Comunicados

En Jaltipan, Veracruz. (2006)

 30 de enero de 2006.

Quería terminar contándoles una historia que me platicó el Viejo Antonio; la cito de memoria y sin el reposo y el análisis pausado que da el escribirla, y ocurrió hace… en un enero, una madrugada de enero, fría, diez años antes de la toma de San Cristóbal y doce años, perdón, veintidós años antes de que llegara yo aquí frente a ustedes.

Estaba yo, me encontraba, pues, escuchando en la grabadorita una música y, en algún momento, no sé cuándo, me di cuenta de que a mis espaldas estaba el Viejo Antonio. Y sin que viniera al caso, le bajé un poco al volumen porque sabía que iba a hablar él, encendí un cigarro con doblador, doblador le decimos nosotros a la cubierta del maíz, porque no había papel para fumar, agarró tabaco del que yo fumo, se forjó un cigarrillo, lo prendió y empezó a platicar esta historia de los sueños buenos y malos.

Y decía él que en el mundo había gente mala, muy mala, que era tan mala que su maldad salía hacia fuera y empezaba a caminar como fantasma. Que cuando la gente buena tenía un sueño malo, una pesadilla, no estaba soñando su sueño, sino que estaba soñando un sueño ajeno. Y en ese sentido, decía, no hay porque tener miedo a las pesadillas porque lo que tenemos que entender es que no es nuestro sueño. Y, precisamente, era una pesadilla el mundo en el que estábamos entonces, donde como pueblos indios, no éramos mirados, ni tomados en cuenta, mucho menos escuchados. Porque donde nosotros estábamos no llegaba nada, nada, ni carreteras, ni comunicación, ni radio, ni televisión, ni nada. Ahí podía alguien nacer, crecer, morirse y nadie iba a llevar la cuenta, ni a saber ni siquiera cómo se llamaba.

Bueno, decía él, esos sueños malos, o esas pesadillas que vamos teniendo, son ajenas, son de otro que dejó escapar su sueño y nosotros, como estamos dormidos, sin darnos cuenta lo tomamos y lo metemos en nuestro sueño. Pero decía también que había sueños buenos. Algunos eran tan buenos que no los recordábamos hasta en el momento en que los empezábamos a hacer en la realidad. Y decía, por ejemplo, que había veces que soñábamos la libertad, y que a la hora que soñábamos la libertad, soñábamos al otro, y lo hablábamos y no había temor en nuestra palabra, ni había temor en nuestro oído. En nuestro sueño podíamos estar al lado del que estaba diferente sin que hubiera problema y podíamos saber que cada uno y cada cual podía ser lo que es, sin que hubiera enfrentamiento, sin que hubiera choque, sin que hubiera quien mande y quien obedece. Decía el Viejo Antonio que ese sueño se llama libertad, que a veces nos damos cuenta que lo tuvimos y a veces no. Que sólo lo vamos a recordar otra vez cuando lo conquistemos en la lucha.

Y decía también que hay sueños que es el sueño de la justicia. Y uno soñaba en la justicia: que el mundo era parejo, que era plano, que había luz en la mesa y que había alimento para la palabra. Que la gente reía y cantaba y bailaba porque el mundo estaba cabal y no había arriba ni había abajo. Y que ese sueño muy seguido lo olvidábamos la gente que somos, la gente humilde y sencilla, y que no lo íbamos a recordar otra vez hasta que lo viéramos hecho realidad.

Y decía el Viejo Antonio también, que hay veces que soñamos que somos mejores; mejores seres humanos, mejor hombre o mejor mujer, según cada quien o cada cual, y que en ese sueño uno sentía que no era perfecto pero que era mejor que el minuto anterior, que el día anterior, que el año anterior. Sentía que era más completo porque era grande su escucha para el otro, porque era buena la palabra que le regalaba al otro, porque sabía que no estaba solo y que había otro que luchaba por él, en lo mismo, en el mismo lugar, en esa tierra que estaba siendo soñada en el sueño, pero existía, como quiera, fuera de él. Y decía el Viejo Antonio, que en ese sueño donde somos mejores era tan rico el color y la música que había, que a veces se hacía una música. Decía que el sueño en que somos mejores, cuando se escapaba de nuestras cabezas, de nuestro sueño, y pasaba la vigilia cuando estábamos despiertos, era una música. Y antes de irse me dijo “el sueño de ser mejores es, en muchas veces, como la música que estabas escuchando”. Y se fue.

Quienes me entendieron lo que estoy diciendo, y lo están pensando, saben que lo que estaba escuchando era un son Jarocho. El son y el huapango fueron las dos hojas de la ventana por la que me asome primero a lo que era la música y los musiqueros, después se abrió una puerta: el rock.

Buenas noches compañeros, gracias.