Documentación histórica

Intervención de Jaime Pastor. Segunda mesa de la tarde. 3 de enero de 2009

Compañeros y compañeras:

Recibid un saludo caluroso y afectuoso y, sobre todo, el agradecimiento al Comité Clandestino Revolucionario Indígena y al Comando General del EZLN por haber sido invitado a este evento, ya que para alguien como yo supone la oportunidad de conoceros y aprender de vuestra lucha, además de transmitiros la que desarrollamos en el Estado español y en Europa.

Os felicito además por la iniciativa y por el título de la misma, la “digna rabia”, porque refleja vuestra firme y sana disposición a confluir con los nuevos vientos de rebeldía y radicalidad que soplan frente a la crisis global, sistémica y de civilización que ha estallado con toda su gravedad en los últimos meses y que amenaza con profundizarse en el futuro. Porque es ya evidente que nos encontramos en un momento histórico en el que la necesidad de luchar y resistir con mayor fuerza y convicción se va abriendo paso y, por tanto, vuestros lemas “Otro mundo, otro camino, abajo y a la izquierda” pueden sintonizar más fácilmente con las nuevas voces y gritos que se están escuchando ya. Porque, en efecto, como también decimos desde Izquierda Anticapitalista, organización política constituida recientemente tras la ruptura definitiva de nuestro colectivo Espacio Alternativo con Izquierda Unida, “cambiar el mundo de base es hoy más necesario que nunca”.

Estoy convencido de que el espíritu que preside este Encuentro es el mismo que rige en organizaciones como Izquierda Anticapitalista y como prueba de ello me limitaré a citar un párrafo del Manifiesto que recientemente hicimos público y contó con gran número de adhesiones entre activistas e intelectuales del Estado español:

”Frente a todos los intentos de hacer pagar a los sectores populares la crisis de este sistema es necesario organizar la resistencia y reforzar las luchas sociales, con criterios unitarios y buscando convergencias. Pero pensamos que la resistencia social no basta. Es necesaria una alternativa política anticapitalista cuya única lealtad esté en las luchas y movimientos sociales, que nunca acepte participar en la gestión del sistema, que sepa escuchar y aprender, que merezca confianza. Esa alternativa no existe y queremos contribuir a construirla. Sabemos que es una tarea arriesgada y difícil, que llevará mucho esfuerzo durante mucho tiempo y que sólo llegará a buen puerto si convergen en ella, desde sus propias experiencias, organizaciones e ideas, quienes ahora comparten ya las críticas radicales y las luchas contra este sistema, pero aún no un proyecto anticapitalista alternativo”.

I

Vengo a hablaros fundamentalmente de lo que está pasando en Europa y habría que empezar recordando que allí todavía arrastramos el lastre de las derrotas que se iniciaron en los años 73-80 del pasado siglo, cuando se inició la “contrarrevolución preventiva” (recordemos el famoso Informe de la Comisión Trilateral sobre la “crisis de gobernabilidad”, justo después del golpe de estado contra el gobierno chileno de Allende el 11-S del 73 y el inicio del primer laboratorio neoliberal en ese país con los consejos de Milton Friedman) frente al ciclo abierto por las luchas del 68, con la derrota de la revolución portuguesa y la “transición” controlada de la dictadura franquista hacia una “democracia (monárquica) de baja intensidad”. Desde entonces el rumbo que ha ido tomando la Comunidad Económica Europea y, luego, la Unión Europea, ha sido cada vez más convergente con el que ha ido marcando Estados Unidos de Norteamérica: el de convertirse en uno de los principales motores de la globalización neoliberal a partir, sobre todo, del Acta Única de 1986 y, más tarde, del Tratado de Maastricht. Con esos acuerdos ha sido la vía “hayeckiana” de construcción de la UE la que se ha ido imponiendo con el propósito firme de ir desmantelando el denominado “modelo social europeo” (en realidad, las conquistas sociales que fue logrando el movimiento obrero después de la Segunda Guerra Mundial frente a una burguesía que temía el estallido de situaciones incluso prerrevolucionarias en países como Francia e Italia), o sea, los Estados de bienestar. El libre movimiento de capitales, la liberalización del comercio, la privatización progresiva de sectores estratégicos de la economía, la contrarreforma fiscal y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, especialmente la procedente de la inmigración, se han ido aplicando, aunque de forma desigual en función de la relación de fuerzas en cada país, dentro de la UE, todo ello en nombre de la construcción de un bloque económico y comercial dispuesto a competir con otras potencias imperialistas en la lucha por el control de los recursos y del mercado mundial.

