Documentación histórica

Ángel Luis Lara (Estado Español). Primera mesa de latard: La Otra Comunicación, la Otra Cultura. 3 de enero de 2009

Buenas tardes. Quisiera, lo primero, como otros compañeros, agradecer al Ejército Zapatista de Liberación Nacional la invitación y, con ello, la posibilidad que me han dado de compartir con vosotros y vosotras este encuentro.

También quisiera darle las gracias a todos los compañeros y compañeras que están por todas partes, por ahí afuera haciendo posible que este Festival siga adelante, yo creo que se merecen un aplauso muy fuerte.

También quisiera darle las gracias al Cideci, porque gracias a este Festival de la Digna Rabia y a su capacidad para albergarlo, estamos conociendo este maravilloso espacio.

Siempre que a alguien se le ocurre la majadera idea de invitarme a hablar a algún encuentro de este tipo, tengo el mismo problema. Y es que, cuando yo hablo, soy tremendamente aburrido y muy pesado. Si encima ya me colocan con esta banda de artistas, pues ya estoy jodido. Claro, porque uno ya no sabe ni qué hacer. Con razón mi madre siempre me decía que no me juntara con artistas, porque son lo peor que hay.

El caso es que, pensando cómo podría yo ser lo menos aburrido posible, se me ocurrió que quizá lo mejor era ponerme a contar historias. Proponeros algunas historias para sembrar preguntas en torno a eso que se llama o que llamamos cultura. El problema es que las historias que traigo son pequeñas historias que quizá resulten algo extrañas, que seguramente os van a parecer un poco locas. Aún así y puestos a elegir entre resultar aburrido y pesado —como siempre me pasa—, o pasar por loco, me quedé con las historias y el riesgo de pareceos un loco de remate, aunque sólo sea porque dicen que los niños, los borrachos y los locos siempre dicen la verdad.

Así que os voy a contar varias historias que bailan y se enredan con tres de los mundos en los que se crea y se recrea eso que, normalmente, se llama cultura. O, mejor dicho, culturas: el juego, la fiesta y el campo de lo artístico. Un viaje por tres mundos interrelacionados que os propongo que lo emprendamos con una premisa en el bolsillo. La premisa es que hay otros mundos y están ya en éste. O sea, que no hay un afuera, que esa otra cultura que hoy nos ha juntado en esta conversación ya está en marcha, ya está sucediendo. Existe hoy, respira, camina y constituye nuestras formas de vida. Desequilibra el dominio y atraviesa y afecta las relaciones sociales abriendo agujeros en la realidad, por los que nos colamos y creamos mundos cada día, continuamente.

O sea, que lejos de resultar una utopía, esa otra cultura no sólo es una realidad, sino que es el alimento de la enorme máquina que hoy constituye eso que se llama la industria cultural y, al mismo tiempo y paradójicamente, es también su crisis.

Hoy todo el mundo habla de crisis, pero el carácter sistémico y estructural de la misma no remite sólo a una cuestión económica —como no se cansan de decirnos—, se trata de una verdadera crisis general de sentido del capitalismo, inducida y provocada precisamente por nuestras formas de vida, por nuestra creatividad, por las permanentes insubordinaciones de los de abajo, a veces invisibles, que están creando otros mundos y otras culturas en el aquí y en el ahora.

La idea es que las historias que os voy a proponer puedan funcionar como pequeñas fotografías en movimiento que nos ayuden a entender esta premisa: que la creatividad de los de abajo agujerea sin parar la cultura dominante, haciéndole preguntas y desequilibrándola todos los días.

La primera historia tiene que ver con el juego y nos puede ayudar a entender precisamente de qué va y en qué consiste la famosa crisis actual de la que tanto se habla en estos días. Es una historia que comienza en 1997, cuando Wayne Gould, un juez jubilado del Hong Kong, viaja hasta Japón y queda fascinado por una especie de rompecabezas que descubre en la ciudad de Tokio. El caso es que el bueno de Gould se pasó los siguientes seis años trabajando en el desarrollo de un programa de ordenador para producir ese tipo de rompecabezas en serie y lo más rápidamente posible.

