Documentación histórica

Mensaje grabado de Gloria Arenas (2008)

Las Cuatro Ruedas del Capitalismo: represión

Mensaje grabado de Gloria Arenas

28 de diciembre de 2008

 

Represión y movimiento

Hay muchos que dicen que es una locura resistir al sistema, pero en realidad es una locura no hacerlo”.
(Mumia Abu-Jamal)

El objetivo de la represión es inmovilizar pero, a despecho de su fuerza y del poder que la genera, el movimiento continúa. Para quienes no aceptamos la represión y sus efectos como destino, el movimiento tiene la misión de construir otro orden social que remplazará al desastre capitalista. Es ineludible para los movimientos antisistémicos enfrentar la represión, por eso necesitamos aprender de ella, no solamente soportarla. Pero no basta con eso, precisamos vencerla. Algunos puntos que debemos tomar en cuenta son los siguientes:

- La represión es inevitable pero no invencible.

- El movimiento popular es perseguido sistemáticamente.

- La represión y hegemonía son inseparables, como resistencia y contra-hegemonías

- Actualmente, la represión no puede encararse de la misma manera que en el pasado reciente.

La represión es inevitable pero no invencible

Si rechazamos la explotación, el despojo, el desprecio y la represión misma, el Estado tratará de someternos. Si nuestras luchas afectan los cimientos del capitalismo, el Estado atacará con todos los recursos que proporciona el poder. Para que la sociedad acepte esto, la ha convencido de que existe un pacto que le otorga el monopolio de la fuerza para mantener el orden y la seguridad.

Pero como se refiere al orden y la seguridad capitalistas —que no son otra cosa que hambre, desempleo, pobreza, exclusión, destrucción y saqueo, y esto es difícil de aceptar—, necesita hacernos creer que es legal la violencia del Estado aunque ésta se dirija contra cualquier intento de construir un orden y una seguridad diferentes. Aunque esa violencia se dirija contra gente inerme y pacífica.

Sucede que, cuando el sistema se ve amenazado, no distingue formas de lucha. Las reprime por igual sean pacíficas o armadas, electorales o civiles, demostrando que su función es preservar la continuidad capitalista, independientemente de cómo se llame su forma de gobierno: dictadura o democracia. Si enfrentar la represión es ineludible para todas las luchas antisistémicas, necesitamos empezar por proponernos hacerlo con éxito, ya sea desalentándola, inhibiéndola neutralizándola o venciéndola.

Si nuestra intención es eludir la represión lo más probable es que ésta nos tome desprevenidos En cambio, si una de nuestras prioridades es encararla de manera que el resultado sea el menos perjudicial para el movimiento, estaremos en condiciones de lograrlo.

El movimiento popular es perseguido sistemáticamente

La represión, en su sentido más amplio, no consiste en golpes aislados para disolver o desmovilizar momentáneamente, sino una estrategia que pretende neutralizar el movimiento popular, haciéndolo inofensivo para los intereses capitalistas. Este esquema amplio de exterminio constante toma forma de una persecución sistemática de las luchas, donde quiera que se desarrollen y en el momento en que rebasen los límites que garantizan la seguridad de las redes del poder económico y político.

La finalidad de la persecución es aniquilar las estructuras organizativas populares, así como el surgimiento de otras, destruir cualquier forma de propagación del pensamiento y ánimo transformadores.

Los alcances de la persecución-represión van más allá de la colectividad directamente golpeada, sus efectos, además de destructivos e inmediatos, son preventivos. Así, alcanzan niveles de violencia y crueldad asombrosos con fines de escarmiento. Con un mensaje disuasivo para que el terror impida que se propague el ejemplo de rebeldía. La intensidad con que se busca destruir no depende de lo que las personas hacen, sino del grado de peligro que el grupo o lucha en la que participan representa para el control político, económico e ideológico.