Lo más grave de todo este proceso, acentuado si cabe dentro de los países que adoptaron el euro como moneda única, ha sido que la mayoría de la izquierda parlamentaria se ha ido adaptando cada vez más a ese paradigma neoliberal y neoimperialista, jugando un papel decisivo en la legitimación de sus políticas ante los trabajadores y la población en general. En realidad, esa tendencia empezó a manifestarse ya con el gobierno de la Unión de la Izquierda que se formó en Francia en 1981, el cual, tras un intento inicial de emprender una política reformista, muy pronto dio un giro creciente hacia el neoliberalismo que también tuvo en el caso español su reflejo en la orientación adoptada por los gobiernos de Felipe González, todo ello unido a escándalos de corrupción e incluso de práctica de “guerra sucia” contra el “terrorismo”. Pero lo que hemos visto en el decenio de los 90 y, sobre todo, en los últimos años –con gobiernos como los de Jospin en Francia, Prodi en Italia y Zapatero en el Estado español- ha ido incluso más lejos de aquella primera ola, ya que ahora mismo son sectores públicos esenciales como la sanidad y la educación los que se encuentran amenazados por un proceso de mercantilización y privatización. Dentro de este nuevo desplazamiento hacia la derecha, una nueva dificultad ha surgido cuando, con el reflujo del movimiento “antiglobalización”, también otros partidos ubicados teóricamente a la izquierda del “social-liberalismo” -como ha sido el caso de Izquierda Unida- se fueron moderando y se convirtieron en subalternos de aquéllos, confirmándose así, una vez más, que a la hora de la verdad su vocación de ser “partido de gobierno” acaba primando sobre su presunta aspiración a seguir siendo “partido de lucha”, en detrimento por tanto de su relación y confluencia con los movimientos sociales más activos y críticos con el capitalismo.

Hay que recordar asimismo que todo este “proyecto europeo” se ha ido desarrollando al margen de los pueblos que forman parte de la UE y que cuando se ha pretendido blindar el mismo en un texto constitucional –como ha ocurrido con el fallido Tratado Constitucional para Europa-, éste se ha visto rechazado en países fundadores de la UE como Francia y Holanda. Lo mismo ha ocurrido luego con la nueva versión de ese mismo Tratado, denominado Tratado de Lisboa, cuando en el único país en que, por obligación constitucional interna, se tuvo que convocar un referéndum, ese proyecto tropezó con un No mayoritario de la población. Pese a ello, la obstinación despótica y antidemocrática de las elites europeas no se resigna y se pretende convocar en ese país un nuevo referéndum con el fin de lograr (¿por fin?) un Sí. ¿Hasta dónde llegará ese desprecio tan repetido y autoritario de la voluntad popular?

Pero la alianza con EEUU –pese a su relativa competencia en el terreno monetario o comercial- no se limita sólo al proyecto neoliberal y neoimperialista sino que se extiende al “consenso” en torno a la voluntad de controlar zonas geoestratégicas clave del planeta, como se puede comprobar en el “Gran Oriente Medio” y particularmente en torno a Iraq –a pesar de las divergencias, ya superadas, sobre la guerra contra ese país- y, sobre todo, a Afganistán, en este caso en el marco de la OTAN, brazo militar fundamental de esa “solidaridad transatlántica”.

Nos encontramos, por tanto, ante una crisis de legitimidad de la UE, acentuada si cabe con la crisis económica y social actual, que muy probablemente se profundice en los próximos años. Una crisis que ha puesto también al descubierto el papel de las instituciones europeas al servicio de las empresas transnacionales de la región, como ha quedado patente en el documento de la Comisión Europa de octubre de 2006 “Global Europe: Competing in the World”, calificado por una ONG moderada como OXFAM-Intermón como “un plan para la exportación de la desigualdad y la pobreza”. De todas formas, en México y en otros países de América Latina ya conocéis de sobra el papel que están jugando esas empresas transnacionales, especialmente las españolas, en su papel de expolio y despojo de bienes comunes básicos de vuestros pueblos dentro de esa política neocolonial, denunciada también hace unos meses con argumentos incontestables por el Tribunal Permanente de los Pueblos.

