Comunicados

'No nos dejen solas': Entrevista con la comandanta Ramona y la Mayor Ana María. (1994)

Matilde Pérez U., y Laura Castellanos.

Otra de las inquietudes de las mujeres indígenas es la libre elección de parejas. “Todavía hay la costumbre de la dote, nunca se toma en cuenta a la muchacha, ella es vendida (en esta región el promedio de la dote nupcial es de dos mil nuevos pesos). Eso de estar de novio no existe; es un pecado hacer eso”.

Ana María, Mayor de Infantería: “¡No nos dejen solas!” es el grito desesperado de las mujeres del Ejército Zapatista de Liberación Nacional para que su esperanza de ser escuchadas dentro y fuera de sus comunidades, no muera. “A todas les pedimos que luchen con nosotras”, dicen en tzotzil y en castilla la comandante Ramona y la mayor Ana María. Su llamado a las mujeres mexicanas no es para que tomen las armas, sino para que desde sus espacios apoyen los cambios propuestos en la Ley Revolucionaria de Mujeres, así como su extenso pliego de demandas en materia de igualdad, justicia, salud, educación y vivienda. Esa noche, la penúltima que pasarían en la Catedral, llegaron a la parte trasera del altar acompañadas por el Subcomandante Marcos.

Él, vestido con su inconfundible uniforme militar. Unos pasos atrás, las dos únicas mujeres del grupo de 19 delegados del Comité Clandestino Revolucionario Indígena. “Ahí se las dejo para que hablen con ellas todo lo que quieran”, dice en tono bromista, al despedirse del grupo de cinco mujeres periodistas y dos fotógrafos, que intentan la entrevista con las mujeres del EZ. Los ojos rasgados y vivaces de Ramona reflejaban cansancio. El faldón de lana negra, la blusa tejida de telar con vistoso bordado, y su pequeña estatura, contrastan con la ruana gris y el macizo cuerpo de Ana María. Con ellas, se queda el Comandante Javier (para traducir del tzotzil al español lo que diría Ramona). Las palabras de la comandante aunque en tzotzil fluyen suaves desde su corazón indígena. “Salí de mi comunidad a buscar trabajo por la misma necesidad, ya no había de qué vivir. Cuando llegué a otro lugar empecé a conocer que no es igual a la situación de las mujeres en el campo. Ahí empecé a entender y a tomar conciencia de las diferencias, así empecé a conocer la organización (EZLN), y que hay necesidad de organizarse también las mujeres”. En el EZLN la participación femenina es clave. Ramona pertenece al cuadro político que trabaja en las comunidades; Ana María es parte del aproximadamente 30 por ciento de las combatientes o insurgentes que renuncian voluntariamente a formar una familia para entregarse a la lucha armada.

“Yo soy insurgente. He dedicado toda mi vida y tiempo a la causa”, afirma Ana María, mayor de Infantería de 26 años de edad, quien al hablar de los desalojos y represiones sufridos, frunce con tristeza el ceño, único signo de expresión que deja ver su pasamontañas. “Es una historia muy larga”, dice. “Desde los ocho años yo participaba en luchas pacíficas, en marchas, en mítines. Mi familia es gente luchadora que siempre ha estado organizándose para tener una vida digna, pero nunca lo logramos por esta vía. Estábamos en una organización -no dice cual- con otras personas, con otros pueblos. Allí ibamos todos, también los hijos y es así como fuimos tomando conciencia de que con luchas pacíficas no ibamos a lograr nada. Esto ha sido así durante años y años. Mi familia, antes de nacer yo ya estaba luchando. [Al EZLN] llegué desde muy jovencita; tenía 14 años cuando entré a la lucha. Al principio éramos sólo dos mujeres de las 8 o 10 personas que hace más de 10 años empezamos el movimiento. Muchas de las mujeres que han entrado al EZLN han llegado sin avisar a sus familias. “Yo cuando salí de mi casa y me enteré de que existía una organización armada, me decidí y me dije ¡yo también voy a tomar las armas!, porque uno de mis hermanos ya estaba; pero mis papás, la mayoría de mi familia no sabía nada. Entonces salí huyendo de mi casa y fui a buscar a mis compañeros para poder integrarme también y así pasé muchos años aprendiendo y participando en esto sin que mi familia se diera cuenta. Esto ha pasado en muchos lugares, en muchas familias. “Allí, mi hermano y yo aprendimos las primeras letras y a hablar la castilla. Después nos enseñaron tácticas de combate y política para poder hablar con el pueblo y explicarle nuestra causa. Pedimos tierra y el gobierno no la daba, entonces empezaron las tomas y la respuesta era la represión.

