Documentación histórica

Adolfo Gilly (Argentina-México). Mesa de la mañana. 3 de enero de 2009

 

(Ponencia entregada por escrito)

Las insurrecciones intermitentes 

1.

La revolución que no quiere cesar en Bolivia es un proceso más profundo que la mera política y va más allá de las élites y la economía. Es un cuestionamiento de los sustentos mismos de la dominación histórica de esas élites, viejas y nuevas. Viene de muy abajo, lo mueve una furia antigua y no lo van a detener las masacres de las bandas fascistas ni los frágiles acuerdos del gobierno central con los prefectos racistas de la región de la Media Luna. 

La masacre de septiembre de 2008 en Pando, con más de veinte campesinos asesinados a sangre fría por los sicarios de la minoría blanca; las espeluznantes escenas de humillación pública, dolor y castigo de los indígenas en la plaza pública de Sucre y en las calles de Santa Cruz de la Sierra a manos de bandas de jóvenes fascistas; los muros con grandes letreros que gritan “¡Collas, raza maldita!”; dijeron claro a toda Bolivia que esa minoría oligárquica sabe bien lo que se juega: su poder no es negociable, sus tierras no se tocan, su derecho de mando despótico reside en el color de la piel, no en el voto ciudadano.  

Esa minoría no está dispuesta a “ampliar” en sentido alguno tal derecho despótico, apoyada además en sectores blancos pobres cuya única “propiedad” es ese color de piel que los separa de los indios. Mucho menos dispuesta está a redistribuir propiedad o riqueza. Este es el nudo de la disputa en torno a la Constitución estatal boliviana.   

2.  

La derecha boliviana, las viejas y no tan viejas élites, los dueños y señores de las tierras y las vidas, fueron derrotados por la extensa revuelta indígena y popular que se inició con la guerra del agua en el año 2000, culminó con la rebelión de El Alto en octubre de 2003, volvió a tomar La Paz en junio de 2005, tumbó dos presidentes en su trayecto y concluyó con el acceso de Evo Morales a la presidencia en enero de 2006. La nueva Constitución, aún sujeta a referéndum, y otras medidas importantes han sido pasos para consolidar al nuevo gobierno en el terreno jurídico, político y económico.  

Este curso fue aprobado una vez más por una enorme mayoría del pueblo boliviano en el referéndum del 10 de agosto de 2008: 67 por ciento de los votos —es decir, más de dos tercios—, con puntas superiores al 85 por ciento en las comunidades del Altiplano. La minoría blanca dominante en la región oriental con centro en Santa Cruz de la Sierra está sublevada y con saña y ferocidad desafía esos resultados electorales nacionales y amenaza secesión.  

Esa minoría sabe bien que no se trata de meras “ampliaciones democráticas” de la legislación sino de una revolución que cuestiona su poder y sus privilegios, el entramado hereditario de su mando despótico. Pues una revolución es uno de aquellos momentos culminantes en que el movimiento insurgente del pueblo toca las bases mismas de la dominación, trata de destruirla y alcanza a fracturar la línea divisoria por donde esa dominación pasa en la sociedad dada.

No se trata de la línea que separa a gobernantes y gobernados, cuestión política, sino de aquella que separa a dominantes y subalternos. El clásico nombre de revolución social se refiere a la subversión de esa dominación social y no solamente política o económica.

Esa línea divisoria es nítida y profunda en Bolivia. No es tan sólo una dominación de clase, que sí existe. Es sobre todo una dominación racial conformada desde la Colonia y confirmada en la República oligárquica desde 1825 en adelante.

En esa dominación, ser ciudadano de pleno derecho significa ser blanco o mestizo asimilado. Para llegar a ser ciudadano, un indio tiene que dejar de ser indio y reconocerse y ser reconocido como blanco; romper con su comunidad histórica concreta, la de los aymaras, los quechuas, los guaraníes u otra de las muchas naciones indígenas bolivianas; y entrar como subordinado recién llegado a la comunidad abstracta de los ciudadanos de la República.