Cuando lo logró, sabiendo que los periódicos ingleses tienen una larga tradición en la publicación de crucigramas y rompecabezas, lo envió al periódico The Times que lo publicó por primera vez con el nombre de Sudoku, el 12 de noviembre del 2004. Desde ahí, el crecimiento de ese rompecabezas, un rompecabezas numérico ha sido espectacular. En 2005, el Sudoku fue considerado el juego pasatiempo con un crecimiento más rápido en el mundo.

No sé si todos, si todas, sabéis qué es el Sudoku, ¿sí, más o menos? Es un cuadrado, lleno de otros cuadrados dentro con unos números en los que tú tienes que ordenar el espacio combinando esos números con unas determinadas leyes que tiene el juego. ¿Sí, más o menos?

El significado de la palabra Sudoku que viene del japonés es números solos, o sea, números y soledad, cálculo y soledad. El Sudoku no es solamente el juego pasatiempo más practicado en nuestros días, funciona además como metáfora del proyecto cultural del neoliberalismo y también de la profunda crisis actual por la que atraviesa el capitalismo.

Antes, el pasatiempo más practicado era el crucigrama, todo el mundo hacia crucigramas, un juego de entretenimiento con palabras. La hegemonía actual del Sudoku, un juego de entretenimiento con números, nos habla de una sociedad atrapada en el cálculo. El paso del crucigrama al sudoku como forma dominante de pasatiempo apunta a la sustitución de una suspensión lúdica a través de las palabras a una suspensión lúdica a través de los números.

Y creedme que no se trata de algo insignificante: en las grandes ciudades, en las que he tenido la oportunidad de vivir en los últimos años, cuando uno viaja en el metro hoy se queda sorprendido porque, sobre todo cuando la gente va a trabajar que va embelesada y dormida todos los vagones del metro prácticamente están repletos de gente que no hace otra cosa que hacer sudokus, que estar con los números. Pero es que además, cuando venía en avión desde DF hasta Tuxtla Gutiérrez el otro día, en un momento determinado me levanté de mi asiento y me di cuenta que prácticamente todos los pasajeros que viajaban en ese avión iban haciendo sudokus, como locos, como si fuera una droga, como si estuvieran poseídos.

Y diréis: pues sí, efectivamente este tío está loco, o sea qué leches tiene que ver esto del sudoku con la otra cultura y con este encuentro de la Digna Rabia. Bueno, yo creo que tiene que ver mucho porque la hegemonía del sudoku como forma de pasatiempo, como forma de juego, de entretenimiento, es en realidad la metáfora del proyecto cultural del neoliberalismo: atribuirse las palabras, robarnos las historias, reservarse para él los cuentos y enredarnos en las cuentas.

El neoliberalismo ha tratado en las últimas décadas de encerrarnos en una vida de cuentas, cuyo elemento fundamental han sido el crédito y la deuda. Una deuda infinita que no es únicamente un dispositivo económico, sino sobre todo una técnica de control destinada a reducir la incertidumbre de los gobernantes ante los tiempos, y los comportamientos de los gobernados. Enredándonos en esa cultura de deudas, atenazándonos con las permanentes cuentas, el neoliberalismo ha sido una máquina de guerra que ha transformado los derechos sociales en créditos a través de la financiarización de la vida entera.

Eso es precisamente lo que, hoy, se les está derrumbando. Eso es lo que se les está cayendo a los poderosos. Y por eso, precisamente, la actual crisis es en realidad una crisis de gobierno que desborda lo meramente económico. Porque el dominio sudoku del mundo no funciona, porque la cultura sudoku, la forma de vida sudoku se derrumba, porque el control sudoku, que ha pretendido acabar con el conflicto social encerrando nuestros horizontes en las celdas del crédito y la deuda permanente, se ha encontrado con un número infinito que se ha salido de su cuadrado y le ha invalidado sus reglas del juego.

Ese número es la digna rabia, la rebeldía cotidiana de los de abajo. Somos nosotros esa crisis de la que tanto hablan. El infinito de creatividad y de rebeldía que no sólo no ha dejado de rebelarse sino que además se ha aferrado a la palabra y ha escrito las historia de esa rebeldía.