Obviamente, la auto-inhibición no es una opción viable para el desarrollo del movimiento popular. Cuando sucede un golpe represivo, hay quienes culpan a las víctimas, demostrando que su apuesta es por la auto-represión. Así como la persecución es sistemática, nuestra defensa también debe serlo. Esto significa que no se trata de dar respuestas aisladas, sino articuladas y constantes. No en determinados lugares o luchas, sino en todos los lugares y luchas.

Así como la represión tiene alcances disuasivos y preventivos, nuestra respuesta debe plantearse disuadir y prevenir nuevos o mayores golpes. Así como la represión genera terror paralizante, nuestra respuesta debe provocar que descubramos nuestra propia fuerza. Si la represión nos golpea, podemos transformar ese acto en un contragolpe, aunque sea pequeño. Un error frecuente del movimiento es limitarnos a recibir agresión tras agresión como una consecuencia necesaria de la lucha.

La impunidad nos es impuesta desde arriba, pero la favorecemos cuando ni siquiera intentamos que los culpables paguen los costos jurídicos, políticos y económicos de sus actos. Si permitimos los efectos de la represión en toda su magnitud, sin cerrarles el paso o sin revertirlos parcialmente, no estaríamos haciendo nada para que las cosas cambien. El movimiento tiene que proponerse, en serio, enfrentar la represión.

Un ejemplo de esto lo tenemos aquí, en México, en el zapatismo, que durante los últimos 15 años ha resistido los embates represivos con distintas iniciativas políticas, organizativas, mediáticas e ideológicas y con la respuesta participativa y organizada de las comunidades. Otro ejemplo lo tenemos en el movimiento de Oaxaca que, tras el desalojo del 14 de junio de 2006, se transformó en una insurrección pacífica popular. En Argentina, el terror de la dictadura fue enfrentado por las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, mujeres que supieron evidenciar la ilegitimidad de una dictadura muy sanguinaria de América.

En otras partes, existen movimientos que podrían servir de ejemplo. De todos ellos, podemos aprender la determinación y la organización con las que pudieron revertir la represión, transformando así a las víctimas en semillas, no sólo en el discurso, sino también en los hechos.

Represión y hegemonía son inseparables, como resistencia y contra-hegemonías

La represión no es suficiente por sí misma para controlar el movimiento popular. La continuidad del capitalismo requiere que los explotados, despojados y discriminados aceptemos esa condición. Que creamos que las cosas necesariamente deben ser así para el funcionamiento de la sociedad. Requiere convencernos de que no es posible otro sistema mejor. Requiere que convengamos en que, si las cosas no marchan del todo bien y hasta resultan injustas, cualquier cambio sería peor porque significaría el caos. Requiere que nuestra conclusión sea el clásico: “no nos queda más remedio que aguantar”.

Esta forma de pensar ha sido permeada a la sociedad, de manera que la aprendemos de nuestros padres, en la escuela, en el trabajo, en canciones y películas de la televisión, la radio y la prensa. Así, el capitalismo logra una hegemonía ideológica que constituye el mejor y más efectivo método de control, pues lo que se obtiene es la reproducción de la sumisión. Como no todas las personas acatan acríticamente la ideología dominante, existe la represión y la persecución.

Hay gobiernos que se valen más de la violencia que del control ideológico. Otros menos, pero la misión de todos es garantizar y proteger los intereses del capital. Estos dos instrumentos de control son inseparables: cuando el Estado ejerce la fuerza echa a andar también toda la maquinaria para justificarla. La televisión y la radio emiten una avalancha de comentarios aplaudiendo el uso de la represión, exigiéndola incluso, calumniando a quienes se han salido del redil de la sumisión, presentándolos como infractores de la ley.

El caso de Atenco demuestra claramente esto. Televisa y TV Azteca exigieron la entrada de la policía. Y cuando la PFP y la ASE tomaron el pueblo, estos medios justificaron las detenciones arbitrarias, la tortura, las violaciones sexuales y los asesinatos. El silencio también es importante para el control de la opinión pública. Lo que no vemos en televisión, no existe. Así, poco se sabe de las miles de niñas y jóvenes humildes asesinadas en Ciudad Juárez. No se sabe tampoco de las luchadoras y luchadores sociales desaparecidos. Para el país no existe el dolor de sus familiares, el cerco informativo lo hace invisible.