No se espera que la República cambie y sea como es su pueblo. Se exige que ese pueblo cambie en sus hombres y sus mujeres, renuncie a su ser y su historia y sea como es la República de los blancos, los ricos, los letrados, los hispano-hablantes —donde, por lo demás, el imborrable color de su piel condenaría siempre a esas mujeres y hombres a una ciudadanía de segunda—. Tal es la índole de esta dominación.  

3. 

La fuerza y la coherencia de la revolución en Bolivia se nutren de una antigua civilización, negada hasta ahora en las leyes pero persistente en los idiomas, las costumbres, las creencias, las solidaridades y las comunidades, tanto rurales como urbanas. El escándalo jurídico de la nueva Constitución Política de Bolivia es que niega tal negación y explícitamente reconoce la existencia y los derechos de esa civilización y sus culturas.

En las montañas y los valles del Alto Perú los dominados de piel oscura no fueron traídos de otras tierras. Estaban ahí antes, eran y siguen siendo la civilización andina originaria. El cineasta Jorge Sanginés en una película inolvidable la llamó “La nación clandestina”. En México, Guillermo Bonfil usó la expresión “México profundo: una civilización negada”. Siguiendo sus pasos, la nombré “una civilización subalterna” en mi libro Historia a contrapelo.

Clandestina, negada o subalterna, su entramado hereditario [1] social y cultural, presente como costumbre en la vida cotidiana, aparece con violencia a la hora de organizar las revueltas y las rebeliones de sus herederos y portadores, porque son ellas de raíz tan profunda como honda y persistente es la dominación de matriz racial.

Los dominados y subalternos, llegados el día y la hora, se sublevan para conquistar los derechos que esa República racial les niega o les recorta: la dignidad y el respeto, los espacios de libertad y de organización, los recursos naturales de su tierra, la educación, la salud, todo cuanto constituiría el entramado social de una República de iguales.

El antiguo lema republicano “Libertad – Igualdad – Fraternidad” tiene en tales rebeliones su doble: “Tierra – Justicia – Solidaridad”. Pues no hay en esas latitudes libertad sin reparto agrario, igualdad sin justicia para todos, ni fraternidad sin solidaridad interior de las múltiples comunidades y de la comunidad entera de esa nación de naciones que es Bolivia. No se trata sólo de un nuevo orden político y económico. Se trata de lo que en el contexto boliviano constituiría un nuevo orden social. De ahí la violencia bestial de las reacciones de los grupos privilegiados minoritarios y sus sicarios, como en Pando, en Santa Cruz, en Chuquisaca.  

Toda Bolivia, y en especial la Bolivia indígena y popular que ganó abrumadoramente el referéndum de agosto de 2008, ha visto por televisión y escuchado por radio esa violencia de humillación y muerte ejercida sobre sus hermanas y hermanos. Esas imágenes les han vuelto a mostrar, mejor que todos los discursos, lo que ya han conocido y vivido en carne propia y en la de sus padres y abuelos. Han podido ver en vivo y en colores la amenaza de regreso del pasado.

No lo permitirán. Tienen suficientes experiencia y organización para saber cómo responder a la violencia con la violencia si sus gobernantes, de quienes esperan pero a quienes también exigen, no paran y castigan a los criminales, única salida sensata y efectiva que podría derivar de las negociaciones en la presente relación entre las fuerzas enfrentadas.  

En Bolivia las organizaciones indígenas y populares del oriente, del altiplano y de los valles están en movilización, y algunas literalmente en pie de guerra. En este terreno, el de una revolución cuyos hacedores y protagonistas no están dispuestos a dejársela arrebatar ni a negociarla, cualesquiera sean el costo y la violencia que los terratenientes y los racistas impongan, están los enfrentamientos en Bolivia. Tal vez la salida no sea inmediata. Pero, como en octubre de 2003, si aquéllos no ceden el desenlace por ellos buscado se resolverá en las calles y en los campos, como volvió a mostrarlo en octubre de 2008 el cerco de pueblo en pie de guerra sobre la ciudad de Santa Cruz.  

