Documentación histórica

Intervención de Sergio Rodríguez Lascano (2008)

Los Otros Caminos: OTRA HISTORIA, OTRA POLÍTICA

Sergio Rodríguez Lascano (México)

Otra Política: Pensar al revés

(Ponencia entregada por escrito)

“Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar”. (Chejov)

I. Para explicar lo que yo entiendo por Otra Política voy a hablar del zapatismo, haciendo la advertencia de que la ventaja que tiene este movimiento es que ha escrito tanto que no hay nada mejor que basarse en sus textos para comprender lo que están haciendo y diciendo.
Quiero basarme en ese ejemplo, porque me parece que en sus 15 años de historia pública, ha existido una coherencia enorme en los planteamientos zapatistas que nos permiten entender qué es eso de la Otra Política.

Para poder comprender de qué se trata hay que ir al origen de la concepción zapatista, donde se encuentra una derrota: la más dura, pero, al mismo tiempo, la más rica. Dicen los compañeros:

“Bueno, empezaré a explicar. No nos lo propusimos. En realidad, lo único que nos hemos propuesto es cambiar el mundo, lo demás lo hemos ido improvisando. Nuestra cuadrada concepción del mundo y de la revolución quedó bastante abollada en la confrontación con la realidad indígena chiapaneca. De los golpes salió algo nuevo (que no quiere decir ‘bueno’), lo que hoy se conoce como ‘el neozapatismo’”. (Subcomandante Insurgente Marcos, “Carta a Adolfo Gilly”)

En ese mismo texto, donde se explica la derrota sufrida por un pequeño grupo de revolucionarios marxistas, el Subcomandante Marcos le pregunta a los intelectuales marxistas mexicanos lo siguiente: “¿Será necesario ir al cesto de la basura, desarrugar ese papel viejo y ajado que se llamó ‘La Ciencia de la Historia’, el materialismo histórico? ¿Por qué lo botaron? ¿Por la cruda moral después del derrumbe del campo socialista? ¿Un repliegue ‘táctico’ ante el avasallador empuje de los ‘marine boys’ y el neoliberalismo? ¿El ‘fin de la historia’? ¿Pasó de moda junto a las ganas de luchar? ¿Por qué una revolución, hoy, es arrinconada rápidamente al lugar de las utopías? ¿Qué les pasó Güilly [1]? ¿Se cansaron? ¿Se aburrieron? ¿Se vendieron? ¿Se rindieron? ¿No valió la pena? ¿No vale la pena? ¿O es que esa teoría los llevaba al callejón sin salida (para los teóricos) de tener que ser consecuentes en la práctica? ¿Qué les pasó Güilly? Veo que ahora el cinismo es la bandera de la izquierda. ‘El realismo’, me corregirá un columnista, ‘realpolitik’, añadirá otro. Tal vez resulta que las teorías más elaboradas no pasaban de ser un rebuscamiento de los viejos manuales”.

Una vez más, las paradojas del zapatismo: en el texto en que explica su derrota y la derrota de la concepción con la que llegaron, le reclama a los intelectuales marxistas la suya, la otra derrota, que en la práctica fue la derrota de toda la izquierda mexicana.
Porque se trata de dos tipos de derrotas: una la de la izquierda mexicana frente a la ideología del capital, frente al neoliberalismo, frente a la derecha intelectual (bastante ignorante, salvo contadas excepciones). Ésa, fue una derrota sin chiste, porque se dio sin grandes combates. Igual que la Unión Soviética, la izquierda mexicana se desmerengó, parafraseando a Fidel Castro. Se trató de una derrota que, más bien, fue una autoderrota. No fue producto de su teoría, sino de su práctica.

Los polvos de aquellos lodos son los grupitos de diversos signos ideológicos (trotskistas, estalinistas, maoístas) que corren atrás de Dante Delgado (ex secretario particular del diseñador de la política de desapariciones políticas, Fernando Gutiérrez Barrios), Alberto Anaya (ex peón de Carlos Salinas de Gortari) y Porfirio Muñoz Ledo (nuestro pequeño Joseph Fouché) para formar una alianza electoral bautizada con el pomposo nombre de: “Salvemos a México”. Ahora sí que podemos decir: “No en nuestro nombre”.

La derrota zapatista también fue producto de su práctica, pero se dio frente a las comunidades indígenas de Chiapas. Fue una derrota infringida no auto impuesta. Fue una dulce derrota, no una amarga derrota.

