Documentación histórica

Intervención de las compañeras de la Revista Alana, Grecia. Mesa de la tarde. 2 de enero de 2009

Kalispera sintrofises kai sintrofi

Buenas tardes compañeras y compañeros

Venimos de Grecia. Es un gran honor para nosotros y nosotras estar aquí y compartir la mesa con movimientos tan importantes. Estamos muy emocionadas, así que disculpen por los errores que seguro vamos a cometer.

Somos un pequeño colectivo, personas que desde hace años estamos participando en grupos de solidaridad a los Zapatistas, y que también ahora a través de la revista Alana, tratamos de dar a conocer en Grecia los otros caminos de hacer política que trazan las resistencias y las luchas de los pueblos de las Américas, rescatando su propia voz. Tratamos también de llevar a cabo formas de solidaridad con los movimientos con quienes mantenemos una relación directa.

Queremos pues compartir con Uds unas palabras sobre lo que pasa ahora en Grecia. No estamos aquí como representantes de la revuelta y no queremos hablar como tales. Nosotros solamente participamos en esta revuelta entre muchísimos otros colectivos y miles y miles de personas.

Aquí van pues nuestras palabras.


Estos días hemos vivido en Grecia, y seguimos viviendo, una increíble explosión de rabia social. De una rabia que estaba pendiente, como dijo alguien. De una rabia que se está acumulando a diario en personas de experiencias diferentes pero con un rasgo común: el desprecio a su trabajo y a sus sueños, la sensación de que los de arriba se están burlando de ellas, quitándoles cada vez más la esperanza de una vida mejor.

Quisieron presentar esta rabia como ciega. No, ciega es la rabia que se manifiesta en los pequeños casos de violencia que penetran la vida diaria. Ciega es la rabia de pegar a la esposa porque te han despedido, de pelear en la calle por una plaza de aparcamiento o en la cancha porque el árbitro ha sido injusto. Ciega es la rabia de insultar al empleado del banco porque no puedes insultar a su director. 

La rabia que se ha expresado y sigue expresándose en las calles de tantas ciudades, más de 50 ciudades de Grecia, es en cambio una rabia que señala sus objetivos. En todas partes hubo incendios de bancos. Los coches caros, las tiendas lujosas, los símbolos de la riqueza y del consumo ostentoso han sido el blanco. Y sobre todo la rabia se dirigió contra las fuerzas represivas. Seguro que nadie podía imaginar que los alumnos de 14, 15 años de edad, cercarían las sedes de la policía en todo el país, incluso en ciudades que no sabían lo que es una manifestación. Nadie podía imaginar que unas 800 escuelas secundarias estarían ocupadas en tan pocos días.

La rabia no fue un afán de venganza, un afán que acompañaría la explosión desesperada de los marginados y excluidos. No fue la rabia que desbordó los suburbios de París o las calles de Los Ángeles, a pesar de que en Grecia también muchos de los excluidos sintieron esta revuelta como propia. Fue quizás, una rabia que expresó, de la manera más profunda y más directa, la creciente falta de legitimidad del sistema.

El “Rambo” de la policía asesinó a un joven, a Aléxis, quien estaba con sus amigos en el centro de Atenas un sábado por la noche. Este asesinato simbolizó la sensación de injusticia absoluta y catastrófica que penetra la sociedad. Nadie, en un ningún momento, pensó que el policía pagara por este crimen. Ningún policía pagó nunca, ni por torturar a los inmigrantes en las comisarías, ni por asesinar a los manifestantes, ni por golpear a los trabajadores en huelga, ni por participar activamente en la mafia del narcotráfico o de la prostitución.

La sensación de injusticia, sin ningún tipo de garantía para su reparación, la sensación de impunidad y de clientelismo entre el poder económico y el político, es algo muy arraigado en la gente. Y el sistema, guiñando el ojo a sus súbditos, detrás de la retórica sobre la responsabilidad social, la cohesión social y el bienestar colectivo, lo que en la realidad y su práctica les está diciendo es: “tú también roba como puedas, engaña, aplasta a los demás y ya, así, podrás salir adelante”.

Los jóvenes viven esta injusticia descarada como una cruda violencia cotidiana. Su escuela, estructurada sobre todo como un mecanismo de absoluto control y disciplina, no es nada más que el cementerio de sus sueños. Lo importante es sólo aprobar los exámenes y sacar buenas notas. Y todo esto con la ilusión de que los más “capaces” van a tener éxito. Los jóvenes viven la injusticia en la frustración de esta promesa, de cada falsa promesa sobre su futuro. Por culpa de estas promesas son obligados a renunciar a la alegría de la vida, a la ternura de la solidaridad. Y los jóvenes saben, quizás mejor que sus padres, que pese a sus sacrificios pocos van a tener éxito. Y saben que para la mayoría el futuro está ya decidido. La bala que mató a Alexis, mató el escaso tiempo libre que los jóvenes tienen para vivir y para soñar.

En las universidades, la misma sensación de injusticia penetra a los y las estudiantes. La educación superior pública y gratuita se está desmantelando sistemáticamente por los ataques institucionales del neoliberalismo. La privatización y la adaptación a la lógica del mercado desprecia la educación superior rebajándola a la capacitación de personas “empleables”, sin pensamiento crítico y derechos laborales.

