CNI-CIG

Desafiar y derrotar al monstruo. (2007)

Cucapá, el Mayor, México

El Mayor. 10 de abril de 2007.

(Cuento contado el 10 de abril del 2007, en la comunidad indígena Cucapá de El Mayor, Baja California, México).

 

Hace unos meses, cuando el mes de diciembre se dejaba caer en las hojas del calendario y enero amanecía frío de incertidumbres, subí a nuestras montañas en busca en nuestros muertos que viven, aquellos hombres y mujeres a quienes llamamos “Los Vigilantes”, para preguntarle a su corazón qué es lo que nuestro paso había encontrado abajo, pero a muchas lunas de camino de nuestro suelo.

Habíamos visto y escuchado el dolor del Cucapá, el Kiliwa había hecho palabra el sufrimiento de su gente, y el Kumiai había hablado una injusticia matando su territorio. Muchas preguntas llenaban de borrones el maltrecho cuaderno del apunte primero del sexto camino del zapatista.

Callaron largo rato Los Vigilantes. Mientras la noche se abundó en sus sonidos y un silencio como campanada anunció la madrugada.

Habló entonces el más viejo, el más primero de Los Vigilantes, y así me dijo:

“Hay, por el rumbo por donde el sol camina y la estrella de arriba manda en el cielo, gente que creada fue del humo, y de los sueños de los dioses fue nacida.

Cuentan sus mayores de esta gente, que en el principio el mundo era agua y oscuridad, como una sombra húmeda, como un vientre en el que los dos dioses primeros se estaban.

Se dieron estos dioses en fumar tabaco y, con el humo como fuerza, se salieron al mundo cuando el mundo no era mundo todavía.

El uno veía, el otro era ciego.

Orden dieron estos dioses a las hormigas para que movieran la tierra y la separaran de las aguas.

Los dos dioses esperaron a que la tierra se secara, y después empezaron a hacer a todos los hombres y mujeres del mundo de una vez. Hicieron a los indígenas, a los mexicanos, a los chinos, a los americanos.

Uno de los dioses, el que veía, hacía a los hombres y mujeres a la carrera, sin pensar siquiera y sin cuidado. El otro, el dios ciego, con calma iba haciendo su trabajo y como no veía, hacía a los hombres y mujeres de acuerdo a sus sueños y al humo del tabaco de fumaba. Así fue que este dios hizo a los Cucapás.

De sueños y humo los hizo. Buenos los hizo.

No tenían ojos los primeros hombres y mujeres. El dios que veía dijo de ponerle los ojos en los dedos de los pies. Diez ojos tendrían los primeros hombres y mujeres. Pero el dios ciego pensó que es mala idea, porque al caminar se iban a llenar los ojos de lodo y polvo, y se iban a lastimar. Y pensó que es mejor en la cabeza, y que es mejor dos ojos, por si uno se lastima entonces puede ver en con el otro.

Entonces el Cucapá fue bien hecho, cabal lo hicieron, con sus dos ojos.

Pero de balde estaban los ojos porque todo estaba oscuro y nada se veía.

Entonces el dios que sí veía quiso hacer el sol, pero como de por sí hacía las cosas a la carrera y sin cuidado, le salió muy pequeño y con la luz muy débil, como desmayada. Como que no alcanzaba a llenar de luz el mundo aquel primer sol.

Entonces el dios ciego soñó que no está bueno así, y empezó a hacer otro sol, poco a poco, primero una parte y luego otra parte, y así hasta terminar. Ya que lo tuvo completo, lo aventó al cielo de modo que empezara su camino en un lado y lo terminara en otro.

Y “Este” le llamó a donde empezaba su camino el sol, y “oeste” a donde terminaba.

Y el dios que sí veía se puso bravo porque lo miró que está más bueno el sol que hizo el dios ciego, y se encabronó como quien dice, y lo fue a tirar a la basura el sol que él había hecho muy pequeñito y pálido.

Y el dios ciego le dijo que no sirve que hace así, que de por sí tenía su trabajo ese sol pequeñito y lo agarró y lo aventó por el mismo camino del Sol grande, pero más después.

Y le llamó “luna” y así los hombres y mujeres supieron como medir el día y la noche, y los meses y las estaciones.

Se fue después el dios ciego, enojado por las muchas travesuras que hacia el dios que sí veía. Y solito se quedó el dios que sí veía, y él les enseñó a los hombres y mujeres a hablar y a vivir.

Y trajo muchas cosas y las repartió cabal entre todos los hombres y mujeres que eran como niños y niñas, porque el mundo estaba joven todavía y era como un pichito que ni caminar sabe. Y los niños americanos y mexicanos mucho lloraban porque querían todo para ellos, y los niños Cucapás se fastidiaron de oír la chilladera de los americanos y mexicanos, y entonces le dijeron al dios que sí veía que les diera todo a los mexicanos y a los americanos para que se callaran.

Así el hizo el dios que sí veía, pero para que no quedaran sin nada, les dio a los Cucapás arcos y flechas, redes para pescar, y tabaco para que tuvieran buenos sueños.

Y cuentan los mayores que los Cucapás tienen bueno el sueño y que así se llamaba antes lo que ahora se llama dignidad.

