Documentación histórica

Intervención de Hermann Bellinghausen. Primera mesa de la tarde. 3 de enero de 2009

Buenas tardes.

Bueno, supongo que tengo que empezar por aprovechar la oportunidad y dar las gracias al Ejército Zapatista de Liberación Nacional y a las comunidades, en fin, a los compas, entre otras cosas, porque tengo pocas oportunidades de darles las gracias, de pasarsela metiéndome en problemas; ahora el problema fue que tuve que estar de este lado cuando debía estar allá, pero... aunque no me gustan los aniversarios, los míos, porque bastantes tienen los demás... pero quiero compartir con ustedes uno que es que, por culpa de los zapatistas, hoy cumplo 15 años en Chiapas; llegué el 3 de enero del 94, vine a ver que estaba pasando y aquí sigo; todavía no se que está pasando...

Pero bueno, supongo que podría... me hubiera tocado hablar de la comunicación, del periodismo, de algo así, pero en realidad, decidí hablar de otra cosa. Voy a leer un texto, espero que no sea largo que lleva el improbable título de

“Bajo un dulce cielo de rabia azul metálica”

No sé cuántos de los presentes sepan quién fue Luis Cardoza y Aragón o hayan tenido el privilegio de leerlo. Dicho lo más brevemente posible, es el poeta más grande de Guatemala y uno de los poetas mayores del siglo XX en nuestra lengua.

Guatemalteco y mexicano a la vez y ambas cosas intensamente, fue una combinación peculiar. Guatemala, ese país doliente, luchador, maya, y a mucha honra, queda bastante cerca de aquí, aunque no lo parezca: unas tres horas en carro, pocos cientos de kilómetros al sureste de las montañas de Chiapas. Es el sureste del sureste.

Nacido en Antigua, Guatemala, Cardoza vivió la mayor parte de su larga vida en nuestro país. Primero como periodista cultural comprometido con el cardenismo de los años treinta, junto con el joven Fernando Benítez, en el entonces joven diario El Nacional que, además, no era lo que se volvió después, sino era el diario del gobierno cardenista. Cuando hubo una revolución en Guatemala, en 1948, cruzó la frontera clandestinamente, hacia su tierra y durante los únicos ocho años de democracia que ha tenido la vecina nación, la representó en la Unión Soviética y otros países.

En 1954, cuando el gobierno de Estados Unidos, concretamente la CIA, “montó” un golpe militar para defender a las transnacionales fruteras de la reforma agraria de la llamada, también, Revolución de Octubre,  Cardoza se refugió en México y murió cuarenta años después, sin haber regresado nunca más a su país.

Desde aquí, fue líder moral de la disidencia guatemalteca, que bajo la dictadura derivó en una guerra revolucionaria de treinta años, sangrienta, dolorosa, llena de errores y también de sueños que hoy, tras la paz insatisfactoria y las traiciones de los viejos luchadores, siguen vivos e insatisfechos; pero vivos, estos sueños.

Aunque siempre fue incómodo para los comunistas de su país y de la URSS, hasta quisieron liquidarlo,  Octavio Paz, quien lo envidiaba a su pesar y profundamente, lo acusaba de “estalinista”. Bueno, fue embajador en la URSS gobernada por Stalin, pero nunca trabajó para Televisa.

Como Pablo Neruda o Miguel Hernández, fue uno de los nuestros y,al menos, no escribió odas al dictador y “padrecito”. En ocasiones, quizás Cardoza se equivocó, quién que es no se equivoca, pero murió en la raya y con noventa años, siendo él mismo, un revolucionario. No fue ajeno, ciertamente, a las otras revoluciones centroamericanas en El Salvador y Nicaragua. En realidad, no fue ajeno a nada que fuera importante.

Momento, dirán ustedes: ¿a qué viene todo eso de un poeta muerto, en un festival para la digna rabia del siglo XXI? Era cosmopolita, barroco, surrealista. La verdad, no sé a qué viene. Tal vez porque Cardoza se describió a sí mismo “a la deriva en un país verde de pequeños hombres de lava oscura, más oscura contra aquel verde de variadas voces, sol rechinante y espeso y dulce cielo de rabia azul metálica”.

O tal vez porque esa tierra verde es la misma que ésta de Chiapas, donde los hombres de maíz y el color de la tierra son hermanos de aquellos  mayas color de lava y rodeados de verdaderos volcanes. También escribió: “Un pueblo pedernal y una tierra demasiado tristes, demasiado transidos de congoja y de color, sobre las cuales se unta la serpiente emplumada”.

O tal vez porque Cardoza es de esos intelectuales que ya no hay. Con genio solar y cosmopolita, fue el máximo crítico de pintura en nuestra lengua, lo que hoy es John Berger en la suya, para otro motivo de envidia de Octavio Paz.

Hizo periodismo cultural toda su vida. Reunió en la sala de su casa, en Coyoacán, a los líderes de los grupos guerrilleros guatemaltecos que habían perdido la brújula. Él fue el primero que dio asilo a una muchacha perseguida en Guatemala, llamada Rigoberta Menchú. De lo que ella haya hecho después, como figura mundial, no es culpa de Cardoza. Medio de broma, llegó a ser considerado por sus paisanos, el “presidente honorario” de la Guatemala rebelde. Él nunca quiso poder. Nunca tuvo poder. Ni lo necesitó.