Pero, además, a pesar del “déficit democrático” creciente que sufre la UE, estamos viendo cómo se siguen adoptando nuevas Directivas que suponen agresiones más duras si cabe no sólo contra derechos sociales fundamentales sino también contra principios básicos del Estado de derecho. Los ejemplos más evidentes de todo esto se encuentran en la “Directiva de retorno” relativa a la inmigración, ya aprobada y publicada en el Boletín Oficial de la UE el día de Nochebuena pasado, y en la de las 65 horas que, aun habiendo sido rechazada por el Parlamento Europeo, puede ser reformulada por la Comisión en términos menos drásticos en los próximos meses. Con la primera se pretende expulsar fuera de la UE a gran cantidad de trabajadores inmigrantes que son víctimas ahora de la crisis económica y se han convertido en “irregulares sobrevenidos”: se les obliga a irse y, en caso de negarse a ello, se les puede recluir en centros de internamiento (los llamados CIEs, Centros de Internamiento para Extranjeros, cuyas condiciones son similares a las de una cárcel), en donde se les puede “retener” hasta 18 meses, pudiendo enviarles luego a países que no son los suyos de origen dentro de la política denominada eufemísticamente de “externalización de fronteras” en el Norte de África e impidiéndoles regresar a territorio europeo durante 5 años; e incluso se permite detener a menores no acompañados que son ingresados también en los CIEs y sin garantías de reincorporación a sus familias. No es de extrañar que esa Directiva haya sido calificada como “directiva de la vergüenza” y haya provocado gran número de protestas no sólo desde países africanos y latinoamericanos sino también desde organizaciones internacionales de derechos humanos de muy distinto signo.

En cuanto a la de las 65 horas, no hay que olvidar que, pese al relativo freno del Parlamento Europeo, en la práctica de la mayoría de los países de la UE la semana laboral supera ya las 48 horas en sectores clave como la construcción y la “economía sumergida” y que, además, esa directiva incluye también la tendencia a la individualización de la contratación laboral frente a los convenios colectivos y, por tanto, constituye un ataque directo a los sindicatos. A todo esto habría que sumar las sentencias adoptadas en los últimos tiempos por el Tribunal Europeo de Justicia, favorables al “dumping” social, fiscal y ambiental que practican las empresas dentro de la UE y en detrimento de derechos básicos de los trabajadores, como el derecho de huelga.

La política mercantilizadora de las Universidades es también otra manifestación flagrante del paso adelante en el desmantelamiento del sector público. Aunque la Declaración adoptada en Bolonia en 1999 (que incluía no sólo a países miembros de la UE sino también a otros, hasta el punto de alcanzar hoy a 46) se limitaba a emplear una retórica aparentemente inofensiva a favor de la homologación de los títulos entre los distintos países y de la movilidad estudiantil, en realidad lo que se ha ido proclamando y desvelando después, con los sucesivos documentos y medidas prácticas que se han ido tomando, ha sido la disposición de las elites europeas a seguir un modelo norteamericano de universidad competitiva y subordinada a las necesidades del capital, siempre sobre la base de no aumentar el gasto público para las universidades y, por tanto, de fomentar la búsqueda de financiación privada y, con ella, la rentabilización y mercantilización capitalista de las mismas, al mismo tiempo que se favorece la creación de universidades directamente privadas. Todo ello acompañado de propuestas de renovación psicopedagógica que, pese a su presunto papel innovador, no pueden ocultar que lo que sugieren es que la tarea docente debe limitarse a fomentar aquellas “competencias, habilidades y destrezas” que mejor sirvan a la inserción del estudiantado en un mercado de trabajo cada vez más precarizado. Un estudiantado al que se exige mayor número de horas de trabajo (40) para una “evaluación continua” por parte de un profesorado que sin embargo no va a ver aumentada su plantilla y, por tanto, difícilmente va a poder tutorizar al estudiantado con la atención necesaria. A ello se suma que la reducción de los años de estudio del grado y la mayor relevancia de los masters van acompañadas de una mayor especialización de los planes de estudio (generalmente subordinados a las luchas de intereses entre los distintos Departamentos) y de un encarecimiento de las matrículas, difícilmente subsanable con las becas a las que se puede acceder, sobre todo cuando muchas de ellas se convertirán en préstamos a devolver. En resumen, tienen toda la razón los y las estudiantes cuando denuncian con sus movilizaciones, ya extendidas prácticamente en toda Europa, que tras verse convertidos en consumidores de un “saber” parcelado y tecnocrático que les costará cada vez más caro, su destino es el de verse precarizados y endeudados de por vida.