Y cuentan que hay un lugar en la tierra del Cucapá que se llama “Cerro del Águila”.

Y que fue ahí, cerca de la comunidad indígena de El Mayor, donde el monstruo fue desafiado por un joven y derrotado por una mujer, los dos del linaje de los Cucapás.

Y cuentan que así fue como pasó:

En el Wí Shpa, el Cerro del Águila, allá en la comunidad de El Mayor indígena, vivía una señora tía Cucapá y un su sobrino Cucapá.

En ese entonces todo era muy grande, los indígenas eran como gigantes.

No habían llegado los mexicanos ni los gringos, sólo los indígenas vivían esas tierras.

No había mar ni Río Colorado, todo era tierra al pie del Cerro del Águila.

Vivían también en ese entonces muchos monstruos gigantes en el mundo. Y el más grande, el más horrible y el más malo de todos vivía la sur del Cerro del Águila. Y todos le tenían mucho miedo. Y los Cucapás no podían ir por los borregos, los venados y las gallinas de monte para criar y comer en sus casas.

Entonces el sobrino Cucapá soñó que él iba a matar al monstruo que le hacía tanto daño a su gente. Y entonces fue con su tía Cucapá y le dijo que ya viene luego, que va a ir a matar al monstruo, que no tarda, que luego viene para que no esté con pendiente.

Y la tía Cucapá se puso triste primero, pero luego se puso brava, y bien que lo regañó al sobrino Cucapá. Que si estaba loco, le dijo, que si no sabía que el monstruo era muy terrible y que seguro se lo iba a empacar de una sola mordida.

Pero el sobrino Cucapá no muy le hizo caso, porque tenía su arpón para pescar, y su red, y su arco y sus flechas, y su plumero de plumas de águila, y su brazalete.

Y de madrugada, cuando la tía Cucapá estaba dormida, se fue el sobrino Cucapá a matar al monstruo, y se llevó un su perrito pinto que tenía, muy bonitillo el perrito.

Y se fueron, y tardaron caminando hacia el sur, pura tierra había. Y luego pues encontraron al monstruo que estaba bien dormido, y cuando roncaba temblaba la tierra.

Y ahí el sobrino Cucapá lo miró que el monstruo tenía un huevo, que sea un testículo, de color azul, y el otro lo tenía de color colorado.

Y el sobrino Cucapá se acercó despacito al monstruo y lo picó en sus huevos, que sea en sus testículos.

Y ahí nomás empezó a salir un chorro de agua de los hoyos que hizo el arpón del sobrino Cucapá en cada uno de los testículos del monstruo.

Y de un lado salía agua azul y se hizo el mar, ése que se ahora se llama Golfo de California.

Y del otro testículo salía agua colorada y se hizo el río que se llama Río Colorado.

Pero el monstruo no murió, sino que se encabronó porque mucho le dolían sus huevos, que sea sus testículos. Y lo empezó a perseguir al sobrino Cucapá para zampárselo de una mordida.

Y el monstruo de por sí era feo, pero encabronado era más feo todavía, y ahora sí que, como quién dice, si le entró su miedo al sobrino Cucapá y se echó a correr junto con su perrito pinto.

Y se corrieron para el Cerro del Águila.

Y el monstruo los persiguió y así el mar se fue metiendo en la tierra, por el agua azul que iba echando de su testículo azul el monstruo.

Y cada tanto, el sobrino Cucapá iba dejando cosas, como el arpón, la red, el arco y las flechas, el plumero, el brazalete, para detener al monstruo que lo perseguía. Pero el monstruo sólo un ratito se detenía y se seguía en la persecución. Y el sobrino Cucapá hasta dejó al perrito pinto para detener al monstruo, pero no se detuvo el monstruo.

Y entonces el sobrino Cucapá ya está muy desmayado porque se cansó de la corredera y siente que ya lo va a alcanzar al monstruo. Y entonces lo llama a la tia Cucapá.

Salió la tía Cucapá a ver qué pasa y lo regañó al sobrino Cucapá, pero lo miró que el monstruo viene y lo va a comer a su sobrino Cucapá.

Entonces la tía Cucapá se puso brava y se encabronó por lo que va a hacer el monstruo, y se sacó una bola de cerilla de la oreja y se hizo una piedra bien dura y lo aventó a la cabeza del monstruo, pero sólo lo atarantó.

Y entonces sacó más cerilla de la oreja y se hizo otra piedra, y lo aventó al monstruo y ahora sí lo mató de una vez.”

El Vigilante más primero de todos, se puso silencio y prendió un su cigarro. Luego me dijo: “Vayan al norte, por donde el sol duerme. Vayan a El Mayor y al Río Colorado. Busquen al Cucapá. Sus jóvenes les ayudarán a desafiar al monstruo y sus mujeres les ayudaran a derrotarlo”.

Así nos contestaron Los Vigilantes la historia del Cucapá. Así nos dijeron.

Por eso hemos regresado a estas tierras.

Porque queremos su ayuda para desafiar al monstruo, porque necesitamos su apoyo para derrotarlo…

Muchas gracias.

 

Subcomandante Insurgente Marcos.

10 de abril del 2007.

Comunidad indígena Cucapá de El Mayor, Baja California, México.