Documentación histórica

Movimiento de Trabajadores Desocupados de Solano (Argentina). Mesa de la tarde. 2 de enero de 2009

Julio Chueco

 

Buenas tardes compañeras, compañeros. Tengo, necesariamente, que empezar haciendo una confesión: desde hoy a la mañana, que comenzamos estas pláticas, estoy conteniendo mi corazón. Porque no soy hombre de este tipo de actividades. No he estado jamás frente a un auditorio, como ustedes representan. Con las expectativas que puedo pensar que ustedes tienen.

En los últimos ocho años, he participado activamente en asambleas barriales, donde los compañeros decidíamos qué movidas hacer para conseguir las cosas que necesitábamos y las características de las luchas que encarábamos. Después de los sucesos de diciembre del 2001, en Buenos Aires —que ustedes deben conocer—, me tocó moderar grupos al entusiasmo del resultado de esos días, de 200 personas, 150 personas. Pero, realmente, esto me sobrepasa y les pido tolerancia. Voy a tratar de hacer lo mejor posible.

Yo necesito pedirle autorización al Teniente Coronel Moisés para invitar acá a alguien que yo no puedo estar acá si ella no está conmigo, que es una Madre de Plaza de Mayo, que está sentada con nosotros. ¡Madres de la Plaza, el pueblo las abraza! La Madre quiere hacer algo, veremos qué pasa.

Movimiento de Trabajadores Desocupados, para la gente europea: obreros en paro. Es decir, para las estadísticas oficiales, desocupado es la persona que busca trabajo y no lo consigue. La persona que está sin trabajo y se cansó de buscar trabajo, y bajó los brazos, cae en otra categoría, creo que inactivos o algo así, que no es considerado como un desocupado.

En Argentina, para el año 1987, 1988, las cifras oficiales —no recuerdo bien— hablaban de un 30, 32 por ciento de esta categoría de desocupados. En los barrios donde nació este movimiento de desocupados, la desocupación era del 100 por cien. Yo repito siempre una fórmula: que era un momento donde los compañeros, a la mañana al despertarse, no tenían idea de qué iban a almorzar, qué iban a comer, cómo iban a resolver el día.

Y entonces, paso a decir algunas características de ese momento. Ustedes escuchan hoy en día —entiendo que éstas son historias que cruzan los países— hablar de reclamo por la participación. Que los jóvenes no participan, que no participamos, que hay que participar. Los partidos, cuando hay elecciones, reclaman participación.

En esos momentos, en esta situación que se daba, la participación es un inexistente. Se hace lo que hay que hacer. No hay una mentalidad de “participemos”. Se hace lo que se debe hacer. Cruzar la puerta de un frigorífico, para exigir la entrega de una media res, para poder comer algunos días. En ese tiempo, éramos una cantidad grande de personas.

Y la otra característica de señalar. Que no solamente caracteriza a estos movimientos sociales, sino que cruza desde el tiempo de las Madres, a los movimientos sociales en Argentina: la falta de intermediación alguna. La Madres no fueron a partido político alguno, no fueron a la Iglesia —o sí fueron a la Iglesia para verse frustradas en no ser apoyadas por la Iglesia—, no hubo, en ninguno de estos casos, intermediación de ningún tipo. De ningún tipo de organización.

De la misma manera, como que se hacía lo que se debía hacer, tampoco se recurría. Naturalmente, como movimiento, con la misma naturaleza de que se hacía lo que se debía hacer, también no se recurrió a ninguna intermediación, por convicción de que no se debía hacerlo.

Hay algunos elementos concretos en esto: uno de los primeros movimientos originales que creó la situación del “corte de rutas” fue en el sur patagónico, que es una zona inhóspita, muy fría —con grados bajo cero—, Cutral-Có, que la gente se quedó también sin trabajo. Entonces, las ciudades son como acá: tienen su zócalo. Allá se llama plaza principal. Allí está la legislatura, está la casa de gobierno, está el obispado, está la catedral.

Esta gente en Cutral-Có no fue a esa plaza a protestar, a reclamar. Buscó otro lugar donde reunirse. Y ese lugar fue la ruta, como espacio abierto, como espacio de reunión de todo este pueblo que salió a protestar. Después vendrían los sociólogos y hablar de la interrupción del flujo de las mercancías, y cosas por el estilo, que son también ciertas, pero un elemento a señalar, en todos los movimientos sociales de este tipo, es la no intermediación.