A los compañeros zapatistas, lo primero que les advirtieron en la comunidad indígena fue sobre su lenguaje: “es duro”, les dijeron. Luego sobre qué es lo que iban a enseñar: “primero hay que aprender a oír”, les dijeron. Para aprender a oír hay que callar, guardar silencio. Y, casi siempre, cuando se guarda silencio es cuando se comienza a pensar. Dice Ranahit Guha en Debates Poscoloniales: “Escuchar es constitutivo del discurso. Escuchar significa estar abierto a, y existencialmente dispuesto hacia… uno se inclina un poco hacia un lado para escuchar”. Y se los juro, nada es más difícil para alguien que viene de cualquier corriente del pensamiento marxista que aprender a callarse o a decir “no sé”.

Dicen los compañeros: “Primero se hablaba con uno y ese uno hablaba con su familia. De la familia se pasaba al poblado. Del poblado a la región. Así, poco a poco, nuestra presencia se convirtió en un secreto a voces y en una conspiración masiva. En esta etapa, que corre paralela en tiempo a la tercera, el EZLN ya no era lo que habíamos pensado cuando llegamos. Para entonces, ya habíamos sido derrotados por las comunidades indígenas, y producto de esa derrota, el EZLN empezó a crecer geométricamente y a hacerse ‘muy otro’, o sea que la rueda siguió abollándose hasta que, al fin, fue redonda y pudo hacer lo que debe hacer una rueda, es decir, rodar”. (Mensaje enviado por el Subcomandante Insurgente Marcos al arranque de la campaña “20 y 10 el fuego y la palabra”)

Esa derrota permitió la constitución de una serie de ideas claves que tanto han influido en el ámbito internacional y nacional:

a. ¿Cómo y dónde se forja el programa de lucha?
b. ¿Quiénes son los encargados de implementar ese programa de lucha?
c. ¿Cuáles son los objetivos de ese programa de lucha?
d. ¿Para qué sirve un programa?

Una de las cosas que más ha impresionado desde el surgimiento público del EZLN ha sido su capacidad para trasmitir de manera clara los objetivos de la lucha, su visión programática. Pero eso fue resultado precisamente de su derrota.

Tradicionalmente, la izquierda elaboraba un programa, ya sea —en el mejor de los casos— en relación con las luchas sociales o —en el peor de los casos— como parte de una tarea de escritorio. Pero, en ambas, es el trabajo de un grupo de vanguardia. En ningún caso se le pregunta a la gente. En el primero, se interpreta lo que son sus ideales y objetivos, algunas veces hasta se hace algo interesante, pero nada más. En el segundo de los casos, se trata de un ejercicio intelectual, brillante o no, pero sin repercusión práctica.

Por lo tanto, el segundo problema es que ese tipo de programas no eran implementados por nadie. Cada equis tiempo se agitaban en los mítines o para la galería, pero no tenían repercusión práctica.

Y eso tenía que ver con que los objetivos de esos programas no eran los de la gente, bueno, por lo menos no fueron construidos, edificados, cimentados por la gente misma.

Finalmente, esos programas servían para organizar a tus cercanos, a tus militantes, servían para dar identidad a tu grupo o partido, servían para pelearte contra los programas de los otros grupos o partidos, pero nada más.

Luego, esos programas incluso fueron abandonados, tirados al cesto de la basura. La izquierda dejó de buscar el porqué y el para qué para pasar a ser fiel devota del cómo. Dejó de lado el fin para pasar a ser amante de los medios. Así, el porqué o el para qué o el fin se fueron borrando, pasaron a formar parte de una espesa niebla. Mientras que el cómo, el medio, se convirtió en el fin, el porqué, el para qué de todo, la razón de ser de la militancia.

Lo inmediato se convirtió en la categoría dominante del tiempo histórico. El imperativo categórico de la urgencia sobredeterminó todo lo demás, eliminó a lo necesario, el puedo le ganó al quiero, la resignación a la voluntad. La impaciencia a la paciencia. Hegel lo expresó así: “El tiempo es esa inquietud absoluta, ese fuego que consume todo”. El fuego del éxito inmediato casi convirtió en cenizas a la izquierda mexicana y mundial.

Mientras tanto, en el EZLN, se abandonó la teoría de la vanguardia dirigente para adoptar otra mucho más sencilla, honesta (y yo diría menos angustiante): la de una minoría activa que opera como fermento permanente, como un puente, como una ventana, como un espejo, que empuja hacia la acción sin pretender dirigirla. Este festival de la Digna Rabia es un claro ejemplo.