Entonces nos dijimos ‘si a la buena no la dan, entonces a la mala la tomamos’ y empezamos a armarnos.

Las mujeres fueron entrando porque veían nuestra presencia dentro del ejército; entonces las mujeres de los pueblos empezaron a instruir a sus hijas, hermanas, nietas y les decían ‘es mejor agarrar un arma, es mejor pelear’”, habla con vehemencia la mayor Ana María, quien tuvo a su cargo el comando que ocupó la ciudad de San Cristóbal de las Casas, la madrugada del 1 de enero.

Las Protagonistas Invisibles del EZLN

La madrugada de ese primer día del año, las mujeres fueron protagonistas invisibles de los acontecimientos que trascendieron las fronteras del país. En ese momento no se supo -y a 66 días del suceso, muchos lo ignoran- que una de ellas fue la responsable de la toma de la segunda ciudad en importancia de Chiapas, cuyo operativo se consideró por el EZLN un éxito porque no se registraron pérdidas humanas. Sentada frente a las periodistas de tres medios de información mexicanos y uno de España, Ana María explicó cómo se preparó el ataque a la ciudad que fundó el conquistador español Diego de Mazariegos. “Lo primero que hicimos fue votar si se empezaba la guerra o no. Después de la decisión se organizó el ataque con el apoyo de los mandos superiores. Luego organizamos las tácticas militares de cómo se iban a tomar (las seis cabeceras municipales); y a quiénes les tocaría por tales lugares. Entonces, pues como yo mando una unidad, sabía que tenía que ir primero al frente de mis compañeros. Yo soy el mando y tengo que dar el ejemplo. “Como somos muchos, nos organizamos por unidades y cada quien tiene su mando. Yo tengo a mi cargo una unidad grande que tiene muchos milicianos, más de mil. Esta unidad grande está dividida en unidades pequeñas, y cada una tiene su mando también. A cada uno de éstos mandos se les instruye, se le dice qué es lo que tienen que hacer, cómo atacar. Cada insurgente sabe como posesionarse y qué debe hacer, y los mandos estamos checándolos que cumplan con eso. Cuando atacamos San Cristóbal a unos les tocó poner los retenes y a otros las emboscadas en caso de que entrara el Ejército Federal; se reforzaron las entradas y salidas de San Cristóbal; a otros les tocó atacar la presidencia (municipal). A cada unidad le tocó cumplir una misión, así fue organizado. El mando coordina todo”.

-¿Y en los enfrentamientos que se tuvieron en Rancho Nuevo y Ocosingo, participaron las mujeres?.

-Sí, por ejemplo cuando se liberaron los presos en el ataque al Cereso (el penal), quienes entraron a abrir las puertas para liberar a los presos fueron mujeres. Un preso ha platicado que vio entrar a un grupo de mujeres con aretes y se le hizo muy raro que las combatientes estuvieran con aretes, collares y atacando. Había grupos de mujeres, iban todos revueltos y a cada quien le toca un trabajo. Se le da una misión a cada quien y la cumple. La Mayor de Infantería, especifica las diferencias entre las milicianas y las insurgentes del cuadro militar “las dos son combatientes, pero las milicianas viven en sus pueblos, reciben entrenamiento y van a combatir cuando les toca. Nosotras, las insurgentes, vivimos en los campamentos y nos distribuimos para ir a los pueblos a enseñar política y educación escolar”. Entre curiosos y vigilantes, algunos delegados del EZLN se acercan por momentos a escuchar la entrevista. Las dos mujeres con el rostro cubierto, daban la espalda a una imagen de la virgen de El Rayo. Flores marchitas a sus pies, evidencian la ausencia de fieles en los últimos diez días que ha permanecido cerrado el culto el santuario. La periodista española del periódico “El Mundo”, pregunta sobre las posibilidades de las insurgentes de formar una familia. Ana María, quien luce una argolla dorada en su mano derecha, responde: “Para casarse o juntarse, hay que pedir permiso a los mandos superiores y son ellos los que dicen sí o no, pero no podemos tener hijos porque no debemos poner en peligro la vida de un niño. Entre las insurgentes hay planificación familiar pero hay muchas que han tenido hijos y han debido dejarlos con sus padres para no dejar la lucha”.