Y a mí me da que parte importante de esa fuerza colectiva de narración paciente y persistente, a veces invisible, otras veces subterránea, esa fuerza que le ha hecho un agujero al neoliberalismo con sus prácticas y con sus palabras, una fuerza fundamental, ha sido el zapatismo.

Hace 15 años, nos sacudieron a todos y todas con su levantamiento, sacudieron la política, contaron otra historia y nos enseñaron el papel vital de las historias. Si os paráis a pensar, seguramente veréis que lo primero que os llamó la atención de ellos y de ellas es que vestían con cuentos la radicalidad de su resistencia y su determinación. Que dejaban en fuera de juego al lenguaje tradicional de la política, y le apostaban a las narraciones para contarnos cómo era su lucha y cómo veían el mundo. Por eso nos enamoraron entonces y hoy no dejan de enamorarnos, porque las historias, cuando son buenas, no nos entran por el cerebro, sino que nos tocan la tripa y nos agitan el sistema nervioso. Como el amor, igual que el amor mismo.

Si ese tal Fukuyama decretó absurdamente el final de la historia hace años, los zapatistas y las zapatistas han ayudado de manera determinante a convertirlo en un mal chiste. Declarando el carácter interminable y potente de las historias.

Y fijaros que la propuesta de regeneración del capitalismo, que hoy nos están poniendo sobre la mesa los de arriba y que hoy están haciendo en el arriba de la política, con ese político nuevo que se llama Barak Hussein Obama, lo que en realidad está proponiendo es una perversión de esta capacidad narrativa de los de abajo y de sus movimientos. De nuevo, quitarnos las historias. Si os fijáis, veréis que gran parte de la campaña electoral de Obama ha consistido en una vampirización de los lenguajes, de los imaginarios y hasta de las formas de organización de los movimientos. Un nuevo paradigma de la política por arriba con el que nos vamos a tener que enfrentar y que trata de arrebatarnos nuestras historias y las vuelve del revés, que es profundamente perverso.

Pero en realidad, esta nueva política que nos venden los de arriba como lo último de lo último y lo más, más, en realidad, no es tan nueva y tampoco tiene en Obama a su fundador. En realidad, nació con un mago y hace ya unos cuantos años, exactamente nació a la par que el neoliberalismo. Ese mago se llama David Coperfield. No sé si sabéis quién es David Coperfield todos y todas, más o menos ¿no?

Coperfield revolucionó la cultura de la magia, fue el primer mago que combinó ilusiones espectaculares con narración. Y ése es, precisamente, el ingrediente fundamental de la nueva política que nos viene por arriba en el nuevo tiempo que se abre. Ilusionismo más narración. Un proyecto imposible y que no puede funcionar, un proyecto fallido. Porque fijaros que el último capítulo de la historia del mago David Coperfield se escribió en la ciudad de las Vegas, el pasado 17 de diciembre, cuando por primera vez en la historia del mago —que había atravesado la muralla china o había hecho desaparecer la estatua de La Libertad—, un truco no le funcionó y uno de sus ayudantes estuvo a punto de morir delante del público.

Porque no hay magia que salve al capitalismo con el propio capitalismo. Porque las historias son nuestras, de los jodidos. Y hoy más que nunca, tenemos que dar vida a nuestra cultura, a esa otra cultura, que en realidad es la cultura misma repropiándonos de las historias, de nuestra creatividad narrativa.

La segunda historia que os voy a contar habla precisamente de eso, de cómo los de abajo nos reapropiamos de las historias y de la cultura. Si la anterior historia hablaba del juego, esta historia habla de la fiesta. Es una historia que nos lleva hasta Luanda, la capital de Angola. Una ciudad formada, en un 90 por ciento, por barrios muy pobres, muy golpeados por el neoliberalismo y por un pasado reciente de guerra, unos barrios que se llaman museques. En uno de esos museques, hace poco tiempo, un grupo de jóvenes estaba viendo una película del actor Jean-Claude Van Dame, en la que el tipo, completamente borracho, se ponía a bailar de manera ridícula e hilarante.