Los diez puntos originales del EZLN salieron del callarse y del oír a la gente. La necesidad de una insurrección se logró gracias a no hacerle caso a los análisis de la coyuntura y de la correlación de fuerzas mundiales y sí a lo que las bases indígenas decían: que ya no se podía aguantar más la situación. El ¡Ya Basta!, de alguna manera —creo yo—, también fue dado como aviso a los militantes del EZLN. Las comunidades decían: ¡Ya Basta! Es el momento.

II. En la teoría de los siglos largos y los siglos cortos se plantea que 1789 es el final del siglo XVIII y el inicio del siglo XIX. Este siglo acabó, según algunos, en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial y, según otros, con el triunfo de la revolución rusa en octubre de 1917. Ahí da inicio el siglo XX, según muchos, el cual va a acabar en la transición desde la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, hasta la caída de la Unión Soviética, el 25 de diciembre de 1991. Ahí se iniciaría el siglo XXI.

Atrás de esa afirmación había algo más profundo: no se trataba de que se cerraba el ciclo histórico abierto por la revolución rusa, sino que se cerraba el ciclo histórico abierto por la revolución francesa de 1789.

Por fin, el capitalismo había logrado dos hazañas: liberarse de su génesis revolucionaria y destruir la anomalía “socialista”. En concreto, deshacerse de la revolución y de la lucha de clases, ubicando a esta última como simples desavenencias entre ciudadanos.

La teoría del final de la historia no era simplemente una teoría, sino el corolario del triunfo del capital sobre el trabajo.

Esta idea se extendió de tal manera, que incluso comenzaron a creérsela los mismos que la diseñaron. No había enemigo al frente, el sueño de los viejos burgueses que querían conquistar todo, arrasando con todo lo que encontraran a su paso parecía que, por fin, se hacía realidad.

Más aún, en su paroxismo, el capital llegó a la conclusión de que el Estado nacional ya no era necesario, que era una carga pesada que era indispensable eliminar o, por lo menos, dejarla sin herramientas.

En México, Carlos Salinas de Gortari, junto con una pléyade de políticos destacados tales como Manuel Camacho Solís, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal, Dante Delgado, Arturo Núñez, Socorro Díaz, Gustavo Iruegas, Manuel Bartlett, Federico Arreola (quien escribió en 1992: “No pocas personas, y nosotros nos incluimos en este grupo, han señalado que debido a su magnífico trabajo, Salinas debería permanecer durante un periodo más en el puesto que actualmente ocupa”) y de intelectuales prominentes como Rolando Cordera (hoy todos destacados lopezobradoristas y dirigentes del Frente Amplio Opositor, paradigmas del pensamiento de izquierda, según la mayoría de los editorialistas y caricaturistas del diario La Jornada) implementaban una política de guerra en contra de los trabajadores del campo y la ciudad, que culminó con la reforma al Artículo 27 Constitucional y la firma del Tratado de Libre Comercio.

En medio de todo eso, en la madrugada del 1 de enero de 1994, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional toma cinco cabeceras municipales, desmintiendo en la práctica la teoría de que la historia había llegado a su fin.

Si para el analista de arriba el siglo XXI se inició con la caída de la URSS, para el que mira la historia desde abajo, el siglo XXI se inició con la insurrección zapatista. Desde lo más profundo del México de abajo, desde la Selva Lacandona, un huarache indígena se posó sobre el tablero de ajedrez del poder y de la política burguesa y dijo: “¿Jaque?”.
 

III. En la basta producción teórica y política que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha generado a partir del 1 de enero de 1994, diversidad de temas han sido abordados: La problemática indígena, la cuestión del poder, el concepto de esperanza, la nueva forma de entender la política, la importancia fundamental de no separar ética y política, las formas diversas de construcción social, etcétera.

Sin embargo, el análisis de las relaciones sociales que se han abierto a raíz de la globalización o mundialización ha sido una constante en sus planteamientos. Tanto en lo que tiene que ver con las transformaciones económicas que se han producido, como con las modificaciones que se han implementado en las relaciones de dominio, en especial, en lo que tiene que ver con el Estado.

El zapatismo, retomando la vieja y sana tradición de que en el Estado se concentra una buena parte de las relaciones sociales, analiza la más reciente reestructuración productiva y social a la que se le ha dado en llamar neoliberalismo, no a la luz únicamente de las contradicciones económicas que de ahí se desprenden, sino incorporando la otra contradicción clave del capitalismo: la relación mando-obediencia.

En ese terreno, la elaboración zapatista tiene un mérito indudable al buscar ubicar esa relación inevitable que existe entre la forma de organización de la producción con la forma de organizar (desorganizar) la vida social y política. Partiendo de la idea de que el neoliberalismo no es simplemente un modelo económico, sino una forma de reorganizar el dominio del capital en todas las esferas, tanto las productivas como las políticas, culturales, ideológicas, sociales.