-¿Y cuál fue la misión de las mujeres en las comunidades?

-Eso es algo que se nos pasa platicar porque son muchas las cosas que se hacen en las comunidades. Desde que empezó a desarrollarse este trabajo [del EZLN], fue muy importante la participación de las mujeres en la seguridad. En casa, pueblo, hay bases. Tenemos una red de comunicaciones, entonces el trabajo de las mujeres es estar checando la seguridad; por ejemplo, si entran soldados están avisando y también si hay algún peligro. No necesariamente todas son combatientes.

Cuando nosotros atacamos las ciudades, las amas de casa se quedaron cuidando las comunidades, a los niños, y fueron las jóvenes quienes salieron a pelear. Muchas mujeres querían entrar pero estaban casadas y tenían niños y no las dejaron; pero la lucha no es sólo con el arma, el trabajo de las mujeres de los pueblos es organizarse para hacer trabajos colectivos para estudiar y aprender algo de los libros. También ayudan al EZLN porque lo forman sus hijos, hermanos, cuñados y se preocupan porque tengan alimento en la montaña. Ese es su trabajo; hacer tostadas, pinole, el pozol y también de hortalizas. Tienen huertos donde cultivan las verduras y los mandan a los campamentos. Las abuelas se dedican a cuidar a los niños de las demás mujeres que trabajan.

-¿Las mujeres hicieron los uniformes?

-Sí, todo se hace dentro del EZLN; tenemos talleres de sastrería, de armería; también participan las mujeres haciendo piezas para armas, donde se hacen las pequeñas bombas para poder defender. Las mujeres de los pueblos, aunque no sean combatientes o militares, pueden hacer cualquiera de esos trabajos.

-¿Y los hombres también pueden hacer funciones de mujeres como cocinar, lavar trastes, cuidar a los niños?

-En el EZLN todo es parejo. Ahí no existen diferencias, un día a los hombres les toca hacer la comida, al día siguiente a las mujeres, y otro, revueltos. Si hay que lavar la ropa, el hombre lo puede hacer.

-Pero esto se dice fácil, que los hombres se queden lavando ropa cuando las mujeres están haciendo bombas. Hablamos de comunidades indígenas donde las desigualdades entre ambos sexos son muy fuertes.

-En las comunidades donde estamos organizados así se lleva a cabo el trabajo. Claro, dentro de las casas de los compañeros ahí existe todavía un poco de desigualdad, pero ¡ya es muy poco! los compañeros ya no maltratan tanto a la mujer, le ayudan a cargar al niño. Antes de que se organizaran al momento de ir a la milpa, el hombre va montado en un caballo y la mujer va atrás cargando al hijo. Todavía el hombre puede regresar montado en el animal y la mujer con la leña en la espalda y el niño adelante. Eso lo puede platicar mejor el compa (se refiere al comandante Javier, quien traduce al español las palabras en tzotzil de la comandante Ramona). Ante la petición de Ana María, el comandante Javier detalla con emotividad: “Cuando yo era chiquito teníamos un costumbre que he aprendido desde mis abuelos y de los abuelos mi papá. Pues como dentro de la sociedad indígena es muy lamentable la vida de las mujeres como ya se platicó, pues no se tomaba en cuenta todos estos sufrimientos. ¡Deveras!, muchos como nosotros hombre, no sentíamos cómo es la sociedad, la situación. No es como ahorita, que va tomando la conciencia de la lucha. Antes, la participación de las mujeres no se tomaba en cuenta. Muchas mujeres se levantan a las dos o tres de la mañana para preparar comida y cuando se amanece salen junto con hombre, ellos montan a caballo y las mujeres andan atrás corriendo, cargando al niño. Cuando llegan al trabajo, parte se van igual que el hombre, sea corte de café, sea milpa; pero cuando llegan a la casa también toman otro trabajo, preparando la comida. Muchos de los hombres, como no tenemos conciencia de decisión, pues manda y esperan la comida, pero las pobres mujeres, ¡deveras, pues!, llorando el niño y cargándolo, y moliendo su tortilla, barriendo la casa y aunque ya sea de noche, van todavía a lavar la ropa porque no han tenido tiempo de hacerlo durante el día...”.