En cambio, la televisión promueve que todo México llore con el Teletón o por Silvia, también víctima de un secuestro, pero con un padre empresario cuyo dolor y reclamo de justicia han sido manipulados por los medios para fortalecer la campaña en respaldo de la militarización, la pena de muerte y la violación de derechos humanos.

Para romper el cerco informativo y contrarrestar las campañas de desprestigio, el movimiento popular cuenta con diversos medios alternativos y grupos culturales, pero aún no hemos llenado el vacío que existe en materia de difusión e información. Esto se debe, en parte, a la dificultad de competir en audiencia e impacto con los medios masivos de comunicación. Pero también se debe a que aún son pocas las organizaciones que enfrentan el binomio represión-calumnia con el binomio lucha e información. Aún no damos suficiente importancia a ésta ultima ni a emprender una estrategia política capaz de romper la hegemonía del Estado.

En 2006, el movimiento de Oaxaca dio una muestra del poder de las contra-hegemonías y de su eficacia para enfrentar la represión. Desde un inicio del movimiento, el magisterio instaló Radio Plantón que, el 14 de junio, transmitió en vivo el ataque de la policía hasta que el transmisor fue destruido. A sólo unas horas del desalojo, el Plantón fue reinstalado. Esta vez, con un respaldo popular sin precedentes. A partir de ese momento, el pueblo oaxaqueño se empoderó de los medios. Radio Universidad y Radio Plantón mantuvieron sus micrófonos abiertos al movimiento. Pero eso no fue todo: la toma de doce radiodifusoras y del canal estatal de televisión, jugaron un papel determinante, pues la voz de la APPO llegó a toda la población. Como respuesta, ésta acudía continuamente a expresar sus agravios, su apoyo y sus opiniones.

El movimiento realizó sus propios programas y entrevistas. El pueblo de Oaxaca entendió la importancia que tenía contar con una forma de comunicación y difusión masiva. Es muy ilustrativo que cuando las radiodifusoras y antenas eran atacadas a balazos por pistoleros del gobernador, la gente acudía a defenderlas. A través de las radiodifusoras tomadas, se avisaba por dónde circulaban las caravanas del terror integradas por matones. Se daba su ubicación y rumbo, y la población salía a las calles a instalar barricadas para cerrarles el paso. Por la radio se avisaba en qué lugar el movimiento estaba siendo atacado y la gente acudía a defenderlo.

El saldo de la represión a la insurrección popular pacífica de Oaxaca fue de 90 desaparecidos, 26 asesinados y cientos de encarcelados y encarceladas. Durante seis meses, el movimiento enfrentó constantes agresiones armadas de pistoleros, paramilitares y policías. Seguramente, las víctimas de la represión hubieran sido más numerosas, sin la toma de los medios. Finalmente, la APPO resistió el ataque de la marina, el ejército y la PFP. Además, combatió con bastante éxito la campaña mediática en su contra.

El legado del movimiento de Oaxaca aún no ha sido estudiado suficientemente, pero una de sus principales enseñanzas fue que es determinante tener un medio de comunicación capaz de llegar a la población en general. Que el pueblo puede manejar los transmisores, hablar al micrófono y realizar programas diversos. Que la radio y la televisión pueden utilizarse para enfrentar la represión.

Actualmente, la represión no puede encararse de la misma manera que en el pasado reciente

El control de la población y de los movimientos sociales, a través de los aparatos represivos e ideológicos del Estado, viene de tiempos antiguos, pero toma distintos matices según el lugar y la época. Las formas específicas de control no son las mismas de hace 70 años, ni siquiera las mismas de hace diez. El movimiento tiene que aprender de su pasado, pero también tiene que desarrollar e innovar sus métodos de resistencia, de defensa y de respuestas, si queremos ser funcionales.

