¿Qué es el zapatismo?

Etica, política y zapatismo. Francisco López Bárcenas. (2005)

La Jornada. Sábado 9 de julio de 2005

La Sexta Declaración de la Selva Lacandona emitida por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional ha desatado una serie de opiniones en pro y en contra, muchas marcadas por una confusión sobre su contenido y alcance, así como por la coyuntura nacional e internacional en que se dio a conocer el documento. Algunos creen haber visto en ella el abandono de la lucha armada por el ejército guerrillero para pasar a la vida civil, al grado que el mismo Presidente de la República se puso a las órdenes del subcomandante insurgente Marcos; otros piensan que nada hay de novedad en la propuesta, pues la idea de un Congreso Constituyente que redacte y apruebe una nueva Constitución Política para el país viene desde la Convención Nacional Democrática de agosto de 1994, aquel primer encuentro del zapatismo con la sociedad civil, después de los diálogos de catedral. Unos más opinan que se trata de una maniobra defensiva después de que Bancomer cancelara las cuentas de Enlace Civil con los recursos destinados a las comunidades zapatistas y el Ejército Mexicano intentara cerrar más el cerco sobre ellos con el argumento de que en su territorio se había descubierto mariguana, y no faltan quienes ven en ella una forma de hacerse visibles en una época dominada por la mercadotecnia electoral.

Las anteriores opiniones, y otras más que sin duda existen, tienen como trasfondo también las posiciones de los opinadores, y sus expresiones obedecen en mucho a lo que quisieran que sucediera, aunque no sea ese el interés del grupo rebelde. En mi caso me quedo con dos aspectos del documento que me parecen muy importantes: la ética del discurso zapatista y la congruencia del mismo, dos elementos tan distantes de la práctica de la clase política tradicional que muchos ya hasta se han olvidado de ellos. Ambos provienen de su congruencia entre el decir y el hacer, por un lado, y entre su práctica cotidiana y su estrategia política, por otro. Ese, a mi juicio, es el valor que más aprecia la gente, el que les granjea tanta aceptación popular hasta en sectores que, aunque no lo dicen públicamente, se ven reflejados en ellos.

A quienes les parece anacrónico el llamado a impulsar una campaña nacional por una nueva forma de hacer política, o proclamar que el movimiento indígena sólo puede avanzar si se une a los obreros, los campesinos, los estudiantes y otros sectores excluidos, arguyen que este fue el discurso que permeó los primeros encuentros con la sociedad civil. Y es cierto, pero eso no quita su novedad a la propuesta, por muchas razones. La primera, porque en la construcción de alianzas con el zapatismo sólo prosperó la tejida con el movimiento indígena y, en segundo, porque las demandas que le dan forma siguen vigentes. Pero, más que eso, la novedad sigue estando en apostar por una nueva forma de hacer política, donde la gente sea tomada en cuenta y los programas de lucha se armen con base en sus necesidades más apremiantes, que unidas a las de otros sectores darán el programa de lucha nacional; donde se dejen atrás y para siempre los viejos métodos corporativos de organización, lo mismo que las ideas de comenzar luchando en nombre de la gente para después escalar sobre sus espaldas en pos de algún puesto político con qué cobrarse la militancia.

De igual manera, a muchos puede parecer que la idea de un Congreso Constituyente no sea nada novedosa, y menos revolucionaria, pero es la tendencia para lograr transformaciones sociales profundas en América Latina y tiene su justificación en la necesidad de un amplio diálogo nacional en el que se discutan los grandes problemas y se pueda construir un consenso sobre la forma que debe asumir nuestro país para seguir siendo; para que los ciudadanos nos sintamos parte de él no sólo por haber nacido en su territorio sino porque ofrece condiciones de vida dignas para todos. Esa es una tarea profunda que no puede dejarse sólo a la actual clase política, porque corremos el riesgo de seguir caminando sin rumbo. Por el contrario, se trata de generar un proceso de diálogo y construcción de caminos para el futuro. Estamos hablando de tareas que seguramente serán largas y con muchos obstáculos. Pero peor es no caminar, o seguir como hasta ahora: sin conocer el rumbo y sin certeza de dónde iremos a parar. Esa es una propuesta zapatista bastante añeja, pero en eso se encuentra su novedad. Y en eso reside también su ética política.


Fuente: La Jornada. http://www.jornada.unam.mx/2005/jul05/050709/019a1pol.php