4. 

No son nuevas las rebeliones populares indígenas en Bolivia, no sólo para cambiar sus condiciones de existencia bajo la dominación colonial y racial, sino también para subvertirla. Sergio Serulnikov, entre otros, ha indagado sobre las insurrecciones indias (Túpac Amaru, Tomás Katari, Túpac Katari) que en el mundo colonial andino en el siglo XVIII buscaron imponer gobiernos propios. Dice su estudio que tal tipo de gobierno indígena significaba “poner en acción prácticas políticas que minaron el principio fundante del colonialismo: la noción de que existía un definido vínculo entre poder y cultura, que el dominio se basaba en la inherente superioridad de la civilización europea” [2]. Ahí residía, ayer como hoy, la radicalidad de esta subversión.

La insurrección de Tomás Katari en Chayanta hacia finales del siglo XVIII estableció un efímero pero real gobierno indio a escala de una región, aún enmarcado simbólicamente en el poder de la Corona española. Pero lo que así ponía en cuestión, escribe Serulnikov, “era el edificio entero de la hegemonía colonial: el uso de la diferencia cultural como significante de inferioridad racial y el empleo de la noción de inferioridad racial para reivindicar el derecho de dominación política. Fue sólo cuando esa amenaza se desvaneció, y únicamente a costa de domesticar su contenido subversivo original, que los gobernantes republicanos se aventurarían a incorporar a los grandes movimientos campesinos en su propia narrativa histórica”.

Es cuando llega el momento de la estatua al indio como parte de la historia de la nación moderna, en cuya narrativa la historia india es presentada como precursora de la independencia nacional y como antecedente de la república blanca y mestiza. Queda subsumida en ésta, pero negada, cortada e interrumpida como historia propia. En 1980 anotaba Guillermo Bonfil Batalla: “Las tesis evolucionistas del siglo XIX fueron un recurso estupendo para justificar esta nueva exclusión: los pueblos indios resultaban rezagados en el proceso histórico y requerían la redención del progreso, ya que no la de la fe cristiana”[3]. 

Ese progreso redentor es presentado entonces como un proceso civilizatorio infinito cuya llegada a término es imposible dada la inferioridad natural de los indios, postulada desde los tiempos de la controversia entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas en el Valladolid de 1550. Es este postulado esencial de la dominación colonial lo que las insurrecciones indias, con su peculiar intermitencia, fueron poniendo en cuestión en los hechos y no sólo en las doctas polémicas.

En las insurrecciones andinas, dice Serulnikov, “lo que los criollos aprenderían rápido, y sus descendientes en el siglo XIX no olvidarían, es que la movilización autónoma del campesinado andino y el encumbramiento de uno de sus líderes como autoridad suprema eran incompatibles con la perpetuación de los mecanismos de subordinación colonial cualquiera sea el régimen político formal que los enmarcara”[4].

Aun cuando esos insurrectos buscaron legitimar su movimiento declarando lealtad a la Corona española, acudieron a los tribunales coloniales por sus derechos o intentaron alianzas con segmentos de las elites criollas, “al desafiar de facto su lugar subordinado en el orden natural de las cosas —concluye Serulnikov—, la movilización indígena destruyó todo terreno común entre colonizadores y colonizados. Una vez más, el problema analítico es desplazar el eje de los programas y las ideas al campo de las relaciones de poder en donde las ideas cobran su significado real”[5].

5. 

Cada rebelión se nutre de formas y culturas de organización cuyos orígenes y raíces están en la experiencia acumulada y trasmitida. Cada una, a su modo específico, las vuelve a encarnar trasfiguradas y modificadas por el tiempo.

Esas culturas y formas vienen de más lejos que los partidos y la política del tiempo presente. Cuando éstos en verdad llegan a hacerse instrumentos de los subalternos es porque han sabido mirar y recibir aquella experiencia heredada y asimilarla a ese presente para dar nutrición y realidad a sus programas y a sus propias formas organizativas. Sólo así pueden pasar la prueba de la realidad y no sólo la de la teoría. En verdad, un programa sólo llega a ser real si a través de esas formas y culturas logra encarnar y expresarse en su tiempo propio.