Una cuestión que se ha ido modificando con el tiempo es el punto en torno al cual giran las campañas ideológicas contra el movimiento. Estas modificaciones se han dado en concordancia con las prioridades del poder económico y político global. Y siempre tienen como finalidad el control a través del temor. Durante la guerra fría, la estrategia ideológica del Estado era guiada por el anticomunismo. En la década de los 90, se centró en crear miedo a un supuesto terrorismo mundial, enemigo de la civilización. Actualmente, persiste el antiterrorismo como argucia, pero se ha agregado otro ingrediente: el de la inseguridad y la lucha contra la delincuencia.

Con la falacia del combate al terrorismo y a la inseguridad se hace aceptar a la sociedad un control cada vez más autoritario, y un retroceso en materia de derechos humanos y libertades civiles. La migración y la lucha social han sido criminalizadas en todo el mundo. Los países ricos construyen muros y cercos que los separan de los países pobres. Algunos —como México— se han militarizado, se endurecen las condiciones de prisión y las penas impuestas. Se crean leyes violatorias de derechos y libertades conquistados.

Una segunda cuestión que requiere que la encaremos de manera distinta son las campañas mediáticas contra el movimiento popular. Históricamente, los medios de comunicación han sido fundamentales para la manipulación de la opinión pública. Pero, en especial, la televisión y la radio han llegado a ser decisivas. Se caracterizan por un alto impacto visual y auditivo que se introduce a todos los hogares, llega a todas las clases sociales y a personas de todas las edades y culturas.

Actualmente, los intereses del Estado y de los consorcios de la radio y la televisión son los mismos. Ahora, los Estados no son otra cosa que gerencias locales que tienen la función de asegurar las mayores ganancias al capital global. Son los grandes monopolios transnacionales los que imponen las políticas de gobierno en cada país, imponen incluso a los gobernantes. Como el capitalismo profundiza la miseria de la mayoría de la humanidad y la destrucción de los recursos del planeta, le es imprescindible crear el consenso social que permita semejante absurdo.

Para lograrlo, no hay nada mejor que los medios electrónicos de comunicación. Es en este contexto, que el poder de las empresas de radio y televisión ha alcanzado niveles superiores al de los gobiernos. La clase política los necesita, pero también les temen y se supeditan. Así, los medios masivos de comunicación participan del poder del Estado y son decisivos para el funcionamiento de la represión. Los movimientos sociales deben tomar en cuenta esto y tomar en serio la creación de contra-hegemonías.

Una tercera cuestión que ha adoptado nuevos matices y que requiere de nuevas formas de respuesta es el paramilitarismo. No es ninguna novedad que el Estado se apoye en bandas delincuenciales, en pistoleros y paramilitares para reprimir el movimiento popular y para controlar —por medio del terror— a la población en conjunto. Enrique Condés Lara en su obra Represión y Rebelión en México hace la siguiente afirmación: “Los grupos que emergieron triunfantes de la Revolución Mexicana asignaron a las policías funciones de vigilancia, control y contención de la vida y comportamiento de la población, más que de prevención del delito, investigación de las infracciones a las leyes y procuración de justicia. Históricamente, han sido organismos parasitarios y hostiles a la sociedad. En tanto sirvieron a los propósitos enunciados, los gobiernos les permitieron hacer y deshacer. Solapan sus abusos, les otorgan una cierta —pero muy valiosa— patente de corzo que es la impunidad”.

