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La historia de los Otros

La historia de los Otros

"Contaron los más viejos de los viejos que poblaron estas tierras que los más grandes dioses, los que nacieron el mundo, no se pensaban parejo todos. O sea que no tenían el mismo pensamiento, sino que cada quien tenía su propio pensamiento y entre ellos se respetaban y escuchaban. Dicen los más viejos de los viejos que de por sí así era, porque si no hubiera sido así, el mundo nunca se hubiera nacido porque en la pura peleadera se hubieran pasado el tiempo los dioses primeros, porque distinto era su pensamiento que sentían. Dicen los más viejos de los viejos que por eso el mundo salió con muchos colores y formas, tantos como pensamientos había en los más grandes dioses, los más primeros. Siete eran los dioses más grandes, y siete los pensamientos que cada uno se tenía, y siete veces siete son las formas y colores con los que vistieron al mundo. Me dice el Viejo Antonio que le preguntó a los viejos más viejos que cómo le hicieron los dioses primeros para ponerse de acuerdo y hablarse si es que eran tan distintos sus pensamientos que sentían. Los viejos más viejos le respondieron, me dice el Viejo Antonio, que hubo una asamblea de los siete dioses junto con sus siete pensamientos distintos de cada uno, y que en esa asamblea sacaron el acuerdo.

Dice el Viejo Antonio que dijeron los viejos más viejos que esa asamblea de los dioses primeros, los que nacieron el mundo, fue mucho tiempo antes del ayer, que mero fue en el tiempo en que no había todavía tiempo. Y dijeron que en esa asamblea cada uno de los dioses primeros dijo su palabra y todos dijeron: "Mi pensamiento que siento es diferente al de los otros". Y entonces quedaron callados los dioses porque se dieron cuenta que, cuando cada uno decía "los otros", estaba hablando de "otros" diferentes. Después de que un rato se estuvieron callados, los dioses primeros se dieron cuenta que ya tenían un primer acuerdo y era que había "otros" y que esos "otros" eran diferentes del uno que era. Así que el primer acuerdo que tuvieron los dioses más primeros fue reconocer la diferencia y aceptar la existencia del otro. Y qué remedio les quedaba si de por sí eran dioses todos, primeros todos, y se tenían que aceptar porque no había uno que fuera más o menos que los otros, sino que eran diferentes y así tenían que caminar.

Después de ese primer acuerdo siguió la discusión, porque una cosa es reconocer que hay otros diferentes y otra muy distinta es respetarlos. Así que un buen rato pasaron hablando y discutiendo de cómo cada uno era diferente de los otros, y no les importó que tardaran en esta discusión porque de por sí no había tiempo todavía. Después se callaron todos y cada uno habló de su diferencia y cada otro de los dioses que escuchaba se dio cuenta que, escuchando y conociendo las diferencias del otro, más y mejor se conocía a sí mismo en lo que tenía de diferente. Entonces todos se pusieron muy contentos y se dieron a la bailadera y tardaron mucho pero no les importó porque en ese tiempo todavía no había tiempo. Después de la bailadera que se echaron los dioses sacaron el acuerdo de que es bueno que haya otros que sean diferentes y que hay que escucharlos para sabernos a nosotros mismos. Y ya después de este acuerdo se fueron a dormir porque muy cansados estaban de haberse bailado tanto. De hablar no estaban cansados porque de por sí muy buenos eran para la habladera estos primeros dioses, los que nacieron el mundo, y que apenas estaban aprendiendo a escuchar".

No me dí cuenta a qué hora se fue el Viejo Antonio. La mar duerme ya y del cabito de vela sólo queda una mancha deforme de parafina. Arriba el cielo empieza a diluir su negro en la luz del mañana...

Esa fue la historia que me contó el Viejo Antonio cuando trataba de escribirles esta carta. Y creo que lo más importante que tenemos que decirles es eso, que los escuchamos, que los reconocemos, que los respetamos.

Puede parecer poco a la distancia, pero ya ven que el reconocer al otro, el respetarlo y el escucharlo, produce cosas tan tremendamente trascendentales como un baile.

Así que, para reconocernos, respetarnos y escucharnos es que, en respuesta al desplegado del 12 de enero de 1998 donde se nos invita a visitar Europa para hablar y escuchar el mundo, les decimos que, tan pronto dejemos de torear enemigos (que no es más que una forma algo complicada de bailar), estudiaremos la posibilidad de que uno o varios de los compañeros y compañeras viajen a Europa, y a donde sea, para reconocer, para respetar y para escuchar.

Por lo que se refiere a que una Comisión de Observación de la Sociedad Civil del Mundo viajará a las montañas del sureste mexicano en fechas próximas, para observar las violaciones a los derechos humanos, les decimos que las comunidades indígenas en rebeldía saludan la iniciativa de la Comisión de Observación y se comprometen a respetar su trabajo. Aprovechamos también la ocasión para saludar con respeto el trabajo de los organismos mexicanos independientes, defensores de los Derechos Humanos, que no han escatimado ni esfuerzo ni dedicación en atender a las comunidades indígenas, a pesar del desprecio gubernamental, al grado de hostigamiento, que han recibido en no pocos casos.

Y ya que estamos hablando de las acciones en México, el Zócalo capitalino no sólo nos deslumbró, también nos trajo una certeza y una esperanza: la certeza de que en este país la gente es infinitamente mejor que quienes dicen gobernarla, y la esperanza de que toda esa gente conquiste lo que hasta ahora le ha sido escamoteado, es decir, el derecho a vivir con democracia, libertad y justicia. Esto último será vivir en paz.

Bueno, es todo por ahora. Sepan siempre que es un honor verlos crecer y hacerse muchos. Y esto es algo que también nos crece y ensancha.

Vale. Salud y, después de la flor prometida, viene el baile prometido (espero).

Desde las montañas del Sureste Mexicano.

Por el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Subcomandante Insurgente Marcos