Empiezan, por tanto, a soplar también vientos de digna rabia en Europa y hoy Grecia es el primer y principal síntoma de ella, con una movilización iniciada por la juventud frente al asesinato policial de su compañero Alexis que pronto se ha convertido en una revuelta popular. Poco después hemos visto cómo diversos analistas han empezado a preguntarse si ese movimiento es una excepción en el marco europeo o puede ser la regla, pero cada vez son más quienes reconocen que, más allá de las especificidades griegas, los factores que han contribuido a ese estallido de cólera existen también en mayor o menor medida en otros países de Europa. Hasta directores de revistas como el de la francesa Le Nouvel Observateur constatan que “un viento de radicalidad recorre Europa” y se habla de que “el mundo se ha hecho inflamable y Grecia es la primera chispa” o de que estamos viviendo en “sociedades sobresaturadas de cólera”, como escribe Mike Davis.

En resumen, las “cuatro ruedas del capitalismo –explotación, despojo, represión y desprecio- también están funcionando en Europa pero frente a ellas, para frenarlas, se está volviendo a poner en marcha un “movimiento de movimientos” que tuvo su momento más álgido entre las luchas de Génova en junio de 2001 contra la Cumbre del G-8 y las manifestaciones del 15-F de 2003 contra la guerra de Iraq, pasando por el Foro Social Europeo celebrado en Florencia en noviembre de 2002, cuyos esloganes –“Contra el neoliberalismo, la guerra y el racismo”- tienen todavía hoy mayor actualidad si cabe.

Porque si antes de la crisis sistémica actual había en la UE 19 millones de trabajadores desocupados/as, 21 millones de contratos precarios, 33 millones de puestos de trabajo a tiempo parcial, una diferencia salarial entre hombres y mujeres del 28 % y medio millón de personas expulsadas al año, ahora esas cantidades están aumentando vertiginosamente. Mientras tanto, los gobiernos se limitan, por un lado, a salvar a la banca privada, a las multinacionales del automóvil y al sector inmobiliario con dinero público y, por el otro, ofrecen a los trabajadores una “flexiguridad” que en realidad es todavía una mayor flexibilización y sobreexplotación de la fuerza de trabajo sin garantías de protección social efectiva para quienes se encuentren sin empleo. Por eso vuelven los tiempos en los que las propuestas de una izquierda radical pueden encontrar mayor credibilidad ante unas mayorías sociales que están comprobando el fracaso estrepitoso del capitalismo neoliberal y los enormes daños que ha provocado entre los y las de abajo y el conjunto de la biosfera.

Es cierto que se nos pretende vender ahora una “refundación del capitalismo”, que se dice querer volver a políticas keynesianas e incluso se aspira a “regular” el sistema financiero y a eliminar algunos paraísos fiscales. Pero esas tímidas medidas no sólo tienen poca credibilidad viniendo de quienes vienen sino que, sobre todo, no atacan al corazón del sistema capitalista, a su lógica implacable de acumulación privada de riqueza en detrimento de las mayorías sociales. Porque, como muy bien han escrito John Bellamy Foster y Fred Magdoff, “la eutanasia del rentista no puede hacerse sin moverse más allá del sistema”. Por eso estamos convencidos de que “Otro mundo es posible” pero “Otro capitalismo es imposible”. Pero, además, ese prudente neokeynesianismo en marcha va a seguir orientándose a fomentar el crecimiento económico y el consumismo de las poblaciones, contribuyendo así a la tendencia al agotamiento de los combustibles fósiles, a la agravación del cambio climático y al recurso a la energía nuclear, con la consiguiente militarización del planeta. Por eso también desde la izquierda anticapitalista debemos cuestionar el fetichismo del crecimiento económico y apostar por una reconversión ecológica de la economía basada en recursos renovables, al servicio de otro modo de producción, transporte, consumo y, en suma, de satisfacción de las necesidades y capacidades básicas del conjunto de seres vivientes, sintientes y dolientes.

