Documentación histórica

La tercera marcha sobre San Cristóbal (1996)

Jaime Avilés

Enviado, San Cristóbal de Las Casas, Chis., 7 de enero.- 4 Dentro de muchos años, los historiadores podrán informar con absoluta certeza que Marcos se acostó a dormir el domingo 7 de enero de 1996, a las siete de la mañana, porque después de una noche de caminata necesitaba estar fresco para marchar por tercera vez sobre la coleta ciudad de San Cristóbal. Y dirán también, sin dudarlo un momento, que mientras Marcos reposaba en una hamaca muy cerca de La Realidad, pero también muy en las alturas, un zopilote se estrelló contra el fuselaje del helicóptero en que volaban un viejo obispo y un viejo poeta, para encontrarse con el exhausto jefe de los rebeldes.
Ocurrió así. A las dos de la mañana, sobre el cuartel del Ejército Mexicano en el paraje de Rancho Nuevo, había una densa neblina que llenaba el cielo y se untaba a las montañas boscosas que hay entre San Cristóbal y Teopisca. Siete horas más tarde, mientras Marcos se internaba apenas en el territorio más hondo del sueño, el obispo don Samuel Ruiz y el maestro Juan Bañuelos --acompañados de un hombre que tuvo la desgracia de enviudar hace tres años y quedó solo en el mundo con sus tres hijas-- recibieron una pésima noticia: era imposible alzar el vuelo. La bruma que flotaba sobre el helipuerto era intransitable. Así que poeta y obispo, seguidos por el viudo y otros legisladores, se vieron obligados a tomar un coche y dirigirse a toda máquina a Comitán.
Allí abordaron por fin un helicóptero y se fugaron rumbo al cielo con la brújula apuntada al castigado pueblo de Guadalupe Tepeyac, donde hoy no vive nadie porque el gobierno no lo perdona. Pero a los pocos minutos de ascender --en aquella región hacía calor, el sol era húmedo y esplendoroso-- el helicóptero se arrimó a unos pájaros que volaban al garete, con la panza llena de carne podrida, y uno se ensartó entre las aspas del rotor y salió disparado, como un obús de plumas negras y hediondas, contra el fuselaje. El diputado Jaime Martínez Veloz, que así lo cuenta, dice que el helicóptero se agachó y se fue de lado, como si anduviese engreído por algo que le hubiese dado una mujer, y que luego, afortunadamente, recobró la compostura. Es más, descendió en Guadalupe Tepeyac, donde ya aguardaban las camionetas de la Cocopa y de la Conai.
Don Samuel subió a la suya, contristado porque las señales del cielo parecían adversas --y cómo no: primero la demora, después el encontronazo con el ave que se nutre de la muerte-- y ya ordenaba a su chofer que partiera cuando, entre las desmayadas hojas amarillas que ocultan de la vista el injustificable campamento del Ejército Mexicano en el Aguascalientes original, surgió un oficial de alto rango con un recado para el obispo. Y es que el señor Arturo Núñez, tabasqueño subsecretario de Gobernación, deseaba transmitirle un mensaje urgente.
Los diarios de la mañana publicaban que un sector del gobierno se negaba a garantizar la seguridad del Sup, y el señor Núñez quería aclararle que no era cierto. Pero cuando el obispo suspiró con alivio, Clinton se espinó la mano.
Clinton, acorralado
Clinton, hay que decirlo, es un niño maravilloso de cuatro años, que si el mundo se descuida llegaría a ser un ídolo como Pedro Infante.
Valga aclarar que Clinton es hijo de una familia de tojolabales zapatistas, que en 1991, cuando George Bush cayó ante el actual presidente de Estados Unidos, decidieron darle ese nombre al recién nacido porque significaba para ellos una esperanza. Así que Clinton fue extraído del vientre de su madre y depositado en una cabaña de La Realidad gracias a la sabiduría de su abuelita, que es la comadrona oficial del pueblo y que nada más en diciembre ayudó a nacer a otras seis criaturas, entre ellas su nieta Evelyn Josefina, que esta mañana bostezaba arropada como un tamal o como un chícharo solitario en la gigantesca vaina de una hamaca de hilo. Hermann Bellinghausen y yo habíamos viajado toda la noche desde San Cristóbal para llegar antes que nadie a La Realidad. Eran las seis y cuarto; el cielo aún permanecía enlodado por la fría luz de la luna que había convocado largas horas a todos los bichos de la selva --conejos que huían del camino, víboras que eran un éxtasis aplastadas por las llantas del jeep--, aunque había ya un ojal de luz en el telón de las sombras, y de pronto el viento ensanchó el agujero para que se desbordara la mañana.