Más adelante, el historiador hace una relación de casos que ejemplifican la alianza entre policías, ejército y malhechores. Entre otras, menciona a la Banda del Automóvil Gris. Su jefe —capturado en 1915— resultó ser el gobernador militar de la Ciudad de México. En enero de 1938, se descubrió que el capitán Huesca de la Fuente (director de la policía de narcóticos del departamento de Salubridad) era uno de los principales traficantes de heroína en la ciudad. Manuel Suárez Domínguez —jefe de la Policía Judicial Federal de 1958 a 1962—, quien jugara un papel importante en la detención de los líderes ferrocarrileros en 1959, y luego fuera jefe de la policía del Estado de Veracruz, también resultó traficante de heroína. Francisco Sahagún Vaca —jefe de la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia y una de las cabezas principales de la Brigada Blanca— fue responsable del asesinato de trece narcotraficantes colombianos a quienes obligaba a asaltar bancos y a entregarle el botín, sus cuerpos fueron hallados en el río Tula y presentaban huellas de tortura.

José Antonio Zorrilla Pérez (último director de la Federal de Seguridad) otorgaba credenciales de la DFS, con su firma, a narcotraficantes. Escoltas personales de Javier Coello Trejo —subprocurador antinarcóticos de la PGR— fueron los autores de decenas de violaciones a mujeres en el sur de la Ciudad de México, en 1989. Juan José Esparragoza (en la actualidad una de las cabezas del narcotráfico) fue agente de la DFS en los años 60. Pieza clave de la estructura del narcotráfico en Morelos fue (hasta abril de 2004) Agustín Montiel López, coordinador de la Policía Ministerial del estado, antiguo subsecretario de Seguridad Pública y director de Prevención y Readaptación Social de Guerrero.

Actualmente, testigos protegidos y ex funcionarios señalan a altos mandos de la PFP y de la PGR como responsables de vender información y protección a los cárteles del narcotráfico. La diferencia entre la alianza y tolerancia de las bandas delincuenciales de antaño, con respecto al presente, es que se ha profundizado hasta convertirse en una relación simbiótica, en la que cada una de las partes necesita de la otra para sobrevivir. La delincuencia organizada participa ya del poder del Estado y se ha convertido en uno de sus instrumentos represivos.

Las pugnas entre cárteles se reflejan en las altas esferas de gobierno. Las policías simulan combatir el narcotráfico mientras, en realidad, realizan acciones para debilitar al cártel contrario y fortalecer a sus aliados. Cuando el señor Martí (padre de un adolescente secuestrado y asesinado) apremió a las autoridades responsables de la seguridad con el reclamo: “si no pueden, renuncien”, no tomó en cuenta que en realidad no es que no puedan, sino que no quieren.

Haciendo uso del poder del Estado, las mafias han extendido sus negocios en el país, en el continente y en Europa. Han diversificado sus actividades abarcando, además del tráfico de narcóticos, la pornografía infantil, la trata de mujeres y menores de edad, la extorsión, el secuestro y la venta de seguridad. Pero hay algo más, los cuerpos operativos de los cárteles funcionan ya como paramilitares y atacan al movimiento popular. En algunas partes del país, la policía hace aprehensiones, pero en vez de presentar a los detenidos ante la autoridad competente, se los entrega a los pistoleros de algún cártel. En otras ocasiones, son los sicarios quienes realizan las detenciones o “levantones”, para entregar después a las víctimas a la policía.

De esta manera, el Estado ha encontrado, en las mafias, a los cuerpos paramilitares más poderosos, pues se trata de grupos con entrenamiento y experiencia militar, con alta capacidad de fuego, con poder económico, con amplia estructura organizativa y con base social en sus zonas de influencia. El Estado no es una entidad ajena en el conflicto entre sociedad y crimen organizado. Es parte de él, pero no del lado de la sociedad —como se supone debiera suceder—, sino al lado de los malhechores que le sirven para atacar al movimiento social y controlar la vida de la población.

Esto significa una verdadera guerra contra el pueblo, que el movimiento se ve precisado a enfrentar. El éxito está en la medida de que podamos articular una respuesta política organizada, acorde con la magnitud del problema. Son varios los retos del movimiento popular. Uno de ellos es enfrentar la represión de manera que no logre inmovilizarnos. Como vimos, existen diversos ejemplos de que esto es posible.

Gloria Arenas Agís, desde el reclusorio de Ecatepec, a 28 de diciembre de 2008.