Hace dos años un movimiento universitario, que abarcó a las asambleas de los estudiantes y a los sindicatos de los profesores, luchó contra la reforma neoliberal. Consiguió detener la reforma de la Constitución que prohíbe terminantemente la creación de universidades privadas. Sin embargo, este año el gobierno está tratando de esquivar este mandato constitucional con el reconocimiento de las academias privadas que funcionan como franquicias de universidades extranjeras.

La injusticia ha tomado una forma más: no hay manera de que las garantías de su propio estado de derecho impidan a los dominantes a derrochar el dinero público, regalándolo a los bancos y a la Iglesia o repartiéndolo entre sí en forma de coimas,“comisiones”, como hicieron hace poco con los fondos de la Seguridad Social.

Es la sensación de injusticia la que hizo que la juventud se dirigiera a realizar actos de destrucción simbólica o real. Es la sensación de injusticia la que cercó las sedes de la policía, tumbó coches, incendió bancos e inspiró numerosos actos de protesta. Hacia esta injusticia y hacia la rabia que ella genera, los jóvenes quisieron dirigir la mirada de la sociedad. Algunos ofrecieron flores a los policías, simbolizando la distancia entre los dos mundos, otros les tiraron piedras convirtiendo esta distancia en campo de batalla. Algunos ocuparon las oficinas de la Confederación General de Trabajadores, marcando la diferencia entre los trabajadores y la dirigencia subordinada de sus sindicatos. Algunos ocuparon cadenas de la televisión y de la radio, otros colgaron pancartas en el Partenón, muchos ocuparon Ayuntamientos y universidades.

¿Se trata de una revuelta?. Sí, si en la revuelta se manifiesta de manera espontánea e impredecible la rabia acumulada. Sí, si en la revuelta se cuestiona la legitimidad de los valores dominantes de la sociedad. Sí, si en la revuelta se producen formas de acción que trascienden las válvulas de escape del sistema. Sí, si es que en la revuelta nacen formas de autogestión distintas, que expresan la crisis de la política, crisis de representación y de intervención de los miembros de la sociedad.

Estos días han nacido en Grecia un montón de formas de comunicación entre los rebeldes; un montón de formas para coordinarse, para reflexionar, para organizar colectivamente sus acciones. Desde los celulares y el internet, para la coordinación inmediata, hasta las grandes asambleas abiertas en auditorios universitarios y edificios públicos ocupados, este multifacético y acéfalo movimiento consiguió estar en todas partes. Siempre impredecible y creativo, sorprendía el aparato represivo y atraía consigo a grandes partes de la sociedad.

Pero también paría, un parto difícil y doloroso, paría sus propias formas de comunicación horizontal, de democracia directa y de diálogo político. Las firmas en los manifiestos y en las pancartas casi han desaparecido. No se trata de las plataformas y las consignas de los grupos de izquierda y anarquistas. Se trata de consignas que nacen diariamente en las calles, por anónimos y anónimas. Se trata de iniciativas sin ningún nombre o ninguno reconocible, como “vecinos de tal barrio”, “coordinadora de estudiantes”, “asamblea abierta de la tal ocupacion”. Se trata de una rabia que hasta el momento no permite su apropiación de una u otra corriente ideológica. No se trata de una revuelta de los anarquistas o de los de izquierda. Claro que participan pero las firmas desaparecen y se inventan nuevas formas de hacer política, más anónimas, imaginativas y participativas.  

Y esto asusta y siempre ha asustado a los defensores del orden social. ¿Quiénes son, en fin, los que están en las calles? La caracterización que utilizan todos ellos es “encapuchados”. Quienes ocultaron sus rostros en las marchas de la rabia, lo hicieron para protegerse de las omnipresentes cámaras de vigilancia y de las sustancias químicas que la policía echa a montones. Pero no es esto lo que más asusta a los garantes del orden. Es que todos los que manifiestan su rabia no son clasificables, y así controlables, en un escenario político que define los límites del cuestionamiento “legítimo” del sistema. Les asusta lo impersonal de estos chicos que han ocultado sus rostros para que los veamos: son los chicos de al lado, nuestros hijos e hijas, los que irrumpieron en el escenario tumbando los equilibrios y las ilusiones. Estos días en la plaza central de Atenas el árbol de Navidad está vigilado por policías armados hasta los dientes. Estos días la vitrina de la fantasmagoría navideña y de las falsas promesas de amor y consumo ha quedado rota. Antes ayer por la noche, la hora que cambiaba el año, cientos manifestantes se concentraron en la plaza central para expresar su solidaridad con el pueblo palestino. Al mismo tiempo, casi mil personas festejaron el año nuevo fuera de la cárcel central de Atenas en solidaridad con los presos, y también en Salónica hubo disturbios con la policía.

La revuelta de la rabia, la explosión de la juventud que vive la injusticia y exige un futuro distinto, muestra su dignidad, moldea su discurso, sus formas de organización, expresa sus propios valores de la solidaridad y de la alegría colectiva. Parece que lo que ha pasado estos días no es más que el preámbulo de un nuevo período: ¡YA BASTA!. Nada debe ser igual mañana, han dicho los jóvenes. ¡YA BASTA! Nada debe ser igual mañana, han dicho los que sintieron que estos días también son de ellos. Nada va a ser igual mañana: lo han comprendido también los dominantes. Y se han asustado. Hagamos de la fuerza de la rabia que les asustó, la fuerza que parirá un otro, mundo. 

Efjaristoume

Gracias compañeras y compañeros.