En ese ejercicio inútil del “si hubiera”, muchos nos hemos preguntado todos estos años, qué hubieran dicho Julio Cortázar o Luis Cardoza de los zapatistas de Chiapas. Digo, además de sorprenderse de su inesperada existencia.

Cardoza y Aragón era profundamente mexicano. Más que muchos que nacieron aquí. Maestro e investigador en la UNAM, convivió con los intelectuales comprometidos de su tiempo y siempre supo ver el arte revolucionario mexicano. Fue un maestro del ver, otra vez, como John Berger. Educado en su amistad con Pablo Picasso y André Bretón, entendió la revolución cubana desde el primer instante sin que eso le impidiera jamás entender, también, al poeta José Lezama Lima, barroco mayor.

Otra vez, ¿a qué todo esto?

Bueno, veamos el panorama actual de la intelectualidad y los artistas en México; supongo que es  extensible este panorama, a casi cualquier otra parte del mundo capitalista y “socialista”, ese neoliberalismo con fallido rostro humano de los Miterrand y Zapateros, tan funcional al capital imperialista y tan decepcionante siempre. Apagaditos y bien becados, los intelectuales y artistas mexicanos guardan silencio en un país que hierve, se autohomenajean millonariamente, se reparten elogios y coleccionan premios.

Algunos, más “políticos” y “mediáticos”, bien pagados, son “valientes” espadachines del poder y sobre todo de la ideología capitalista. Apoyan la represión y son apóstoles de la “seguridad” y el miedo.

Odian y temen al pobrerío: estudiantes, indios, maestros, campesinos tan “impresentables” como los “macheteros” de Atenco. En sintonía con los noticieros televisivos, pueden dedicar sus revistas y simposios a insultar a gente como Hugo Chávez, Fidel Castro o Andrés Manuel López Obrador sin reparar siquiera que hay gente mucho más malos, como Bush y Cheney, o los padrinos y madrinas priístas y panistas que hacen todo por pudrir nuestro país.

Claro, se dirá, y con razón: hay otros intelectuales, otros artistas, que no se venden al dinero y la fama y el roce con el poder. Algunos de ellos están aquí. Pero son pocos, con todo respeto y lamentablemente. Necesitamos que haya más.

Y como el rock también es cultura, hay en esta mesa tres roqueros chidos, y además, del lado del pueblo y todo eso. Pero el roquito actual en México en su mayoría es un desperdicio, un vacío que vende bien, una güeva.

La onda es quedar bien. Cotizar para los premios, los homenajes nacionales, las ventas millonarias de canciones sin originalidad, de bubble-gum. Hacer arte plástico para epatar al burgués y abrirse paso a la colección Jumex o las arcas de Carlos Slim. Tienen ojos para sí mismos, no para lo que sucede a su alrededor, y, a fin de cuentas, no tienen nada qué decir. Unos dirán que se lo pierden, y sí. Pero en tiempos de cambio y definiciones, es particularmente grave y hasta criminal que se pongan al servicio, o al menos a la sombra, del poder.

Las décadas de la revolución zapatista son también las del despertar impredicho del México profundo. Esa intelectualidad “dominante” no se ha enterado que los pueblos indígenas han ganado muchas cosas, entre otras el derecho a ser poetas, pintores, académicos, comandantes por la liberación nacional, ingenieros, médicos, historiadores, camarógrafos de cine, reporteros radiales.

Los hombres de lava, del color de la tierra, han vuelto a ser sabios y libres. Allí hay algo que apenas comienza, y no sólo en México y Guatemala. También Bolivia, Ecuador, Chile, Perú, Colombia.

Julio Cortázar, Luis Cardoza y Aragón, Guillermo Bonfil, estarían aplaudiendo ahora. Hablando, hablándonos . En el mundo tenemos por fortuna a los Eduardo Galeano, José Saramago, John Berger, Arundathi Roy, pero necesitamos más. Y sobre todo, deben dejar de importunarnos e importarnos, los intelectuales y artistas “dominantes”, porque son inútiles globos inflados que acaparan los medios y las ediciones. Éllos, en su arrogante suficiencia, nos dan consejos de “cómo debería ser la izquierda”, paternalista e hipócritamente, nos recitan recetas para ser “modernos”, “civilizados” y “democráticos”. Tienen un retrato de la izquierda, de la izquierda, que será dócil al capitalismo, “realista” y gourmet. Su retrato no incluye al pueblo, ni a los pueblos indios, ni a los jóvenes con el talón en el asfalto, ni a los campesinos que han decidido salvar las semillas y recuperar los ríos y la tierra, ni a las madres dignas. Allá ellos.

En hora de inminentes cambios y no pocas intifadas, la cultura viva está en otra parte. Allí donde se está creando una vida nueva, bajo el americano y dulce cielo de rabia azul metálica.

Ustedes saben a que me refiero.

Muchas gracias.