Esta idea no es producto de un análisis basado únicamente en la elaboración abstracta sino, sobre todo, se deriva de la experiencia misma del zapatismo. Éste ha sido su método, aquí reside uno de sus fundamentos y de su peculiaridad. Ese método fue clave para no dejarse avasallar por los que planteaban que, después de la caída del muro de Berlín y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, después de los Acuerdos de Chapultepec y su significado que fue cómo acabó la revolución salvadoreña o después de la derrota electoral de Nicaragua, ya no era viable la posibilidad de llevar a cabo una insurrección.



Para los zapatistas, esos hechos fueron claves, pero no definitivos para enterrar esa posibilidad. En cambio, entendieron el significado profundo de las reformas salinistas, en especial la transformación radical del concepto original constitucional sobre la tenencia de la tierra, plasmado en el Artículo 27.

A partir de que su sistematización surge de su experiencia, de su práctica, el resultado ha sido algo novedoso y extraño. Veamos cómo lo explican ellos: “Nosotros creemos que un movimiento debe producir su propia reflexión teórica (ojo: no su apología). En ella puede incorporar lo que es imposible en un teórico de escritorio, a saber, la práctica transformadora de ese movimiento. Nosotros preferimos escuchar y discutir con quienes analizan y reflexionan teóricamente en y con movimientos u organizaciones, y no fuera de ellos o, lo que es peor, a costa de esos movimientos. Sin embargo, nos esforzamos por escuchar todas las voces, prestando atención no en quién las habla, sino desde dónde se habla”.

Como siempre, esta elaboración teórica va acompañada de una advertencia que no tan sólo no es gratuita sino que es fundamental: “En nuestras reflexiones teóricas hablamos de lo que nosotros vemos como tendencias, no hechos consumados ni inevitables. Tendencias que no sólo no se han convertido en homogéneas y hegemónicas (aún), sino que pueden (y deben) ser revertidas”.

Hay dos formas de leer lo anterior: La primera y más tentadora —para mí— es que, a diferencia de lo que ocurría entre las diversas corrientes de la izquierda mundial, el EZLN no elabora conceptos, categorías o teorías cerradas, que siempre bordan sobre sí mismas y que le dejan poco espacio a la realidad y a la imaginación. El zapatista es un análisis que, en tanto es producto de su práctica, es decir, de su lucha, al reflejar y aprehender la realidad lo hace en su dinámica propia, en donde el tiempo y el espacio se están modificando no única ni centralmente por los planes que arriba se diseñan, sino por lo que abajo los trastoca. El objetivo de explicar un problema no es su comprensión, sino su transformación, su reversión. Se trata de una herramienta de combate, no de una guía para la acción, independientemente de que se haga con un rigor científico que es indudable.

La otra es más sencilla y más modesta: como siempre, se trata de la elaboración zapatista, y simplemente constata algo: así la ven ellos, así la sienten, así la viven y así la verbalizan. Muy probablemente en otros lados sea visto de manera diferente y ahí reside la riqueza del pensamiento plebeyo, radical.

De acuerdo con lo anterior, ellos han explicado cómo han llegado a esas conclusiones en función de cómo discuten, cuál es su método, cómo se aproximan a los hechos y dónde elaboran su concepción. Así lo explicó el Subcomandante Marcos: “Durante varias horas, estos seres de corazón moreno han trazado, con sus ideas, un gran caracol. Partiendo de lo internacional, su mirada y su pensamiento ha ido adentrándose, pasando sucesivamente por lo nacional, lo regional y lo local, hasta llegar a lo que ellos llaman “El Votán. El guardián y corazón del pueblo”: los pueblos zapatistas. Así desde la curva más externa del caracol se piensan palabras como ‘globalización’, ‘guerra de dominación’, ‘resistencia’, ‘economía’, ‘ciudad’, ‘campo’, ‘situación política’, y otras que el borrador va eliminando después de la pregunta de rigor ‘¿Está claro o hay pregunta?’. Al final del camino de fuera hacia dentro, en el centro del caracol, sólo quedan unas siglas: ‘EZLN’. Después hay propuestas y se dibujan, en el pensamiento y en el corazón, ventanas y puertas que sólo ellos ven (entre otras cosas, porque aún no existen). La palabra dispar y dispersa empieza a hacer camino común y colectivo. Alguien pregunta ‘¿Hay acuerdo?’ ‘Hay’, responde afirmando la voz ya colectiva. De nuevo se traza el caracol, pero ahora en camino inverso, de dentro hacia fuera. El borrador sigue también el camino inverso hasta que sólo queda, llenando el viejo pizarrón, una frase que para muchos es delirio, pero para estos hombres y mujeres es una razón de lucha: ‘un mundo donde quepan muchos mundos’. Más despuecito, una decisión se toma”. (Subcomandante Insurgente Marcos. La Treceava Estela, Primera Parte: Un Caracol)

