Documentación histórica

Intervención de Magdalena García Durán (2008)

Las Cuatro Ruedas del Capitalismo: DESPRECIO

Magdalena García Durán (DF)

 

(Saludo en mazahua)

Hermanas y hermanos, niños y niñas, ancianos, jóvenes que tienen este espíritu de lucha, que están aquí presentes. Y a todos los hermanos internacionales que nos acompaña, a nombre de ustedes agradezco a los niños, a los ancianos, a las mujeres, hombres y el Subcomandante Marcos que me haiga invitado para estar con ustedes aquí. Los saludos desde allá los recibimos todos y aquí estoy presente.

En esta mesa de desprecio que todos ya escuchamos a cada una de mis compañeras y mis compañeros, yo creo que nada es diferente, nuestra lucha es lo mismo

Una historia más o menos nosotros de los mazahuas. Que nuestros abuelos llegaron desde los años cuarenta en el Distrito Federal. Sin saber leer, sin saber escribir, sin conocer a nadie, se dedicaron al comercio en vía pública para vender frutas. Fueron olvidados, fueron despreciados, fueron excluidos, de una y de otra forma.

Hasta los años setenta se da un colorido de indígenas en la Ciudad de México vendiendo su fruta con su vestimenta, con su lengua. Nada se pudo hacer, sólo se generó una discriminación tremenda por parte de una persona que todos sabemos —quién sale en la tele—, que nos trata como si fuéramos inútil, si fuéramos tonta, llamada la india María.

Es ahí donde se generó una discriminación tremenda hacia nosotros los indígenas. Y no había una lucha, que sufríamos de una vivienda digna, que sufríamos de un espacio para vender nuestra mercancía, que sufríamos de una atención médica como persona, como seres humanos. Sufríamos de una escuela para aprender de nuestros hijos. La única forma de brindar a nuestros hijos era jugar en los parques, limpiar parabrisas, dormirse afuera de los metros o en los jardines. Como que fuera la única forma del espacio que se brindara para nuestros hijos.

Después, en 1996, nos platicamos, nos hablamos diferentes organizaciones indígenas de la Ciudad de México para organizar y ver la forma de cómo solicitar y de cómo hacer a respetar estos derechos que teníamos como indígenas. Que fuéramos escuchadas, que nosotras teníamos derecho de una vivienda digna, de un espacio que nos respetara. Que ya no fuéramos encarcelados, que ya no fuéramos golpeados, que ya no fuéramos discriminados. Fuimos despreciados por nuestra lengua, por nuestra vestimenta, por nuestra forma de lucha.

A través de esa organización se hizo un gran encuentro de la Ciudad de México, donde se conjuntó una demanda específica de una vivienda digna. Que los terrenos que vivían los indígenas fueran expropiados a favor de los indígenas. Que se construyera una vivienda. Que para los niños que iban a la escuela, que no fuera necesario tener un carnet, cartilla de vacunación para que les abrieran las puertas en las escuelas. Que ellos tenían derecho de estudiar, de estar en la escuela. Se fue haciendo varios trabajos y también en cuestión de salud, fue como recibir un carnet para los niños que se promoviera.

Pero, como todos sabemos compañeros, cuando el sistema capitalismo se da cuenta de la unidad, busca la forma de cómo destruir nuevamente y queda abajo todo el trabajo que estábamos haciendo.

Propusimos que se abriera una comisión de asuntos indígenas en la Ciudad de México. Lo hubo, pero ahorita pues hasta la fecha no sé cómo se está trabajando. Y entonces, la verdad, nosotros hemos luchado, no nada más es Magdalena, son diferentes organizaciones que cada quien hace su lucha, para hacer estas demandas, para conjuntar las demandas que tenemos y podemos vivir en una vida digna, conjuntarnos para un mejor nivel de vida.

Después del 1996 —que acabo de hablar— nos dimos cuenta que los compañeros y las compañeras de Chiapas, su lucha, el momento cuando se levantaron. Porque la discriminación que habíamos recibido anteriormente nos obligó de cambiar nuestra vestimenta, de usar ropa que no era nuestra, aunque sintiéramos incómoda. ¿Por qué? Porque éramos muy débil, nos daba miedo la discriminación.

Pero gracias a las compañeras y los compañeros de Chiapas, su lucha de ellos, pudimos decir otra vez: aquí estamos y con mucho orgullo portar la vestimenta, hablar la lengua y usar la diferencia que somos nosotros, con nuestra artesanía, nosotros somos arte. Si alguien ya pasó a ver los cuadros que están por ahí en los puestos que están hasta el rincón, es un arte que todas las comunidad sabemos hacer y que, desgraciadamente, los gobiernos que tenemos, en vez de que nos toman en cuenta, nos discrimina, nos desaorillan. Es una desigualdad tremenda que el arte no tenga valor, cuando eso es lo que tenemos en nuestro país, es una cultura muy valiosa para nosotros, nuestra artesanía.