Entonces descubrimos que estábamos debajo de un árbol de guajes verdes, y que el palo de allá era un chicozapote, y que el prado era un festín de gallinas elegantísimas, todas cubiertas y emperifolladas con sus mejores plumas, como que era domingo, y justamente porque era domingo las lindísimas tojolabales, que siempre sonríen como si vivieran en Honolulú, estaban caminando sobre el río con sus chanclas de plástico, y sus falsas flores sobre la coronilla, y los negros y esculpidos cabellos olorosos a aceite y vaselina, y pasaron ante nosotros envueltas en sus mantones de encaje negro para llegar al templo.
La mamá de Clinton, desde hoy vieja amiga nuestra, nos llamó a tomar café en pocillos de peltre, y como perecíamos de hambre le pedimos que nos cocinara unos huevos revueltos. De modo que salió del cobertizo donde humeaba el fogón, esculcó entre la hierba y regresó con cuatro y los echó en el sartén. Pero mientras ella trajinaba con el cucharón y la cebolla, Clinton se acercó a mí, se fijó en la fotografía del gafete que me sirve para el Foro Nacional Indígena, y mirándola a sus pasmosos cuatro años, sentenció: “Vas a comer vos, éste no”, y clavó en la mica su breve uña negra y su índice flamígero cubierto de ronchas. Y yo no pude entender por qué, día tras día, ante la casa de Clinton pasan, en la mañana y en la tarde, 17 carros de asalto.
Los arcos del triunfo
Eran las diez o quizá las nueve de la mañana --no lo sé, llevaba más de 30 horas sin dormir-- cuando llegaron los destartalados microbuses que la Cocopa contrató para traer a los periodistas, a 80 pesos y sin un sandwich siquiera. De pronto, de un armatoste se apeó un sujeto de aspecto indudable. Su gafete oficial ostentaba el número 122 y había sido expedido --o falsificado-- a nombre de Daniel Solís, pero no especificaba el nombre del diario o la revista que lo mandaba hasta acá. El tipo, además de fornido y visiblemente entrenado para afrontar misiones peligrosas, gastado un sombrero y una camisola de pianista de salsa, portaba un misterioso maletín. Los hombres de la comunidad lo detectaron de inmediato, le quitaron el gafete y le pusieron, con pavor, los ojos encima.
A las doce y media, cuando todos los hombres y todas las mujeres del pueblo formaron un círculo para entregar al Sup a los designios fatales de la vida --para esto, ya habían entrado en escena el obispo, el poeta, un ex rector de la UNAM y los legisladores de la Cocopa--, el sospechoso se vio de pronto rodeado por tres campesinos, como si fuese un centro delantero en espera del corner, y ya no lo dejaron moverse de ahí. Marcos apareció en el extremo del camino. Venía muy serio, traía su fusil automático, su pistola al cinto, sus cananas repletas de balas, y desde lejos, a buena distancia de los periodistas, alzó las armas para mostrarlas y dejarnos entrever que lo rodeaba su escolta con diez o doce combatientes equipados con las herramientas de pólvora y de fuego que ameritaba la ocasión.
Flanqueado por don Samuel y don Juan Bañuelos, el Sup entregó los fierros al pequeño mayor Moisés. Luego, una por una, se fue sacando las balas y después echó a caminar hacia nosotros. Al llegar a donde estábamos, el obispo certificó que al despojarse de las armas el Sup se acogía a la Ley para el Diálogo y la Pacificación, y sonrió cuando el subcomandante le preguntó con una seriedad desconocida: “¿Quiere que me registren?” “Por favor, no es necesario”. Entonces, porque no había un verdadero esquema de seguridad, el trío se encaminó hacia los vehículos y reporteros y fotógrafos se abalanzaron sobre el jefe zapatista, mientras los fortachones de la Cruz Roja remaban contra la estúpida turbamulta. Marcos avanzaba muy serio, los ojos ni tristes ni alegres, sino desamparados, como los de un mártir dispuesto, pese a todo, a recibir el flashazo de la foto final.