Periodistas y fotógrafos que inicialmente escuchaban los testimonios de Ramona y Ana María, se han dispersado durante la primera hora de plática. Los ojos de los insurgentes reflejan cansancio, y en la milenaria iglesia, el frío sube en intensidad. “Aquí hace menos frío que en mi comunidad” dice Ramona.

No obstante su pequeña figura se ha ganado el respeto en las comunidades en las que hace trabajo político con mujeres, pero no le fue fácil. Ella, al igual que Ana María y otras más, exigieron a los hombres que se respetara su derecho a organizarse, así como para ser parte del cuadro militar. Ramona parece no sentir el frío. Con los brazos cruzados de manera tranquila sobre su regazo, trata de que las periodistas comprendan el despertar de las indígenas de los Altos de Chiapas. “Las mujeres llegaron a entender que es importante su participación para cambiar esta mala situación, así están participando aunque no todas directamente en la lucha armada. No hay otra forma de buscar justicia, ese es el interés de las mujeres”.

-¿Qué les enseñan ustedes a las mujeres en las comunidades?

-Todo lo que se aplica en una lucha- responde Ana María-. Lo primero que se aprende llegando a un campamento es aprender a leer y escribir, si no sabe; si no saben expresarse se les enseña un poco el español para que puedan hablar y leer los libros; se les enseña a manejar una máquina de coser, de escribir o de hacer piezas de armas; se les enseñan tácticas de combate; leemos libros políticos. Estudiamos toda la historia de México, es lo que más estudiamos y libros de lucha de otros países.

-¿A qué edad están entrando?

-Ahorita tenemos muchas niñas y niños dentro de las milicias, hay niños de ocho y nueve años que están inquietos, ven a un insurgente y van y acarician el arma, dicen “yo también quiero uno, quiero ser insurgente” y juegan a serlo. Por ejemplo, hace poco fui a una comunidad y pregunté a los niños por Zapata y me dijeron que fue un revolucionario que luchó por la tierra y que hizo mucho por los campesinos. Ellos también van a las reuniones y muchos se molestan porque les decimos que no pueden jugar a las armas hasta que crezcan.

Entonces tenemos que aceptarlos, claro que no los llevamos a pelear pero muchos sí se ponen duros y dicen ‘quiero ir’, por eso hubo algunos de ellos aquí, cuando venimos atacar San Cristóbal.

-¿Les dan talleres de salud reproductiva y salud sexual a las adolescentes?

Sí en muchas comunidades se hace ese trabajo, es el de las compañeras de los servicios de sanidad. Estamos divididos por servicios: sanidad, armería, administración, intendencia, y esto es en todas las comunidades; más dentro de los combatientes porque así están organizados.

El Aborto y la tierra para las Mujeres, demandas ausentes en el Pliego de Peticiones

Fue el último día del diálogo cuando se dieron a conocer las 34 demandas del EZLN. Una semana antes el Subcomandante Marcos había destacado ante la prensa que las de la población femenina eran las más amplias. De la lista, éstas ocupan el lugar número veintinueve y se destaca que son una “petición de las mujeres indígenas”. La primera de las doce que contiene el documento se refiere a la instalación de clínicas para atender partos ginecológicos. Entre el conjunto de las peticiones sobresalen las que facilitarían las fatigosas jornadas domésticas, como son: construcción de guarderías, cocinas y comedores para los niños de las comunidades, instalación de molinos de nixtamal y tortillerias (las mujeres dedican un promedio de tres a cino horas diarias en la molienda del maíz y en la elaboración de las tortillas). También buscan crear y establecer pequeñas empresas con asesoría técnica, como granjas para la crianza de pollos, conejos, borregos y puercos. Para la instalación de panaderías y talleres de artesanía piden materia prima y maquinaria, así como transporte y mercado para la justa comercialización de sus productos. Ante su marginación educativa solicitan escuelas de capacitación técnica para mujeres. Estas demandas, entregadas al gobierno, fueron producto de la consulta que en las comunidades indígenas realizó Ramona.

Hacia el exterior, las indígenas solicitan apoyos técnicos y educativos; mientras que hacia el interior [del EZLN y de las comunidades], sus exigencias son: acceso al poder en las tomas de decisiones; elegir libremente a su pareja; no ser golpeadas o maltratadas físicamente por los familiares ni por extraños; decidir el número de hijos que puedan procrear y cuidar, así como tener derecho y prioridad en la alimentación y atención a la salud.