Esas culturas de organización provienen del entramado hereditario del pueblo trabajador. Son diferentes por historias, lugares y países, y son semejantes —aún en los mundos de las industrias modernas— por sus contenidos comunitarios y solidarios. Son un conocimiento organizativo y una educación de los sentimientos formados y pulidos generación tras generación en los mundos de la vida urbanos y rurales en donde el trabajo vive, piensa, siente y hace. 

6.  

La dominación no es nunca una losa superpuesta sobre una materia inerte. Es siempre una trama que se teje en el tiempo y se extiende en el espacio. La elite dominante se asume como la tejedora de la vida y de la historia y considera a la otra parte, los subalternos, como si apenas fueran la materia desprovista de entendimiento con la cual se elabora el tejido. La dominación colonial además tiene su propia regla: el derecho a mandar por presupuesta superioridad racial por nacimiento o por origen.

Entonces, cuando los del revés de la trama, los subalternos, irrumpen en primer plano, las teleológicas historias colonial o nacional suponen que se trata de una anomalía en el tejido, un nudo o una falla por la tosquedad del material trabajado —los subalternos— o un desperfecto momentáneo en la maquinaria de la dominación.

Una mano tosca pero dócil es lo que creyó encontrar el poder colonial en la población indígena de las regiones andinas. Lo que encontró fueron manos que piensan, modos inteligentes de obediencia al mando impuesto sin los cuales no hay trabajo humano posible, subordinaciones forzadas pero con vida, historia y pensamiento propios, manos e inteligencias cuyo sustrato es una civilización originaria con su historia y sus culturas muy anteriores a la dominación colonial y a su entramado [6]. 

Los hilos de la historia indígena tienen su trayectoria en el tejido, contribuyen a sostener la trama entera, asoman a lo largo del tiempo con sus propios dibujos y colores. No están separados de los de la historia colonial y nacional. Pero son otros, más antiguos, tal vez hoy menos visibles, originarios y originales, los hilos de una historia marcada y cruzada por las otras e inseparable de ellas, pero tan pertinaz como las lenguas, las costumbres, los alimentos terrenales y celestiales. 

7. 

La historia universal no es una ni tiene un cauce único en expansión [7]. Está hecha de múltiples historias que, miradas en el tiempo largo de los milenios, confluyen, se entrelazan y se entretejen en los andares de la especie humana por los lugares y los tiempos[8].

Miguel León-Portilla nos habla de múltiples pero no muchas civilizaciones originarias. “El concepto de civilización en su acepción antropológica —nos dice— no se contrapone a cultura, sino que es una forma más desarrollada de ella. En una civilización hay vida urbana, es decir, ciudades y formas más complejas de organización social, política, económica y religiosa, especialización en el trabajo y creaciones tales como precisos cómputos del tiempo, escritura, centros educativos y producción de lo que hoy llamamos arte. Ahora bien, en los procesos civilizatorios que ha desarrollado la humanidad hay algunos que deben reconocerse como originarios, es decir, que en su origen se han producido autónomamente. Todas las otras civilizaciones, por muy desarrolladas que hayan llegado a ser, deben ser consideradas como derivadas o encaminadas por distintos núcleos civilizatorios. En la historia universal son pocos los casos de civilizaciones originarias.” León-Portilla identifica como tales a seis: Egipto (río Nilo); Mesopotamia (ríos Tigris y Éufrates); India (río Indo); China (río Amarillo); Andes y Mesoamérica.

Como en todos los mundos y territorios donde se formó una civilización originaria, historia y vida indígenas de Bolivia tienen sostén y sustento en esa civilización preexistente y persistente, tal vez callada pero no suprimida. De ella se impregnan las formas específicas de las varias modernidades. Ella asoma en los gestos de la vida cotidiana o en la forma peculiar de las fiestas, los amores, los duelos, las protestas o las rebeliones.