Lo local y lo global se funden; lo pequeño y lo grande se miran frente a frente; lo particular y lo general se complementan; la forma y el contenido se relacionan; la causa y el efecto se vinculan; lo relativo y lo absoluto se comunican; por fin se encuentra el sentido profundo del concepto de praxis; y la teoría busca aprehender la práctica, reconociendo que siempre va atrás de ella, asediándola, pero sabiendo que nunca puede sustituirla.

Un pueblo, de manera soberana, hace su teoría y eso le permite tener un carácter constituyente. Y, en ese momento de creación máxima, de construcción heroica, en términos de José Carlos Mariategui, recuerdan que ésa es la suya, producto de su vida y su lucha y que no tienen dudas, otras habrán, ni más buenas ni peores, simplemente diferentes.

El mismo EZLN ha sido repelente a elaborar una nueva concepción desde el punto de vista doctrinario, tentación en la que han caído varios que en aras de luchar en contra de lo que llaman “ortodoxia leninista” han creado, quizá sin quererlo, una nueva ortodoxia, bajo una careta heterodoxa. Generando una nueva intolerancia: si no estás de acuerdo con ellos, o con él, no hay duda, eres un leninista trasnochado.

Y entonces, de repente, el viejo intelectual de izquierda, intolerante y repelente a aprender del movimiento real de los de abajo, que tiene política y teoría frente a todo, se parece enormemente al intelectual que desprecia la historia del movimiento real de los de abajo en otros tiempos y hace una caricatura de esos procesos, construyendo un sistema totalmente cerrado, con un lenguaje totalmente abierto.

IV. Ahora lo fundamental es encontrar las mediaciones políticas y sociales para lograr hacer transcrecer un momento de resistencia en uno de alternativa. En síntesis, se busca crear un movimiento que empuje, desde la sociedad, a derrotar la política desestructuradora del poder. Que avance en la generación de una energía humana que sea como un rabo de nube que barra con todo, parafraseando a Silvio Rodríguez, radical, subversiva y plebeya que, desde el inicio, se ubique por fuera del poder del dinero, del poder del Estado y del poder de los aparatos de control social.

Si el zapatismo es, como creemos, algo nuevo y profundo, entonces será realidad la posibilidad que plantea Francoise Proust, cuando dice: “Todo presente es crítico. Todo presente es una batalla. La historia es la historia del presente... Sólo un verdadero principio puede escuchar a otros principios pasados” (F. Proust. La Ton de L'Historie).

El zapatismo representa uno de esos principios que está capacitado para dialogar, escúchese bien, dialogar, no juzgar o condenar, con esos otros principios del pasado.

Este principio que se inició un 1 de enero de 1994, hoy se lanza a la aventura de convocar a la digna rabia que se expresa en el mundo y en el país. En lo que desde mi punto de vista es el punto más alto al que ha llegado la construcción de una Otra Política en México. Una otra política sin Estados rectores, sin dirección nacional ordene, sin partidos guías, sin rayitos de esperanza, sin generales ni patrones. Porque estamos hasta la madre o hasta el padre, de que alguien nos mande, nuestra Rabia tiene como insumo su insolencia y su cinismo.

Una otra política que se sintetiza en la séptima llave leída en el Zócalo, en 2001, por los compañeros del EZLN, cuando dijeron un estruendoso: Ustedes, la séptima y más importante llave, son ustedes, nos dijeron: Sí, Nosotros. Los invisibles, los insumisos, los comunes y corrientes, los de abajo, los que no somos nada ni Nadie, los que no entramos a las mesas de los grandes analistas de derecha ni de izquierda porque no entendemos los grandes temas nacionales. Los que sabemos que, más abajo que abajo, algo se está produciendo, algo está en construcción, algo se prepara. Y, entonces, las palabras sobran, los discursos son vanos, las arengas son fatuas. Una mirada, un guiño de ojo, una sonrisa, un gesto, un beso, nos dicen más. Nos dicen que, si bien, falta lo que falta, cada vez, falta menos.

28 de diciembre del 2008.

Notas:
1. Parece que al inicio del combate, en los retenes zapatistas, cada vez que llegaba Adolfo Gilly, los compas se comunicaban con la comandancia y decían: “ya llegó Guilly”. Desde entonces así se le conoce.