Las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en Argentina, brilló por la ausencia de los partidos políticos. Ningún partido político salió a hacer nada esos días. Incluso, las napas más beneficiadas de la sociedad: la clase media con capacidad de ahorro. Que, en ese momento, se había visto estafada. El neoliberalismo avanzó hasta pillarle sus ahorros. Digamos, no sólo a los asalariados, sino también a esta otra gente. Tampoco ellos tuvieron la intermediación de ningún partido político de derecha.

También, podíamos ver, azorados, mujeres muy bien vestidas, golpear con sus zapatones los vidrios de los bancos en la capital. Desaforadas porque perdían sus dineros, pero sin ninguna intermediación. Entonces, yo estoy señalando características de estos movimientos, que fueron tal como estoy diciendo.

Relato, brevemente, para dar un contexto histórico de la situación. Solano es un barrio de un partido que se llama Quilmes, que está a 20, 25 kilómetros de la gran capital. Son barrios nacidos de la migración interna que sucedió después del año 45. Con la llegada de Perón al poder, y la industrialización del país, grandes masas de provincianos vinieron a las zonas capitalinas, para trabajar en las nuevas industrias. Y lo que eran Quintas, se lotearon en cantidades minúsculas de tierra. En cada lugar, colocó su casa uno de estos migrantes internos.

Cuando, en el 55, empieza el retroceso de esta situación del Estado de Bienestar que se creó durante el peronismo, estas capas de la sociedad empiezan a empobrecer. Y se da, en el 87, 88 —como decía—, este caso del cien por cien de desocupación. Y los cruces de la historia hacen que un católico, un cura recién recibido, le sea asignada una capilla en este barrio de Solano.

Este cura parece ser que fue, además de las cosas que se aprenderán en la carrera de sacerdote, parece que el diablo se metió por ahí y parece que le enseñaron a Marx, parece que leyeron algunos nombres malditos en esos lugares. Y este hombre se lo tomó a pecho. Y yo conozco dos casos nomás: uno éste y otro en Centroamérica, donde abrió las puertas de la Iglesia a las personas que estaban necesitadas de techo y comida.

Ustedes se imaginan el atrio de una iglesia con gente viviendo, con chicos naciendo, con todas las cosas que suceden cuando una familia vive, cien personas o más, dentro de una capilla —mañana, tarde y noche—. Un hecho inédito. Y allí fue creado, en esa capilla, el Movimiento de Trabajadores Desocupados de Solano.

Bueno, a la jerarquía de la Iglesia no le gustó. Pese a la resistencia de los compañeros, fueron desalojados de esa capilla, desalojados a punta de bayoneta. Al cura le fueron retirados los hábitos. Y, de la capilla, se pasó al galpón. El galpón es una construcción mucho más precaria que esta, mucho más chica, de Chiapas. Y allí comenzaron a reunirse. Eran tiempos donde se vivía con una olla común. Donde se resolvían las necesidades inmediatas cooperativamente. Donde se decidían las luchas a hacer.

El gobierno empezó a dar unos subsidios de hambre, de cincuenta dólares al mes. Y otra de las características de esos subsidios eran que la persona desocupada no iba a una ventanilla y decía: “yo soy un desocupado, ésta es mi familia. Perdí el trabajo en tal momento, no lo consigo”. Sino que acá sí se creaba la intermediación. Debía concurrir a una organización —eufemismo por partido político— que era quien le tramitaba su subsidio. Con la consiguiente prestación de subirse a un ómnibus para cada acto partidario, del partido correspondiente. Y a ser elemento... carne de cañón —digamos— de esos actos. O llenar una plaza, sin convicción. Simplemente respondiendo a esta obligación que se le generaba.

Nosotros también salimos a cortar las rutas para quitarles parte de estos subsidios que se daban de esta manera. Y tratamos de utilizarlos de una manera más comunitaria, tratando de generar algunos emprendimientos, con algunos de esos dineros que se cobraban de esa manera.

En esos momentos, todos los movimientos sociales eran reprimidos. La tónica de la clase política era criminalizarlos. Hasta el punto que hubo muchas muertes. Algunas accidentales —algún comisario del tipo que acá se llaman para-policial que hacía un acto provocador en uno de los cortes y disparaba un arma y argüía que lo habían querido pelear—.

Hubo muertes. Hasta que hubo dos muertes paradigmáticas en una gran concentración que se hizo en un puente que divide a la capital con la provincia. Allí murieron Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Maxi Kosteki era compañero, más cercano. Y esto fue un punto bisagra: la clase política, de alguna manera, entendió que debía cambiar su estrategia frente a los movimientos sociales.

