viva.

Hay poco para ser feliz de la desaparición de la izquierda política. Actualmente, en el Parlamento italiano no hay ni un parlamentario de izquierda. El nuestro, ha sido un país extremo. Es un país extremo. Capaz de dar vida, junto con Mussolini y Berlusconi y la mafia, al más grande Partido Comunista en Occidente. A un sindicato y a asociaciones, a una producción cultural que eran —a su manera y en su tiempo— una verdadera alternativa de civilización. Pero de la gran historia del comunismo italiano no quedan más que añicos.

Y el problema principal de los sobrevivientes de la izquierda política no es lograr ponerse de acuerdo entre el grupo y facciones. Sino más bien en haber invertido el sentido mismo de la palabra izquierda. Conceptos que no son eternos. Al contrario, la izquierda debería dialogar con humildad y curiosidad con la sociedad real. Que, durante más de 30 años de neoliberalismo, se ha hecho pedazos. Y tal vez ha sido reorganizada de un modo incomprensible para la izquierda del siglo pasado.

Se debe comprender cómo esa sociedad pronuncia sus No. Qué cosa propone, cómo se propone. Lo que nosotros vemos es que hay muchos No efectivos, robustos, en Italia. Aunque la ficción de la democracia hace mucho más difícil la conquista de éxitos duraderos, gracias a la falta de intermediación política —como decía ayer el compañero de Buenos Aires—. Al mismo tiempo, los muchos No, las resistencias que existen en la sociedad italiana se convierten pronto en focos de experimentación de otras formas de democracia y de economía.

Los movimientos ciudadanos que dan vida a esos No, no tienen una base de clase —por así decirlo—, más bien comunitaria. Que rechaza la delegación, decide por consenso, y se sostiene sobre la biodiversidad más que sobre la homogeneidad. Estos movimientos escogen formas de lucha tan radicales como útiles para ampliar la comunicación y la participación. Como el referéndum autoorganizado en la ciudad de Vicenza, donde se lucha contra una base militar norteamericana. O la compra de tierra colectiva en el lugar donde se debería construir el megatúnel de 50 kilómetros que amenaza la Valle di Susa, en el norte del país.

Y cuando, hace cuatro años, el gobierno ocupó militarmente la Valle di Susa —militarmente, había millares de policías—, fue una manifestación de 80 mil personas a liberar la tierra y a rodear, literalmente, a la policía. En todos estos casos, las comunidades ocupan, físicamente y políticamente, su territorio. Y actúan como lo que desean ser: democráticos y abiertos. Y es así que la rabia se convierte en digna.

En donde sea, esas luchas nacen. El paso siguiente después de la resistencia, consiste en estudiar, literalmente, el territorio: sus heridas y su historia. Y cómo podría ser salvado —el territorio— de los golpes del desarrollo.

Alguien dice: la conciencia del lugar sustituye la conciencia de clase. Y, por ejemplo, se está produciendo —entre muchas otras cosas— un grande, molecular, movimiento de autoayuda frente a la crisis económica. Grupos y redes, por millares, que organizan la compra y la distribución de comida sana, biológica. Que contamina menos, por ser producida y consumida localmente. Y, además, hay el movimiento del micro-crédito y el de los huertos comunitarios, etcétera. Un embrión de economía social.

Pero sólo estamos en los primeros pasos de un nuevo tipo de civilización, debido a que el neoliberalismo rompió y mezcló las identidades sociales y territoriales. Y nosotros somos, todos, náufragos del desarrollo, como escribe Serge Latouche, el francés teórico del decrecimiento. Decrecimiento es la nueva cultura que ve la locura por la cual la producción y la circulación de mercancías y del consumo deben crecer al infinito.

Todos somos sobrevivientes de un desarrollo que fracasó. Y tratamos de contarnos de otros modos la tradición, haciendo el reciclaje de lo que la modernidad dejó detrás de sí misma. Así, el grande e inesperado movimiento de la escuela pública en Italia, en los últimos meses —muy grande— que fue en las escuelas primarias y también en las universidades, diciendo No a los recortes brutales por parte del gobierno a la educación. Que es la puerta abierta a la privatización de la educación. Ha reivindicado la escuela de base como bien común de las comunidades. A través de grandes coordinadoras, integradas por familias y maestros.

Mientras que los universitarios buscaban una relación con los movimientos territoriales. Y, al mismo tiempo, trataban de reconstruir el conocimiento desde abajo, de forma autónoma y cosmopolita.

Entonces, yo creo que nosotros hoy sabemos cuál es el punto de partida. O sea, la difusión de formas nuevas, pero, al mismo tiempo, muy antiguas de la democracia y de la economía. Sabemos —como dice Raúl Zibechi— que se debe dispersar el poder. Y, como dicen los seguidores del decrecimiento, que tenemos que crear una economía del buen vivir, donde la Pachamama pueda reproducirse.

Sabemos, también, y fue una verdadera revelación después del siglo de las ortodoxias, que tenemos que caminar preguntando. Sabemos que la urgencia es dramática. Sabemos, por fin, que se debe desconfiar del poder. También del que se presenta con una cara amiga. Porque la experiencia de un siglo y medio de revoluciones o elecciones ganadas, que se convirtieron en su opuesto, debería inducirnos —por lo menos— a la prudencia. Sabemos todo esto y no es poco.

Pero me pregunto: ¿cuál es el paso siguiente? ¿Cómo hacer que los No que proponen y se proponen puedan comunicarse establemente entre ellos? Reforzarse mutuamente, aunque sean tan diferentes. Hablar a la humanidad con un lenguaje eficaz. Espero que de este encuentro venga una palabra en esta dirección. A sabiendas que no se trata más de establecer alianzas entre organizaciones verticales y Estados mayores. Sino más bien de intensificar la comunicación entre grupos sociales y comunidades, cuya razón de existencia es el hacer democrático para el bien común.

Pero también, considero, que hay otra convicción que podemos cultivar. Luego de 15 años de resistencia y de creación de su autonomía por las comunidades zapatistas. Luego de haber visto en Italia las luchas extraordinarias en el Valle di Susa, para oponerse al vandálico túnel ferroviario y en la ciudad de Vicenza, para detener la construcción de la nueva base militar gringa. Y además la lucha de los ciudadanos de Nápoles, que enviaron aquí una carta. Entonces, podemos, quizás, decirnos que la temporada de las derrotas —que ya dura desde más de 30 años— puede acabarse.

¿Por qué? Como dicen los de La Otra Campaña de Nueva York, adaptando una vieja consigna de izquierda: Una comunidad unida jamás será vencida. Muchas gracias.