Después, parece esconderse o ir a disimularse al fondo de la escena. Pero no. Ahí permanece, afirmada en el duro deseo de durar. Hasta la próxima vez en que esa permanencia se vuelva impermanencia [9] y en el espíritu, la revelación y la acción de la revuelta vuelva a mostrar “lo cotidiano y lo extraordinario como partes de una misma unidad de tiempo histórico” [10].

De este ritmo único y alterno de la permanencia y la impermanencia tratan las historias de los subalternos, clandestinas, oscuras o negadas pero imborrables porque sucedieron. Al igual que en los mares por la Luna, en la historia el lado oculto también regula las mareas.

Ciudad de México, noviembre de 2008. 

 
Notas:

1. Utilizo esta expresión en el sentido que le da E. P. Thompson, Agenda para una historia radical, Crítica, Barcelona, 2000, “El entramado hereditario: un comentario”, ps. 45-86.

2. Sergio Serulnikov, Conflictos sociales e insurrecciones en el mundo colonial andino – El norte de Potosí en el siglo XVIII, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006, ps. 442-444. Ver también Sinclair Thomson, Cuando sólo reinasen los indios – La política aymara en la era de la insurgencia, Muela del Diablo, La Paz, Bolivia, 2006. (En inglés: We Alone Will Rule - Native Andean Politics in the Age of Insurgency. Madison: University of Wisconsin Press, 2002).

3. Guillermo Bonfil Batalla, “Historias que no son todavía historia”, en Carlos Pereyra et al., Historia ¿para qué?, Siglo XXI, México, 1980, ps. 227-245.

4. Sergio Serulnikov, cit., p. 442. 

5. Ibid., p. 443.

6. Miguel León-Portilla, “Mesoamérica: una civilización originaria”, en Arqueología mexicana, mayo-junio 2006, vol. XIV, nº 79, ps. 18-27.

7. Ranajit Guha, History at the Limit of World-History, Columbia University Press, Nueva York, 2002, aborda también este tema.

8. “La multiplicidad de las historias es comparable a la multiplicidad de las lenguas. La historia universal, en el sentido que se le da hoy, no pasa de ser una especie de esperanto. La idea de la historia universal es una idea mesiánica”. (Walter Benjamin, Écrits français, NRF, Paris, 1991, “Sobre el concepto de historia”, ps. 331-356, p. 354).

9. Raquel Gutiérrez Aguilar, Los ritmos del Pachakuti, Ediciones Yachaywasi, La Paz, Bolivia, 2008, aborda desde la experiencia y la reflexión esta forma singular del proceso histórico en Bolivia. En 1940 anotaba Walter Benjamin: “La historia de los oprimidos es un discontinuum. La tarea de la historia consiste en apoderarse de la tradición de los oprimidos. [...] El continuum de la historia es el de los opresores. Mientras que la representación del continuum conduce a la nivelación, la del discontinuum está en la base de toda tradición auténtica. La conciencia de la discontinuidad histórica es propia de las clases revolucionarias en el momento de su acción” (cit., p. 352).

10. “La esfera de lo cotidiano, que es también la esfera de la aparente perpetuidad de la subordinación, está circunscrita por un límite más allá del cual surge el momento extraordinario, apocalíptico y atemporal de un mundo al revés. El registro histórico de esos breves momentos de rebelión abierta nos permite vislumbrar la región no dominada de la conciencia campesina y percibir así lo cotidiano y lo extraordinario como partes de una misma unidad de tiempo histórico”: Partha Chatterjee, “La nación y sus campesinos”, en Silvia Rivera Cusicanqui y Rossana Barragán (compiladoras), Debates Post-Coloniales: una introducción a los Estudios de la Subalternidad, Editorial Historias, La Paz, Bolivia, 1997, ps. 195-210, p. 209. (En inglés: Partha Chatterjee, The Nation and Its Fragments - Colonial and Post-Colonial Histories, Princeton University Press, New Jersey, 1993, cap. VIII, “The Nation and Its Peasants”, p. 161).