Por nuestra parte, frente a esa Europa del capital no consideramos que la respuesta sea el repliegue al marco del Estado-nación, ya que ello favorecería unos nacionalismos de Estado que se convertirían en marcos más favorables para el auge de la xenofobia y el racismo. Por el contrario, pensamos que sigue siendo necesario asumir la lucha en el marco europeo como un terreno de juego común pero, eso sí, con la voluntad firme de cambiar las reglas de juego y avanzar hacia la construcción de otra Europa social, ecológica, feminista y solidaria con todos los pueblos del mundo. Por eso participamos en iniciativas y coordinaciones de diferentes redes a escala europea y colaboramos con otras formaciones políticas como las que forman parte de la Conferencia de la Izquierda Anticapitalista Europea.

Por supuesto, esa escala europea no es incompatible, todo lo contrario, con la revalorización necesaria de otros ámbitos, como sobre todo el local, tan imprescindible para la izquierda anticapitalista que está reemergiendo si efectivamente quiere alcanzar arraigo y anclaje social suficientes entre los y las de abajo y demostrar, además, que ese “otro mundo” y ese “otro camino” ya se están empezando a construir en nuestras prácticas cotidianas.

II

En el Estado español todos los rasgos y tendencias de evolución descritos anteriormente tienen también su reflejo. No olvidemos que en este “país de países” ha estado vigente un “modelo de crecimiento” cada vez más insostenible y, con él, una burbuja inmobiliaria que fue engordando progresivamente desde hace tiempo hasta el punto que su estallido final ha provocado una crisis en el sector de la construcción que está abandonando al paro a una mayoría de trabajadores inmigrantes que hoy se encuentran amenazados de expulsión. Lo mismo está ocurriendo en el sector del automóvil, en donde además las grandes empresas transnacionales aprovechan para dar un nuevo paso adelante en su proceso de “deslocalización” de unos países a otros con mano de obra más barata. Paro masivo, recorte de salarios, precarización creciente y xenofobia, ése es el panorama que se ofrece a la mayoría de la clase trabajadora.

Mientras tanto, la gran banca sigue aumentando sus beneficios, mantiene filiales en paraísos fiscales y goza de ayudas estatales sobre las que no tiene que rendir cuentas ni al Estado ni a la población, pese a que también se ha visto afectada por la burbuja financiera e incluso por escándalos como el de Madoff, y a que se resiste a facilitar el crédito a quienes más lo necesitan.

Ante estas perspectivas, el gobierno de Zapatero se está mostrando como un fiel servidor de la banca privada, de los grandes constructores y del empresariado limitándose a adoptar medidas asistenciales de corto plazo a las personas en paro. Pero desgraciadamente desde los principales sindicatos no se atisba una disposición a responder a esa política pro-neoliberal sino que, más bien, continúa primando un sindicalismo de concertación en detrimento de la movilización cada vez más necesaria frente a la crisis social.

Tampoco el gobierno de Zapatero, una vez retiradas las tropas españolas de Iraq, se ha caracterizado por un distanciamiento político respecto a EEUU sino todo lo contrario: a lo largo de estos últimos años hemos ido viendo un restablecimiento progresivo de sus relaciones de amistad, confirmadas más recientemente por su implicación militar creciente en la guerra que continúa desarrollándose en Afganistán o por su complicidad con ese “Guantánamo volante” de los aviones de la CIA que utilizaron como puente el espacio aéreo y terrestre español. Mucho nos tememos que con Barak Obama no vaya a haber un cambio sustancial en la política exterior y que Zapatero siga con su servilismo ante el “amigo americano”.

En cuanto al pueblo saharaui, la política del gobierno español ha significado una involución respecto a lo que predicaba su partido, el PSOE, cuando defendía su derecho de autodeterminación. Hoy el régimen dictatorial de la monarquía alauita recibe una ayuda económica, comercial y militar del Estado español superior a la de etapas pasadas y, en cambio, el pueblo saharaui se ha visto abandonado por Zapatero, aunque no desde luego por amplios sectores de la ciudadanía española, que siguen practicando una solidaridad ejemplar a través de una red asociativa de ya larga historia.