Las dos mujeres del CCRI que participaron en el diálogo de la paz, recuerdan cómo hace un año nació “La Ley Revolucionaria de Mujeres”. “Nos habían dado derecho a participar en las asambleas y en los estudios pero no había ninguna ley de mujeres. Por eso protestamos y es así como nació la ley de mujeres. Todos la decidimos y la presentamos en una asamblea de todos los pueblos. Hombres y mujeres la votaron. No hubo problemas. En el proceso se preguntaron opiniones de las mujeres en los pueblos. Las insurgentes ayudamos a escribirla”, relata Ana María.

La salud reproductiva de las mujeres indígenas es el asunto más sobresaliente tanto en la citada ley como en las peticiones presentadas al gobierno. Pese al alto porcentaje de mortalidad materna en Chiapas, sobre todo en las comunidades indígenas (en el estado, por cada cien mil nacidos vivos, mueren 117 mujeres; el índice ocupa el tercer lugar nacional) y de abortos practicados en condiciones riesgosas (una de cada cinco mujeres de las zonas rurales del país, en edad fértil, ha tenido un aborto) las mujeres del EZLN no discutieron acerca de ésta última práctica.

-Ramona, tu fuiste a las comunidades y hablaste con las mujeres, ¿no se presentó a discusión el asunto del aborto?

-No, no ...

-¿Por qué

Ambas mujeres encuentran sus miradas y es la mayor Ana María quien responde:

-No se les ocurrió... es que hay una creencia en los pueblos indígenas de que no debe haber aborto.

-Sin embargo hay mujeres que mueren por abortos mal practicados.

-¡Ah, sí, claro! hay muchachas que les pasa eso.

-¿Sería tocar una tradición?

-Pues, no sé - Ana María vuelve el rostro para ver a Javier con una expresión de auxilio- usted, compa, que opina de la creencia, de lo que hay en los pueblos...

-Pues -dice Javier- no se ha acordado mucho en esa situación. En los mismos pueblos hay una tradición de cómo se atiende a las mujeres.

-Pero esta tradición tiene riesgos para la salud y vida de las mujeres- interviene la periodista.

-Muchas veces -prosigue Javier- sí tienen (riesgos) porque no hay médicos para atender. Pero las mujeres tienen su costumbre de como se pueden atender.

Ante la insistencia de saber si las mujeres indígenas acudirían a una clínica para practicarse de manera segura un aborto -en caso de que llegara a haber tal servicio-, Ana María interrumpe a Javier para decir: “Cuando nosotros decimos de tener una tradición, eso no quiere decir de seguir en lo mismo. Pero en muchas comunidades se aplica un castigo si la mujer no reportó que estaba embarazada y que quiso practicarse el aborto. Porque muchas veces pasa esto, la muchacha va con la partera o con una curandera y pide que se le practique un aborto por miedo de que su familia la vaya a maltratar y los castiguen. En las comunidades donde yo conozco, les cobran una multa o agarran al hombre que embarazó a la muchacha y lo encarcelan por unos días o le dicen que le pague la atención a la mujer”.

Respecto al uso de anticonceptivos, la mayor de la Infantería aclara: “Eso no existe, no se conoce en ninguna de las comunidades y eso de los embarazos a la mujeres ocurre poco, porque los papás cuidan mucho de que sus hijas no se vayan a embarazar; por el mismo miedo que las muchachas les tienen a sus padres, no pueden hablarle a ningún hombre. Si llegan a embarazarse, muchas de ellas tienen a los niños porque es muy difícil de practicar un aborto y si se hace, muchas se mueren y no se sabe”.

Otra de las inquietudes de las mujeres indígenas es la libre elección de parejas. Ana María -propuesta y elegida por las insurgentes para participar en el diálogo por la paz- comenta: “Todavía hay la costumbre de la dote, nunca se toma en cuenta a la muchacha, ella es vendida (en esta región el promedio de la dote nupcial es de dos mil nuevos pesos). Eso de estar de novio no existe; es un pecado hacer eso”.