En medio de ese desorden, el maestro Bañuelos nos avisó, a Hermann y a mí, que Marcos nos invitaba a viajar con él en la camioneta. Luego hubo un forcejeo aún más feroz, volaron codazos, mentadas y empujones.
El Sup fue embutido en el vehículo y tras él treparon el obispo, el poeta y dos funcionarios de la Cruz Roja Internacional. Pero Marcos se había puesto junto a la ventana y le dijeron que no. Así que intercambió su puesto con don Samuel porque le correspondía sentarse en el centro. Y estábamos nosotros por subirnos cuando nos dijeron que el reglamento de la Cruz Roja Internacional prohibía que los periodistas fuesen escudos humanos, y sabiendo que era inútil, apelando al maestro Bañuelos, argumenté que en realidad se trataba de un encuentro de escritores sobre ruedas. Pero de nada sirvió.
El convoy estaba poniéndose en movimiento; los lugares de cada camioneta y de cada camión iban repletos y por un instante creí que nos quedaríamos tirados en La Realidad, mientras la realidad que pensábamos contar escapaba de la manera más absurda.
Por alguna caritativa razón, la camioneta de la Cocopa, situada frente al jeep de Marcos, se detuvo milagrosamente para recogernos. No me interesa contar lo que sucedió a partir de entonces, porque Hermann lo hará mejor. Sólo diré que al pasar ante los campamentos de Guadalupe Tepeyac vi soldados que se asomaban a copiar los números de las placas; que más adelante, en la punta de un risco, había cuatro militares con sus cámaras, que a la hora de disparar se llevaron un chasco, pues el camino estaba seco y las llantas levantaban una soberbia polvareda. Y diré también que en el siguiente pueblo todos los niños estaban formados a la orilla y que gritaron “¡viva el EZLN!” con una decisión que arrancó las lágrimas. Y por último diré que de pronto, desde las entrañas de la selva, se levantó como un puente el arcoiris más imponente que veré en el mundo (tenía un kilómetro de espesor) y dentro del coche nos empezamos a reír. No sólo porque era el mejor augurio posible, sino porque el jefe del operativo de seguridad iba diciéndoles a todos los choferes por woki-toki: “¡Aguas! !Vaca a la derecha, hoyo a la izquierda, chuchos (perros) en la bajada!” Y una hora más tarde: “Por favor, por favor, ¡atraviesen sus camionetas!”
Al ver que la nave capitana derrapaba, frenaba, apagaba el motor y saltaban a tierra sus ocupantes, me despedí de todos y de mí mismo.
Pero muy pronto volvía a respirar. No era el ataque de la muerte, sino una simple escala técnica para bajar a hacer pipí. Marcos se dirigió al coche donde iba el ex rector de la UNAM y le estrechó la mano antes de esconderse detrás de su arbolito. Luego volvió y le pedí una declaración oficial respecto del arcoiris. No lo pensó mucho: “Es nuestra respuesta a las Fuerzas de Tarea Arcoiris que nos persiguen”.
Después continuamos hacia Comitán. Al cabo de cuatro horas de trayecto, mientras el diputado Martínez Veloz me contaba la desdichada muerte de su esposa, el convoy cruzaría por debajo de cinco arcoiris más --uno en Amatenango del Valle, otro en el ejido La Orquídea, otro en Betania, otro poco antes de Rancho Nuevo y uno más casi para llegar--. Entonces entramos en San Cristóbal, llegamos al ex convento de El Carmen, el jeep de Marcos se sumergió en la muchedumbre que gritaba. El Sup descendió rodeado por decenas de Aburtos potenciales y en los ojos llevaba la típica expresión de a ver a qué horas, a ver a qué horas, a ver a qué horas... Y no había un cordón de Policía Militar, porque al privar al Sup de esta mínima cortesía el gobierno quería mostrar que los superdiseños de seguridad, como los de San Andrés, no son para proteger a la gente decente del pueblo, sino a los minúsculos burócratas que forman la delegación oficial.
Muerto de fatiga, Marcos entró en la habitación que le tenían reservada, pidió que lo dejaran solo un momento y se encerró a escribir el cuento de los siete arcoiris: los seis que salieron a saludarlo en el camino y el séptimo que, dijo, está aquí, en el ex convento de El Carmen, entre sus hermanos los indios.

Fuente: La Jornada 8 de enero de 1996