No sé si sabéis quién es Jean-Claude Van Dame, todo el mundo, ¿más o menos? Es decir, que yo no era ningún aficionado a las películas de Van Dame, pero que en algún viaje al territorio rebelde zapatista los compas me hicieron medio aficionado, así que se los tengo que agradecer o no, no sé, nunca se sabe.

El caso es que esos chicos de Luanda, de los barrios pobres de Luanda, muertos de risa viendo a ese pésimo actor haciendo fatal el borracho y bailando fatal, comenzaron a jugar con ese baile y a partir de ahí crearon un ritmo y una cadencia que hoy se conoce como Kuduro. Kuduro, es una abreviación en portugués, significa culo duro porque el baile que crearon consiste en apretar mucho el culo y agitarse rítmicamente. Digo yo que un poco como la digna rabia.

Mezclando la tradición musical del carnaval de su tierra con el hip hop y el techno, crearon un ritmo endiablado y potente que hoy es una de las herramientas culturales más importantes de la resistencia de los más jóvenes en los barrios y pueblos jodidos de Angola. Distribuyendo a través de los conductores de autobús de la ciudad las grabaciones que hacían en sus propias casas, el kuduro se extendió como una mancha de aceite y creció como la espuma, hasta convertirse hoy en día en un movimiento cultural tremendamente masivo.

El kuduro está cargado de radicalidad y de historias. En las letras de sus canciones, los más jóvenes de entre los más pobres cuentan sus historias y comunican su resistencia. A ritmo de kuduro, se defienden hoy los barrios de Luanda y los de abajo conquistan su derecho al baile y a la alegría. La alegría de una rabia digna e inteligente, de una rabia creativa. Fijaros que todo empezó con una película de Jean Claude Van Dame y, de ahí, nació un movimiento cultural muy otro. Otra cultura que se ha desarrollado de manera autónoma, fuera de la industria de la música. De manera independiente, fuera de los grandes sellos discográficos y de las radios comerciales.

Porque, a pesar de lo que piense gran parte de la izquierda, los de abajo somos inteligentes, creativos, estamos vivos. Porque pese a lo que se empeñen en decirnos muchos intelectuales aburridos —incluso más aburridos que yo, que ya es decir—, no somos tontos. Somos capaces de resignificar las cosas, de atravesar la cultura dominante, de darle la vuelta. De reinventar su valor de uso, pese a que los poderosos traten permanentemente de convertirla en un espectáculo vacío, en marketing, en negocio.

Porque la otra cultura, de los más jodidos, es un movimiento real que interviene en el estado de cosas presente y que, como toda revolución, se hace con lo que uno tiene a mano. Porque no somos un público disciplinado, pasivo y mudo, porque por abajo se reutiliza, se reinventa, se reconstruye y se subvierte. Como los chavales de los barrios jodidos de Luanda y su kuduro.

Como los migrantes latinoamericanos de la ciudad de Nueva York, que usan los códigos y las lógicas de las telenovelas en su lucha cotidiana por la defensa de sus derechos. Esto es una cosa alucinante y apasionante. Tengo la suerte o la desgracia, desde hace tiempo, de vivir en la ciudad de Nueva York. Y de asistir, para aprender y escuchar a muchos de los colectivos y asambleas de trabajadores y personas migrantes ilegales en la ciudad de Nueva York. También tengo la, no sé si la suerte o la fortuna, de ganarme la vida actualmente escribiendo telenovelas.

Y lo que es sorprendente es cómo esos movimientos que, bajo mi punto de vista, encarnan una de las mayores potencias que hay en ese país tan extraño y tan grande que es Estados Unidos, cómo esos movimientos de migrantes usan permanentemente los códigos, las lógicas, las claves de las telenovelas para construirse sus mapas del conflicto, para establecer sus relaciones con los amigos y con los enemigos.