Un punto ausente en las demandas de las mujeres es su derecho a poseer la tierra. Pese a que Ramona y Ana María reconocieron que ésta es vital para la sobrevivencia y que en la lucha por obtenerla participan tanto hombre como mujeres, no contemplaron que el reparto tenía que incluir a las viudas e indígenas sin compañero. Ana María señala que “esta es una demanda de todos y si hay una cosa especial de mujeres -en el pliego de peticiones- es porque hay cosas que a los hombres no se les ocurre que podríamos necesitar; en este caso, salió una demanda para obtener una escuela especial de mujeres en la cual sí puedan superarse y estudiar aunque ya sean grandes”. Sin embargo, Ramona le da una mayor valoración a la posesión de la tierra. “Aunque dentro de la ley agraria no tenemos derecho a tener tierra, las mujeres sentimos que es muy importante porque cuando no hay tierra viene el hambre, la miseria, por eso muchos niños mueren de desnutrición. Por eso las mujeres tenemos también derecho a la tierra para que haya alimentos, porque no hay otro medio para sobrevivir”.

Reclamos de las Combatientes a los Medios de Comunicación

Dos horas después de iniciada la entrevista sólo tres reporteras, entre ellas la española, prosiguen charlando con las fatigadas zapatistas. A unos metros de distancia, se veía al Subcomandante Marcos que departe con otros periodistas. Las fuertes risas del grupo resuenan en la vieja catedral. La intensa mirada de Ramona cautiva a una de las reporteras. Cuando ésta se descubre observada, sus ojos cambian de una expresión seria a una divertida. A través de la rendija del pasamontañas, Ramona ríe con los ojos. La gente del obispado urge a concluir la entrevista. Hay aún muchas cosas qué preguntar, muchas que decir, pero pasada la media noche, el cansancio crece por lo que una pronta despedida parece inevitable. Se hacen entonces las últimas preguntas.

-¿Piensan que los medios de comunicación le han dado cobertura suficiente a sus demandas como mujeres indígenas?

-No, no ha salido mucho por lo mismo de que no nos han entrevistado.

-¿Porqué creen que a ustedes no las han entrevistado?

-No sé, no lo entendemos, quizá les interesa saber más cosas nacionales.

-¿Las demandas de las mujeres zapatistas no son nacionales?

-Sí, claro. Pero no sé porque no nos han entrevistado. Hemos hablado con muy pocos y en los medios de información ha salido muy poco sobre las mujeres.

-¿Tendrían un comentario o petición a los medios?

-Lo que nosotras decimos es que difundan esta lucha para que muchas mujeres tomen el ejemplo y hagan algo en otros lugares, no que no se vengan acá donde estamos nosotras. Aunque no agarren las armas, que luchen de alguna manera y que nos apoyen, que otras mujeres se levanten en lucha. Nosotras sabemos que nuestra lucha no es sólo de mujeres sino parejo, de hombres y mujeres; pero nosotras también pedimos lo mismo que pidió el Subcomandante a los medios cuando dijo ‘no nos dejen solos’ Pedimos más apoyo en eso de la democracia porque es donde está un poco atorada la cosa, es donde está más difícil, tiene que ver a nivel nacional y es donde también entran las mujeres porque forman parte de la sociedad.

-¿Temen que la esperanza del cambio, muera?

-No, no tenemos ese temor, porque vamos a hacer todo lo posible por lograrlo y pensamos que hasta ahorita tenemos un apoyo muy grande del pueblo de Mexico. Tenemos esa esperanza de llegar a cambiar la situación pero si no lo logramos (tal vez nos morimos o nos maten) vamos a seguir peleando hasta que seamos escuchados y nos tomen en cuenta.

Emocionada, comenta Ana María que desde los inicio del EZLN, celebran el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Por lo que mañana tendrán fiesta en sus comunidades y los hombres serán los encargados de preparar la comida.

-Aunque -comentan bromeando- su sazón no es muy bueno.

Finalmente la entrevista se da por terminada; el encuentro del Subcomandante Marcos con otros medios de comunicación también concluye. Para sorpresa de las periodistas, cuando la Comandante Ramona se despide, manifiesta en español, su preocupación por no dominar como quisiera este idioma: “Voy a estudiar para que la próxima pueda responder mejor”, dice, y el pasamontañas no puede ocultar una sonrisa plena. Luego, desaparece con el grupo. Minutos antes, en tzotzil, ella ha insistido: “Nuestra esperanza es que algún día cambie nuestra situación, que se nos trate a las mujeres con respeto, justicia y democracia”.


Fuente: http://www.creatividadfeminista.org/libros/chiapas1_ramona.htm. Del libro “Chiapas... ¿y las mujeres qué?. Publicado en Doble Jornada, el 7 de marzo de 1994