A partir de ahí, lo que sucedió fue una cantidad de cambios de gobierno. Hasta que finalmente se terminó en los gobiernos actuales. Y lo que sobrevino es una cooptación, una captación de las banderas de la izquierda, de las banderas de los derechos humanos, de las banderas de los movimientos sociales. Y una cooptación concreta, propia, de los movimientos sociales.

Hoy en día, aquellos movimientos sociales, tan combativos al inicio, fueron perdiendo buena cantidad de sus adeptos. Porque hubo más trabajo. Esas cifras oficiales tan altas de desocupados, bajaron considerablemente. Trabajo precario, mal pagado, sin sostenimiento —uno se entera hoy que el lunes no viene—, sin asistencia social. Pero, en definitiva, changas —le decimos nosotros, creo que ustedes le dicen chamba—.

Hoy en día, hay movimientos que se han incorporado directamente al gobierno. Algunos en cargos, otros en sostener la política y los actos de gobierno. Hay otros que se ponen en la oposición. Están en contra del gobierno, diciendo cosas como las que estoy diciendo yo ahora. Y estamos unos terceros, pobrecitos ahí, calladitos, que no estamos ni con una cosa ni con la otra. Porque entendemos que, tanto una como la otra, confirma el sistema, el sistema partidario, político, eleccionario, congresista.

Ésta es la situación hoy en día. Hoy en día, hay desmovilización. Y, bueno, éste es un momento de expectación.

Personalmente, no personalmente, quiero decir nosotros como movimiento, estamos como concentrados hacia adentro. Estamos concentrados en el esfuerzo por generar nuevas formas de vincularnos. Llamamos autonomía a nuevas formas de vincularnos. Mantenemos una pequeña cantidad de terreno, muy chiquita para las cifras que manejan ustedes acá: unas tres hectáreas. Allí cultivamos algo de maíz, hortalizas, criamos algunos animales, como para consumo nuestro. Y, con la ayuda internacional hemos construido un hermoso centro cívico, con la posibilidad de transformarlo en centro de salud. Y, bueno, y allí es donde estamos desarrollando nuestras actividades.

Esto es lo que estamos haciendo hoy. Estamos expectantes, porque cada vez que intentamos salir a lo público, encontramos que siempre caemos en las redes del sistema. Siempre vamos a caer, de alguna manera, en confirmar el sistema.

Quisiera hacer un par de acotaciones de qué cosas pensamos. Las cosas más, los puntos más graves. Hay una consigna que creo que se comparte en todas las latitudes: juicio y castigo a los culpables. Nosotros decimos que esta consigna debe ser repensada, debe ser reestudiada. Hay que sostenerla, pero tenemos que agregar que no hay justicia posible, sin revolucionar a la sociedad.

Es paradójico, pero cuando reclamamos por la impunidad, sin advertirlo, estamos confirmando a esta justicia, a esta justicia criminal. Queremos que haya un juez bueno que entienda que debe tomar medidas con estas personas. Kosteki y Santillán fueron asesinados porque alguien le sopló al oído de uno de los comisarios —que luego se reunió con otros— con que deberán producirse muertes. Estos comisarios, éstos que apretaron materialmente el gatillo, fueron condenados.

Nosotros, durante el juicio, salimos a decir una consigna un poco radical —lo tengo que reconocer—, diciendo que el juicio era una farsa. Pero queríamos llamar la atención que no podíamos esperar nada de esta justicia. Y el tiempo, lamentablemente, nos dio la razón. Este comisario está ahora en libertad, o está en una libertad regulada. Y todos los genocidas de la peor laya que ustedes puedan conocer, todos, tienen algún régimen de excepción. Y se los descubre comprando compras en el supermercado. Porque son sus compañeros de felonías quienes hoy los cuidan.

Entonces, la impunidad contiene una paradoja dentro. Que es: que estamos pidiendo que la misma justicia se haga justicia con quienes ellos mismos dieron orden de hacer estos crímenes. Entonces, creo que es un momento de radicalizarnos. Y creo que esta consigna de ¡juicio y castigo a los culpables! tenemos que —de alguna manera, por difícil que sea—, no podemos dejar de decir: no habrá justicia sin cambio social.

Creo que eso es lo que tengo para decirles. Seguramente, en ustedes habrá muchas preguntas, pero, bueno, estamos acá en el Cideci, podemos organizar en algún momento de los libres una ronda sobre el césped, y respondemos preguntas de lo que podamos saber. Les agradezco mucho.