En definitiva, cuando hablamos de esta otra cultura, hablamos de un devenir kuduro, rebelde, inteligente. El aquí y el ahora de otra cultura que no pide permiso para existir, para crear nuevos mundos con lo común, con lo que tiene más a mano, que no espera a la toma de ningún Palacio de Invierno o a un futuro perfecto por venir. Una otra cultura que no pide a nadie que le dé nada, sino que lo inventa, que lo toma. Una otra cultura que regatea a lo privado y a lo público, o sea, a lo privado en manos del Estado y de los funcionarios de la cultura con mayúsculas para construir y aferrarse a lo común, hecho de nuestras pequeñas y minúsculas historias con las que se escribe una creación muy otra.

El año pasado, después de 14 semanas de huelga ininterrumpida, los guionistas de cine y televisión de los Estados Unidos le ganaron a las grandes cadenas y a los grandes estudios de cine un duro conflicto, en el que estaba en juego no solamente la conquista de renta y de salario, sino también, parte del cómo, de la redefinición de la industria audiovisual misma y de los derechos de los trabajadores culturales que fabrican sus contenidos.

La relevancia de esta huelga en el corazón de la industria cultural más poderosa del planeta no sólo reside en la victoria que obtuvieron estos trabajadores, sino en el hecho mismo de que salieron de la invisibilidad y aparecieron ante nuestros ojos como lo que son, es decir, como trabajadores.

Unos trabajadores que expresan de manera paradigmática el hoy de las condiciones y de la naturaleza del mundo laboral precarizado en su conjunto. Hecho de salidas y entradas constantes del mercado de trabajo, de flexibilidad, de nuevas formas de remuneración que desbordan el salario, de individualización de la relación laboral, de un tiempo de trabajo cada vez más difícil de distinguir del tiempo de la vida misma. Unos trabajadores que no se conformaron con cortocircuitar la industria del cine y la televisión en su país durante tres meses, que tampoco se conformaron con provocarles miles de millones de dólares en pérdidas a los grandes magnates del negocio y que tampoco se conformaron con ganar la huelga.

El pasado mes de septiembre fueron más allá, crearon su propia cadena de televisión y la llamaron Strike Tv, Huelga Televisión o Televisión Huelga, su espacio de creación independiente al que llaman, irónicamente, Hollywood desenchufado. El anuncio lo habían hecho el día 4 de julio, día de la independencia en Estados Unidos, con una declaración que decía: “Hoy, celebramos la independencia de una manera nueva. La definición de la palabra independencia que da la Wikipedia es: ‘el autogobierno de una nación, país o Estado, por sus residentes y su población’. Nacida como una pequeña idea en el seno de una verdadera comunidad de creadores, Strike Tv es, de alguna manera, una nación independiente y autogobernada.

Yo creo que no hay devenir Kuduro, cultura rebelde, otra cultura, sin independencia. Lo duro de la lucha de los guionistas norteamericanos y de su huelga de 14 semanas nos dice que tampoco hay otra cultura posible sin digna rabia.

Creo que las historias que he compartido con vosotros y con vosotras no sólo nos cuentan historias, nos hablan en realidad de autonomía, de conquista de libertad, de independencia, de crear mundos, de la potencia de la que somos capaces, de la fuerza que tenemos cuando los de abajo conspiramos, o sea, respiramos juntos. Son historias que nos regalan las fotografías en movimiento de otras culturas, de una creatividad colectiva que agujerea la cultura sudoku, que abre líneas de fuga todos los días, por todo el planeta, el movimiento de una cultura definitivamente muy otra.

El capitalismo nació con un enorme cercamiento de tierras, con un inmenso robo y despojo que fabricó al proletariado hace ya muchos años. Desde entonces, el capital no ha cesado de atacar los bienes comunes. Hoy, la ofensiva se ha extendido de manera violentísima a los saberes, al conocimiento, a la cultura, a nuestras formas de vida. Nuevos cercamientos, gemelos de aquellos que nacieron arrebatándonos la tierra.

La palabra cultura también nació ya hace muchísimos años y nació dentro de otra palabra. La cultura nació dentro de la palabra agricultura. Creo que hoy más que nunca debemos convertirnos en campesinos y campesinas de lo común.

Muchas gracias.