Otro aspecto especialmente nefasto y dramático de la política española es el que afecta a su papel como “gendarme de Europa” en la frontera más desigual del mundo. La construcción de nuevos muros y vallas en el Norte de África, la prohibición de la entrada de inmigrantes, especialmente de los procedentes de la región sursahariana han provocado ya centenares de muertes de jóvenes, mujeres y niños en los últimos años en los mares limítrofes, mostrando así la verdadera cara etnocéntrica de la actual Europa.

Habría muchos más aspectos de los que podríamos hablar para dejar claro que la presunta imagen progresista que ante el exterior ha podido tener el actual gobierno español se debe más a que ha tenido enfrente a una derecha profundamente neoconservadora, neoliberal y nacionalista española que a la adopción de políticas que, aunque fuera tímidamente, hubieran roto con el paradigma neoliberal. Incluso las medidas avanzadas que en materias relacionadas con derechos civiles ha adoptado ese gobierno se han visto muy pronto contrarrestadas por un respeto escrupuloso de los privilegios de todo tipo que una institución como la Iglesia católica sigue teniendo.

Obviamente, también habría que recordar, por último, que en lo que se refiere al reconocimiento de la realidad plurinacional del Estado español apenas se ha avanzado en los últimos años. Esto es más evidente si tenemos en cuenta que en el caso vasco no sólo se sigue negando el derecho de autodeterminación de ese pueblo sino que se continúa ilegalizando partidos y candidaturas representativas de un sector significativo de Euskal Herria.

III

Frente al fracaso del neoliberalismo en sentar las bases para una nueva fase de crecimiento económico y acumulación de capital y ante una “Gran Depresión” que se anuncia peor que la de 1929, están volviendo los tiempos del anticapitalismo militante y de la búsqueda de alternativas radicales, más urgentes si cabe con el fin de poder hacer frente a los contramovimientos neofascistas y racistas que puedan surgir desde el otro lado o, simplemente, a la “Nueva Economía Política” capitalista que se está poniendo en marcha. En esas condiciones los vientos de digna rabia, de cólera o de “justa ira” (fórmula empleada y practicada ahora por muchos palestinos en medio de su “desesperación invencible” (John Berger) frente al proyecto genocida del Estado sionista israelí), también deberían contribuir a cuestionar ese “sentido común” hegemónico hasta ahora, empeñado en hacernos creer que no había alternativas al capitalismo. Porque haberlas, haylas y nuestro problema central sigue siendo conseguir que la “fuerza de la razón” que nos acompaña en la defensa de los bienes comunes de la humanidad y del planeta y en la construcción de esas alternativas se vea acompañada por esa “razón de la fuerza” capaz de generar nuevos espacios de contrapoder que hagan creíble y factible “cambiar el mundo de base”.

Porque es evidente que “Otro mundo, otro camino, abajo y a la izquierda” se pueden ir construyendo ya a partir de las resistencias que están reemergiendo desde distintos lugares del mundo y que quizás tengan ahora en Grecia su expresión más esperanzadora y en Palestina la más dramática de padecimiento y sufrimiento. Por eso en nuestro caso nos esforzaremos también por hacer ver ante los y las de abajo que “otra izquierda para otra Europa” también es posible.

Por ese camino también podremos ir estableciendo puentes entre viejas y nuevas generaciones rebeldes, entre “indígenas, indigentes e indigestos”, entre una izquierda europea antieurocéntrica y movimientos y fuerzas como la vuestra, que irrumpisteis públicamente, tras más de 500 años de resistencia, el 1 de enero de 1994 al grito de “¡Ya basta!” y fuisteis el primer referente planetario de que era posible resistir a la globalización neoliberal y ejemplo de coherencia ética y política en la insumisión permanente frente a los poderosos de un mundo cada vez más injusto y destructivo.

 

3 de enero de 2009

CIDECI, San Cristóbal de las Casas, México


Fuente: http://www.vientosur.info/articulosweb/textos/?x=2279