Gracias a esos compañeros de lucha, nosotros como organizaciones o como grupos indígenas nos unimos y somos adherentes de La Otra Campaña. ¿Por qué nos adherimos a La Otra Campaña? Porque son compañeros que buscan otra forma de cómo vamos a ser respetados, de cómo se va a construir este mundo, que no nada más a los ricos, que aquí estamos los pobres, aunque no seamos indígenas, pero que también tengamos los mismos derechos.

Se está construyendo esto y nosotros pues la verdad, de toda esta lucha —que yo creo que muchos de ustedes por escucharme hablar el día 1 de mayo en el zócalo—, fui presa en Almoloya de Juárez. Un año, seis meses y cinco días. Pero no me pudieron callar. Porque el espíritu, la dignidad de lucha, no se vende ni se rinde, cuando estamos convencidos de la lucha. Cuando estamos convencidos de un cambio, cuando estamos convencidos de un futuro para nuestros hijos, no tenemos por qué rendir, ni tenemos por qué callarnos y ni tenemos por qué traicionar. Al traicionar nos traicionamos a nosotros mismos, no a otras personas, al futuro de nuestros hijos, los nietos, los bisnietos, qué futuros vamos a dejarles.

A pesar de que estuve presa, desde allá adentro, viví unos momentos desagradables, tristeza, angustia por mis hijos, por todo lo que había dejado afuera. Pero no me apagaron, empecé a bordar. En cada punto de esos cuadros que ustedes ven allá es un punto muy significativo para mí en especial y para todos mis hermanos y hermanas en todo el mundo. A cada puntada, a cada color, a cada línea que va, somos todos nosotros que queremos hacer el cambio, compañeros. Son los niños, los ancianos, los jóvenes, las familias, las organizaciones, los estudiantes.

A todos aquellos que hicieron la posibilidad de nuestra libertad, de todo el mundo que me mandaban cartas, me mandaban dibujos, que estaban con nosotros, que no estábamos solos, porque nosotras… Digo nosotros y nosotras porque estamos todos en la lucha. Porque, en especial, decía: “Magdalena, no estás sola, estamos contigo y donde quiera que estés, nuestro espíritu está contigo. No te decaigas, levántate, porque te necesitamos. Y para nosotros eres una guía, eres una luz y muy pronto vas a estar con los tuyos, te mandamos esta carta para que sigas adelante, porque tú no has hecho nada. Defiende tus tierra que te han despojado, siendo en el Centro Histórico donde vendes”.

Ésos son los ánimos que recibe uno allá adentro y empieza a decir: pues adelante. Bordar y bordar y bordar, y tejer, tejer a nuestras hermanas, hermanos indígenas, no indígenas, y que quieren un cambio, por eso se está dando esta lucha. Y este llamado donde estamos ahorita de la Digna Rabia, para desahogar lo que nosotros traemos. Y ver la forma de cómo construir realmente otra forma de vida, otra forma de lucha, otra forma de caminar.

Un camino que va derecho es un camino que nos va a sacar adelante, un camino que se desvía, pues ya, como dicen en mi pueblo, ya se lo chingaron. La verdad, tenemos que ser honestos, firmes, convencidos. Y si no estamos convencidos, pues tenemos que —¿cómo se puede decir?— darnos tiempo.

Sí estamos convencidos compañeros. Y lo que vemos aquí, yo creo que sí estamos convencidos en el corazón, en el espíritu. Por eso estamos aquí reunidos, haciendo encuentro. Y las compañeras, mis compañeras indígenas que vienen de otro lado, ya los escuche que, a pesar de que están muy lejos tienen sus tierras, pero así como sufren ellos también nosotros sufrimos en la ciudad. De nada sirve que tenemos todo lo bonito y no disfrutamos lo que tenemos.

Nos damos cuenta que cuando estamos unidos avanzamos y, si no estamos unidos, somos derrotamos, compañeros. Ése es mi palabra, les agradezco todo lo que hicieron, no piensen que ya me olvidé de ustedes, los tengo en mi corazón y les agradezco muchísimo que, de una u otra forma, hicieron lo posible, manifestaron para mi libertad.

A niños, a jóvenes, mujeres, ancianos, padres de familias, estudiantes, organizaciones y no organizaciones, no digo nombre porque yo todos lo quiero, todos los amo y las personas que no se acordaron de nosotros que somos luchadores sociales, como estamos aquí, también que dios los bendiga. Pero nosotros no les hacemos daño a nadie, simplemente queremos construir un nuevo mundo donde quepan muchos mundos.

Muchísimas gracias, compañeros y compañeras.